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domingo, mayo 13, 2007

Asambleas populares vs. gremios y partidos

A 39 años de que en Francia ocurriera la ocupación de la universidad de la Sorbona (el 13 de mayo de 1968), abriéndole de esta manera el paso al movimiento de multitudes más profundamente subversivo ocurrido en un país capitalista occidental desde el fin de la segunda guerra mundial, es decir, el movimiento huelguístico y de ocupaciones conocido como "mayo francés", que a su vez originó una crisis social en todo el mundo de que sólo se pudo terminar de cerrar en los años ochenta, y del cual ya hablé muchas veces y voy a seguir hablando muchas veces más, publico esto que tiene mucho que ver con el espíritu de ese movimiento y sobre todo, con las conclusiones que de él es necesario extraer.


Asambleas populares vs. gremios y partidos


Las asambleas populares se diferencian de los gremios y partidos en que las primeras se forman sólo en momentos de avance de multitudes, al calor de la lucha, con pleno protagonismo de ellas, tienen existencia solo en sus reuniones concretas y desaparecen cuando refluye el movimiento.

Los gremios y partidos, en cambio, existen permanentemente y de forma independiente al movimiento real. Desarrollan entonces su propia dinámica, poseen estructuras y programas propios, forman una jerarquía formal o informal de militantes, conforman roles, esquemas, categorías, etc. y reivindican una tradición y una simbología propia. Toda persona que se incorpore a un gremio/partido sabe que se está incorporando a algo que en principio no es de ella, y que deberá pagar derecho de piso, lo cual significa aceptar las condiciones preexistentes anulando su protagonismo, luego de lo cual probablemente ya esté integrado a esa jerarquía y a esos roles y no se le ocurra o no consiga cuestionarlos. Además, el hecho de que los militantes permanentes de los gremios/partidos sean siempre una ínfima minoría de la totalidad de la base del ámbito en el que estén insertos, hace que se desarrolle una marcadísima división entre el adentro y el afuera, siendo muy probable que la enorme mayoría de las bases no quieran ingresar a él porque lo vean como ajeno e inclusive que ni siquiera se les haya ocurrido nunca esa posibilidad.

Por un lado, es prácticamente imposible que un gremio/partido crezca numéricamente hasta abarcar a todos los miembros de la base. Pero por otro, aún si lo lograra, lo haría manteniendo sus jerarquías, sus roles, sus programas y sus estructuras preexistentes, y en ellos la enorme mayoría de los miembros conformaría sólo una periferia tímida alrededor del núcleo de los "viejos militantes" fundacionales, ahora convertidos en dirigentes de masas. (Siendo esto aún peor si, en vez de incorporarse a ese partido/gremio, las multitudes se limitaran a obedecer desde afuera las directivas emanadas de él, porque en ese caso no tendrían ni siquiera los derechos orgánicos que otorga la pertenencia)

Esta periferia esperaría que todo lo resuelvan esos dirigentes, y por más que los interpele y cuestione, nunca se animaría a desautorizarlos completamente y mucho menos a revocarlos y expulsarlos en caso de que fuera necesario hacerlo. Dichos dirigentes a su vez serían luego reemplazados progresivamente por las nuevas camadas de cuadros surgidos de las bases, pero como estos pasarían a ocupar ese rol preconcebido e incuestionado, generarían el mismo tipo de respeto sagrado que infundían los anteriores.*

En última instancia, y especialmente cuando las circunstancias fueran adversas, la palabra de los viejos o nuevos dirigentes sería la única válida para las bases, dejando sin importancia la suya propia. Todo esto ya ha ocurrido en infinitas situaciones históricas, entre las que podríamos mencionar: todo lo ocurrido con la Primera, la Segunda, la Tercera y la Cuarta Internacional, con los partidos socialdemócratas, con las "trade unions" y los economicistas, con los sindicatos anarquistas, etc., formando en todas ellas burocracias que a la larga llevarían a abortar los procesos revolucionarios, que se convertirían en la nueva clase dominante, o que inclusive llegarían a erigirse como guardianes de la propiedad y el Estado siendo agentes activos de la contrarrevolución.

En cambio, las asambleas populares no existen sino en el momento de acción. Reúnen a todas las multitudes que se movilizan en un momento dado, y son ámbitos en las que ellas pueden crearlo y disolverlo todo en la más absoluta igualdad y con el más pleno protagonismo, sin tener que responder ante nada externo a ellas y pudiendo imponer SIEMPRE su voluntad. Su forma es más flexible y adaptable a las necesidades concretas de la lucha, evitando la división en compartimentos, reuniendo a las personas en su ámbito más inmediato, etc. De esta forma, contribuyen al máximo al proceso de radicalización de sus miembros, y permiten profundizarlo hasta el quiebre insurreccional, conducirlo a éste a su triunfo y abrir el camino a la autogestión generalizada mediante su apropiación y administración colectiva de todos los medios de vida.

Históricamente, las asambleas populares han existido bajo muchas formas: la Comuna de París, los soviets de Rusia de 1905 y 1917, los consejos obreros de Alemania de 1917, de Hungría en 1956, etc., las colectividades campesinas y los comités de control obrero de la España de 1936, entre otros. En todos esos momentos fueron la dirección de los más radicales movimientos revolucionarios, y sino llegaron más lejos fue en gran parte** porque en la mayoría de esos casos no lograron desprenderse del todo de los gremios y partidos que confluían en su formación o en los que tenían expectativas.

Es por estas razones que los gremios y partidos son inútiles y contraproducentes para el objetivo de la autoemancipación humana si se los toma como dirección de los movimientos de multitudes. Sin embargo, pueden y suelen ser muy útiles*** a la hora de desencadenar esos movimientos (ya que la presencia permanente de militantes agitando asegura un constante rebrote del conflicto), siempre y cuando una vez generados su dirección sea plenamente asumida (en todos sus aspectos) por las asambleas populares.

En síntesis, el gremio y el partido deben ser superados por la asamblea popular apenas se produzca un avance de multitudes.

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*En una sociedad, estructura y función son dos aspectos de una totalidad dialéctica, porque ambas existen simultáneamente en la mente de las personas en forma de representaciones (no existiendo por fuera de ella), con lo cual toda nueva concepción estructural o funcional que no se replantee la totalidad estructura-función va a ser sólo una modificación de un aspecto de esa totalidad, y se verá determinada por ella, pudiendo inclusive ser a la larga completamente anulada, en lo que podríamos llamar un principio de inercia regresiva: el recuerdo no superado de lo anteriormente existente permite la regresión del cambio hasta que se vuelve al mismo punto del cual se había partido, llegando inclusive a borrarse todo recuerdo del intento de modificación o a catalogarlo como utópico, imposible, inútil y hasta dañino.

La modificación por lo tanto sólo puede ser revolucionaria (y lo debe ser en una profundidad suficiente como para que produzca una situación sin retorno) o condenarse a desaparecer.

** No debe tampoco atribuirse el fracaso de todos los movimientos asamblearios a esa única razón, siendo fundamentales una infinidad de otros factores, tales como la experiencia previa, el grado de ruptura con el sistema, la composición de clase, la disposición a batirse a muerte con el enemigo, la organización y coordinación, la existencia o falta de acuerdo político alrededor de la insurrección, el nivel de solidaridad o aislamiento, la relación de fuerzas, cuestiones técnicas/tácticas/estratégicas, etc.

*** Aún en este caso, siempre es mejor que los centros permanentes de agitación intenten parecerse a las asambleas populares en cuanto a: igualdad y protagonismo de sus miembros, barreras difusas, amplitud, autonomía e independencia, etc., porque de esta manera lograrán potenciar su efecto y preparar mejor el terreno para el surgimiento de un verdadero movimiento.

jueves, abril 26, 2007

Algunas consideraciones sobre el movimiento estudiantil

El siguiente es un panfleto genérico y adaptable a cualquier movimiento estudiantil, aunque está pensado para la lucha de los colegios pre-universitarios de la UBA.

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A los estudiantes

Es evidente que se avecina un período de gran movilización estudiantil. Si sabemos aprovecharlo, podemos hacer que realmente valga la pena, y no se termine en una mera sucesión de procesiones y discursos más o menos repetitivos y aburridos pronunciados por algunos aspirantes a dirigentes.

Tenemos dos opciones diametralmente opuestas.

Por un lado, podemos seguir los caminos habituales: dejar que nuestros movimientos sean conducidos por pequeños burócratas amantes de sus “cinco minutos de fama” frente a cámaras y grabadores. Ofrecernos generosamente como auditorio para esos “profesionales de la militancia” que quieren educarnos y dirigirnos porque piensan que carecemos de la conciencia necesaria para hacerlo por nosotros mismos. Dispersarnos ante una pelea pública de los distintos grupúsculos que quieren ser nuestra vanguardia. Repetir una serie de rituales simbólicos. Observar pasivamente como vamos perdiendo protagonismo a manos de los autodenominados “nuestros representantes”. Aceptar las condiciones que nos imponen las autoridades, y ver como en ellas somos más débiles. Sentir como cada vez el movimiento se vuelve más estéril y tenemos menos que ver con él, e ir abandonándolo de a poco. Aceptar la derrota cuando ya no quede nada, o peor aún, entregarle pacíficamente nuestra lucha a las autoridades y firmar la capitulación en un momento en el que todavía podemos dar combate. Contentarnos con alguna concesión más o menos importante, y no volver a movernos sino hasta la “próxima oportunidad” que quién sabe cuando vendrá. En definitiva, volver a casa con la amarga sensación de que nada cambió.

O bien, podemos tomar una actitud completamente diferente y jugarnos a ser plenos dueños de nuestro propio movimiento y a no sacrificarlo nunca.
Esto significa, principalmente, mirarlo y entenderlo de otra manera. Pensarlo, esta vez, como algo que realmente nos pertenece. Como el arma que nos permite dejar de ser objetos, espectadores, consumidores, votantes, masas, subdesarrollados, infantes, inconscientes, y que nos convierte en sujetos plenos, con completo protagonismo en nuestras propias vidas. Que nos abre una infinidad de posibilidades, nos da la palabra y se la quita a los que pretenden saturarnos y ahogarnos con ella.
Si elegimos esta segunda opción, elegimos el camino de la independencia, de la autonomía, de la autogestión, de la construcción desde las bases, de la creatividad colectiva, de la lucha radicalizada e ininterrumpida.

Pero ¿qué implica concretamente este segundo camino? Muchísimas cosas, de las cuales varias ya fueron puestas en práctica (dando grandes resultados) en gran cantidad de movimientos, siendo tal vez los más recientes e ilustrativos los protagonizados por lo estudiantes chilenos y franceses. Entre esas cosas, vale la pena nombrar las siguientes.

Por un lado, los recaudos que es necesario tomar para evitar el copamiento del movimiento por parte de una burocracia: auto-convocar desde las bases asambleas generales, y/o exigirle a las organizaciones estudiantiles que lo hagan. Desconocer cualquier autoridad ajena a dichas asambleas. Utilizarlas como el único ámbito de dirección de las luchas y en el cual se decidan las reivindicaciones a exigir, las medidas a tomar, la formación de comisiones y la elección de mandatarios revocables y limitados para cuestiones concretas, bajo seria vigilancia de la asamblea y subordinados completamente al mandato de ella. Revocar inmediatamente y sin contemplaciones a aquellos mandatarios que incumplan o se excedan en sus atribuciones, e inclusive expulsar de la asamblea a los que lo hagan con intereses turbios. Expulsar de la asamblea (o al menos quitarle el derecho a la palabra en ella) a todos los individuos y grupos que la usen como auditorio para sus intenciones de evangelización, educación, dirección, concientización, etc. y/o como tribuna de disputas partidarias, personales, etc., asi como también a todos aquellos que no sepan o puedan expresarse con respeto hacia sus pares y hacia las normas asamblearias. Hacer lo mismo con quienes atenten de cualquier forma contra nuestro protagonismo colectivo, por ejemplo intentando monopolizar la dirección del movimiento en manos de una minoría y/o subordinarlo a tal o cual partido político, organización, etc. Expulsar también a todos los grupos e individuos que suelan realizar habitualmente cualquiera de las cosas anteriormente nombradas, y a aquellos que declaren o hayan declarado por cualquier medio que tienen intenciones de hacerlo (especialmente, a aquellos cuyo accionar entero responde a ideologías que llaman a ello). Expulsar a todas las personas y grupos cuya presencia sea considerada perjudicial para el movimiento. Prohibir todo contacto con los medios de comunicación por fuera de aquel que sea planificado por la asamblea y llevado a cabo por los mandatarios electos a tal efecto. Prohibir el despliegue de cualquier símbolo ajeno al movimiento (por ejemplo banderas partidarias, ideológicas, nacionales o de tal o cual personaje). Establecer en asamblea todo lo que se va a negociar con las autoridades y elegir a los mandatarios que la lleven a cabo, someter a votación todos los posibles acuerdos, desconocer todo acuerdo firmado a espaldas de las asambleas (y expulsar de ellas a los responsables de hacerlo).

Por otro lado, lo que respecta a la luchas concretas en sí: nunca dejar que las autoridades impongan las condiciones de la negociación (lugar, momento, ritmos, etc.), imponerle siempre aquellas que nos sean más convenientes, respaldar todo reclamo con medidas de fuerza, rechazar cualquier acuerdo que no figure en actas, monitorear constantemente que se cumplan todas las cláusulas pactadas. Si se lleva a cabo una medida de fuerza de gran masividad y potencia y existe la posibilidad de sostenerla por más tiempo, no abandonarla hasta tanto las autoridades no acepten la concesión de todo lo exigido. Si además se mantiene esa potencia y masividad en todo el movimiento, aprovechar la oportunidad para ampliar el pliego reivindicativo a todos aquellos puntos deseados. En especial, incluir aquellas exigencias que requieren de mucha fuerza para ser conquistadas. Si ellas además benefician a otros grupos o movimientos, ir a plantearles la unidad y la coordinación para dar la lucha en común. Buscar siempre extenderla y profundizarla. Juntar fuerzas con todos los que luchen en cualquier ámbito para hacer oír sus legítimos reclamos. Experimentar la libertad que nos brinda ocupar y apropiarnos de los establecimientos en los que realizamos nuestra rutina.

Finalmente, no desmovilizarnos por más que hayamos conseguido o no lo que exigíamos: utilizar el impulso logrado para empezar a replantearnos todos los aspectos de la vida, y atacar aquellos que consideremos indeseables.

Todo lo anteriormente nombrado es sólo un marco. El contenido real del movimiento debe ser rellenado con la creatividad colectiva de todos nosotros, que en esas condiciones puede y suele llegar a alcanzar su enorme potencial.
Si estás de acuerdo con estas cosas, copiá, adaptá y difundí libremente este panfleto en cualquier ámbito.

sábado, abril 14, 2007

Segunda presentación de Alegre Subversión

Habiendo transcurrido ya casi un año desde su aparición, ya es hora de que el blog Alegre Subversión haga explícitos los objetivos que fue adoptando desde sus inicios, a medida que (sin plan previo) iban siendo escritos y publicados los artículos.

En primer lugar, hay que decir que esta publicación (puramente virtual hasta el momento, y con un único redactor), no busca terminarse en sí misma sino aportar desde su humilde lugar a un proyecto de acción colectiva, más abarcativo y ambicioso (en cuanto a cantidad de personas involucradas, temáticas, objetivos, ámbitos y formas de acción e intervención, etc.) que se nutra entre otras fuentes del enfoque aquí presentado, sometiéndolo obviamente a la crítica que todo merece. Pero hasta tanto ese proyecto no se materialice, el blog intentará aportar su granito de arena para el cumplimiento de algunas de las metas que el proyecto debería incluir, que implican contribuir a:

1) La desnaturalización, desmitificación y crítica implacable de todo lo existente, mostrando especialmente aquello que nos pasa desapercibido, que subestimamos y/o que se nos oculta, pensando integralmente todo aquello que suele considerarse como separado e independiente.

2) El conocimiento popular de que existe la opción (obviamente no reconocida por las instituciones y aparatos de dominación) de que las multitudes que formamos la sociedad nos apropiemos de la totalidad de nuestras vidas (colectiva e individualmente) y las vivamos de formas muy diferentes a la actual (suprimiendo los sinsentidos, las alienaciones y opresiones, etc.) sin que por eso vaya a sobrevenir la disolución social ni a imponerse la ley de la selva.

3) El conocimiento popular de que esa apropiación de nuestras vidas (además de ser un objetivo en sí mismo) nos dotaría de los medios materiales y sociales para solucionar todos los problemas artificialmente generados (por acción, omisión voluntaria o involuntaria, incapacidad, ineptitud, etc.) por el sistema enajenante, como son: el hambre y la miseria, la desocupación, la “pobreza”, el hacinamiento y la falta de vivienda digna, el mal estado y la restricción elitista de los sistemas de salud y educación, la delincuencia marginal, la prepotencia y maltrato policial-militar y el gatillo fácil, la desigualdad social en general, el trabajo precario-flexiblizado-informal-esclavo, el maltrato y la inseguridad laboral, el crimen organizado, las mafias y patotas, la corrupción, las guerras y las masacres de civiles, la contaminación y depredación ambiental y ecológica, la superpoblación, la sobreproducción y la escasez, e infinitos etcéteras con los que se podrían llenar páginas y páginas.

4) El conocimiento popular de la existencia y características de cientos de situaciones liberadas que ocurren hoy en día (ya sea de forma espontánea o premeditada, a diferentes escalas y en diversos ámbitos) y que ocurrieron a lo largo de la historia, en los que la apropiación autogestiva de la vida y experimentación libertaria ya sucedió parcialmente, con el objetivo de que ese conocimiento derrumbe el pesimismo y el escepticismo reinante respecto a todo lo anteriormente dicho, que permita tomar consciencia de todos las posibilidades que abre la revuelta (especialmente a partir de todas las que ya realizó, sus acciones y métodos en general, sus formas de organización, etc.) y que abra paso al estudio de sus aciertos y fracasos para que se puedan extraer de ellas conclusiones útiles. Fueron hasta el momento las principales de esas situaciones (por su extensión, duración, profundidad, implicancias, etc.):
-la abierta en Rusia en las huelgas generales proletarias y campesinas de 1917, cerrada progresivamente por la reconstrucción bolchevique del poder enajenado y definitivamente por la contrarrevolución staliniana de la década del 30,
-la abierta en España en la resistencia proletaria y popular de 1936 contra el golpe de Estado fascista, cerrada progresivamente por la reconstrucción republicano-stalinista del Estado capitalista (que tuvo su pico en la contrarrevolución de mayo de 1937) y definitivamente por el triunfo militar fascista de 1939.

5) El conocimiento popular de las distintas formas de acción directa que son y fueron empleadas a lo largo de la historia por las multitudes con el fin de imponerle al poder enajenado la concesión de ciertas reformas (con el objetivo de que dichas formas de acción directa sean imitadas o bien que se diseñen otras que resulten más efectivas) y el conocimiento de la existencia y características de los movimientos que las utilizaron y sus organizaciones (con el objetivo de que se comprenda la posibilidad de su existencia y de que se analicen sus aciertos y fracasos), habiendo siendo hasta el momento las principales de ellas (por los terremotos sociales que causaron) la primera Asociación Internacional de los Trabajadores, de 1864, y los diversos sindicatos anarquistas y revolucionarios en general de comienzos del siglo XX.

6) El conocimiento popular de los distintos errores cometidos por la resistencia a lo largo de la historia, con el objetivo de evitar su repetición y prever los que se puedan cometer un futuro. En especial, el conocimiento del peligro que encarna la formación de burocracia (y la necesidad de extirparla de raiz apenas dé señales de existencia) y el obstáculo que implica el accionar de la ya formada y cristalizada (y la necesidad de enfrentarla como al enemigo que es, por más apariencia progresista o revolucionaria que pueda tener).

7) El equipamiento teórico e histórico (a partir del análisis de las características del mundo actual y especialmente de los movimientos de resistencia que ya se están desarrollando, sus ámbitos de acción, sus métodos, etc.) de los que ya militan en alguno de los frentes de resistencia contra el sistema y de los que lo harán en un futuro, con el objetivo de que conozcan con claridad a qué se enfrentan, cuales son sus puntos débiles, con qué métodos y tácticas se pueden obtener mejores resultados, y especialmente en qué ámbitos es más conveniente la agitación.

8) El desarrollo de argumentos sólidos que puedan fortalecer las posturas alegremente subversivas en los debates.

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Como se podrá observar, la totalidad de estos objetivos tienden a dar herramientas a las multitudes para que sean ellas las que vayan marcando su propio rumbo, a diferencia de aquellas tendencias que pretenden “orientarlas”, “guiarlas”, “dirigirlas”, etc. Todo proyecto de militancia subversiva que pretenda suprimir la totalidad de las opresiones y enajenaciones debe partir de esta base, teniendo como principio absoluto la reformulación (para ampliar su sujeto) del que fuera el lema de la gloriosa Primera Internacional: “la emancipación de las multitudes será obra de las multitudes mismas”.

martes, abril 10, 2007

La revuelta y las situaciones liberadas

El artículo “Sobre las posibilidades de la revuelta en el mundo actual”, busca analizar simultáneamente algunas de las características del mundo de hoy, de las posibilidades reales de intervención y de su subversión, en comparación con las etapas anteriores (entreguerras, posguerra, crisis del “Estado de bienestar” y “globalización neoliberal”). Para eso, fueron publicadas ya las dos primeras partes, que intentan describir muy brevemente esos aspectos en dichas etapas.

Pero antes de publicar la tercera parte (que todavía está en preparación) o cualquier otro artículo, hace falta hacer algunas aclaraciones respecto a la práctica de alegre subversión de todo lo existente. Para eso publico este artículo, que se centra en la dimensión “pacífica” de esa actividad, por lo cual queda pendiente otro que trate las cuestiones relativas a la violencia asociada inevitablemente a las revueltas de multitudes (combate en las calles, coerción popular, represión, reacción, lucha armada, insurrección, etc.).

Las tres partes de este artículo (La producción-circulación, La Normalidad, la revuelta y las situaciones liberadas y La experimentación libertaria y autogestiva en la práctica) están ordenadas de mayor a menos grado de abstracción, así que los fanáticos de lo concreto pueden saltar directamente a la tercera parte, la más ilustrativa.


La revuelta y las situaciones liberadas


1) La producción-circulación

El producir y hacer circular bienes y servicios es la razón de ser de la sociedad, su elemento cohesionador y su principal actividad. No habría sociedad si no hubiera necesidad de asociarse para sobrevivir y satisfacer las necesidades y deseos de cada persona.

Las multitudes son la fuerza viva de esa actividad, su sujeto: ya sea directamente o a través del manejo de herramientas, maquinarias, etc. (o robots, en un futuro que ya es parcialmente presente), ya sea en trabajos manuales, intelectuales, etc., ya sea planificando o ejecutando diversas tareas.

Todo nuestro entorno, todo aquello que utilizamos y consumimos diariamente, todo lo que configura nuestro modo de vida, es producto (o al menos lleva encima una porción) de toda esa actividad social reproducida y acumulada día a día y generación tras generación durante milenios. Cada área de nuestra actividad requiere como soporte material de ese producto acumulado, por lo cual absolutamente todo se ve influenciado (y hasta determinado en algunos casos) por esa producción-circulación.

Sin embargo, hace ya miles de años que en varias sociedades diversos grupos se han desprendido de las multitudes al imponer una tiranía sobre ellas (de diferentes formas, pero siendo las principales la utilización de la coerción física y la auto-subordinación de las multitudes por causas místico-religiosas) conformándose como élites o clases dominantes. Mediante el sometimiento de la producción-circulación, esas élites consiguieron construir civilizaciones enteras proyectando materialmente su cosmovisión particular, constituyendo de esa manera sus instituciones, y presentándolas como naturales, divinas, imprescindibles, deseables, inevitables, etc. Entre ellas, las más clásicas son el Estado con sus fuerzas armadas y las distintas iglesias con sus mediadores para con el mundo de lo sagrado, que además para legitimarse debieron extender su dictadura hacia la esfera privada de la actividad individual, creando ese monstruo omnipresente conocido como “La Moral”.

Es así como a partir del accionar de dichos grupos desprendidos se desarrolló la otra fuerza que presentan esas sociedades, la fuerza ajena, que es exterior a la fuerza viva que conforman las multitudes y que la oprime. Dicha dominación recibe por esa razón el nombre de enajenante, y sus características concretas varían en cada sociedad.

La fuerza ajena tiene la doble característica de ser a la vez autónoma y dependiente de la fuerza viva, ya que es reproducida diariamente por el accionar de las elites pero sobre la base de todo el accionar social sometido, cuyo sujeto a la vez tiene interiorizado su cosmovisión e ideología (sin lo cual esa reproducción se vería seriamente dificultada, como ocurrió en varios períodos y situaciones históricas).

Todo el mundo moderno es heredero de ese esa enajenación, que desarrolló sus propias formas: la empresa o compañía como célula básica de la producción-circulación sometida, los mal llamados “medios de comunicación” como emisores materializados de esa cosmovisión dominante, etc.

2) La Normalidad, la revuelta y las situaciones liberadas

El estado más normal de la vida de las personas en el mundo moderno no es más que el estado más normal de esa dominación enajenante. En esa Normalidad, completamente naturalizada para las multitudes, ellas reproducen (paradojicamente) día a día la actividad de producción-circulación sometida, despojadas de toda energía creativa y destructiva (que sin embargo sigue contenida en ellas), y de esa manera envueltas en una rutina carente de sentido, aburrida y tediosa, cuyas condiciones no controlan y cuyo producto escapa a ellas y solo puede ser parcialmente recuperado a través de los (además bajos) salarios que se le pagan (excepto a los desempleados, que ni siquiera pueden tener acceso a él). De esa manera, son ellas las que fabrican diariamente ese mundo ridículo en el que habitan y por el que son dominadas, y por cuyos problemas artificiales son torturadas y hasta exterminadas.

Sin embargo, es en esa paradoja donde reside su posibilidad de emanciparse. Al ser las que lo producen todo, tienen la capacidad de detenerlo todo, y mejor aún, de revolucionarlo todo. La única barrera que realmente las separa de su libertad, del control de su actividad colectiva y del producto de su trabajo es la amenaza de represión en caso de intentarlo. Fuera de ello, todo es cuestión de voluntad.

La mercancía acumulada por la producción-circulación separada está al alcance de todos, detrás de una vidriera. Las máquinas que la fabrican también lo están. Lo mismo que los camiones, trenes, barcos y aviones que la distribuyen. Las otras mercancías, las que se consideran “servicios”, ni siquiera están fuera de sus propios realizadores (salud, educación, etc.). El mundo todo está ahí para ser apropiado y transformado a gusto por las multitudes, superando de esa manera todas las separaciones, haciendo volar por los aires todas las limitaciones artificiales que les impone el accionar represivo y la ideología internalizada del sistema.

Esto abre una posibilidad que está inmediatamente enfrente nuestro, latente en cada instante. Cuando por una u otra razón la Normalidad se detiene para algún sector de las multitudes (muchas veces a causa de ciertas luchas reivindicativas, explosiones sociales, inclusive como consecuencia de desastres ecológicos, etc.), su efecto sedante se disipa y toda ella comienza a resquebrajarse. Por entre sus grietas se derrama toda esa energía viva, creativa y destructiva, que estaba contenida bajo su opresión. Las multitudes se descubren entonces a sí mismas y comienzan a experimentar su propia libertad y el auto-control de su propia acción colectiva. Si además a esto se suma la inhabilitación del accionar represivo policial-judicial-militar (por ejemplo, por estar tomadas las comisarías por las turbas iracundas), entonces las posibilidades que se generan son infinitas. Quedan abiertas en esos casos las situaciones liberadas en las que las personas logran deshacerse momentáneamente de todo lo que las oprime, recuperando la perspectiva unitaria de sus propias vidas capturada hasta ese entonces por el mundo de las enajenaciones, lo que hace posible la experimentación libertaria y autogestiva. Aunque en la mayoría de los casos la ideología internalizada del sistema pesa en las personas haciendo que no aprovechen las situaciones liberadas para esa experimentación (o que al menos no la lleven demasiado lejos), por suerte no siempre lo logra.

Esa experimentación consiste en la realización de cualquier actividad (que no sea dañina para sus pares ni para el conjunto) sobre cuyas condiciones, entorno, medios y producto sus autores tengan pleno control, y que les permita alcanzar un máximo placer sin tener que verse limitados por barreras represivas ni prejuicios sociales (legalistas, moralistas, religiosos, espectaculares, etc.) liberando de esta manera ellos su capacidad creativa y destructiva y utilizando libremente todos los medios disponibles. En la esfera privada (es decir, de las acciones que no afectan más que al propio individuo) implica completa libertad, y en la esfera colectiva (es decir, de las acciones que afectan a todo un grupo), completa autogestión por parte de todos los involucrados, para lo cual ellos deben desconocer y disolver cualquier factor de interferencia de la fuerza ajena.

En ese sentido, la experimentación libertaria debe ser tomada como un juego hecho realidad, o bien como la realidad hecha juego, ya que de cualquiera manera su principal mérito es disolver la barrera artificial que mantiene a esas esferas forzosamente separadas. Cada instante vivido en esas situaciones liberadas vale la pena de por sí y es por lo tanto un objetivo en sí mismo. No se debe rendir explicaciones ante nadie por el hecho de vivir de la única forma en que tiene sentido hacerlo, y quien se oponga a ello es simplemente un opresor que merece ser suprimido.

Pero además, son esas situaciones liberadas las que van erosionando las bases del sistema, porque logran debilitarlo ahí donde nace: la mente de las personas que lo reproducen diariamente con su hacer alienado. Simultáneamente, es en ellas donde se va construyendo la alternativa, ya que de allí brotan los lazos socialistas, autogestionarios y libertarios que podrían reemplazar a las actuales relaciones sociales enajenadas. Mientras más lejos se lleve cada situación liberada, más profunda será la herida en el sistema, y más vivo quedará su recuerdo en la memoria de las multitudes, facilitando su reiteración y permitiendo que las nuevas que se realicen tengan un punto de partida más radical y una buena cantidad de enseñanzas extraídas de los aciertos y errores cometidos.

3) La experimentación libertaria y autogestiva en la práctica

Una situación liberada habitual suele ser abierta por la ocupación o toma de los lugares en los que se realiza la rutina. Esta acción además tiene la ventaja de darse con bastante frecuencia gracias a que suele ser utilizada como medida de fuerza en el marco (o bajo la excusa) de luchas reivindicativas.

Estas ocupaciones nos permiten ser por primera vez dueños de aquellos lugares en los que pasamos nuestras vidas. Si pensamos la cantidad de horas diarias que pasamos en ellos, siendo totalmente ajenos a nuestro control, entendemos por qué solemos tener esa sensación de ser completamente extraños a nosotros mismos. Además, es muy común que no conozcamos a las personas con las que compartimos nuestro día a día: la ocupación tiende a derribar también esa separación, permitiendo que todos se descubran mutuamente.

La toma del control del espacio físico de un establecimiento abre una infinidad de posibilidades acerca de su uso y transformación. Sólo nos damos cuenta de la cantidad de cosas que se pueden hacer en los claustros de un colegio cuando lo tomamos. Una vez tomado un establecimiento, se puede tanto continuar autogestivamente su uso habitual como “desviarlo” (en términos de la Internacional Situacionista) para que cumpla la función que queramos darle. Sobre esto pueden hablar tanto los estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires como los desocupados franceses que tomaron un liceo para convertirlo en un foro de debate público (y en el cual llegaron a la “pequeña” conclusión de que era necesario revolucionar completamente la sociedad para que las cosas empiecen a tener sentido).

La implementación de la soberanía asamblearia (de la multitud hacia sí misma desconociendo toda autoridad ajena y liberando completamente la esfera privada de la actividad individual) en los establecimientos ocupados permite que absolutamente todo pueda ser discutido públicamente, y que todo lo que se discuta pueda ser llevado a la práctica. De igual manera, les permite negarles la palabra, expulsar de las asambleas y/o del establecimiento en general a los burócratas que intenten someterlas a un poder separado existente por dentro o por fuera de ellas.

A través de la soberanía asamblearia (para seguir con el caso de un colegio tomado) los estudiantes podrían si quisieran convocar a los profesores a que den clases bajo control estudiantil y suprimir todas las arbitrariedades habituales y los mecanismos de represión, entre ellos por ejemplo, el sistema de sanciones y de faltas, o modificarlos a gusto. De la misma forma, se podría decidir que cierta cantidad de horas al día serían mejor usadas para realizar asambleas y debates en general, o simplemente actividades recreativas, productivas o de cualquier tipo. Se podría avanzar en la experimentación de formas de educación mutua y libertaria carentes de docentes o reformulando su rol (como en las escuelas zapatistas, en las que no hay profesores sino promotores educativos), e infinidad de otras opciones.

De la misma forma, también se podría decidir que las paredes grises quedarían mejor pintadas de amarillo, y hacer realidad ese cambio inmediatamente. Si las tarimas de los profesores representan una humillación para el estudiante ¿por qué no destruirlas?. Siguiendo con esa forma de razonar, todo podría ser reordenado, readornado, destruido o creado si las asambleas soberanas de las multitudes así lo quisieran.

En definitiva, hay que aprovechar al máximo la incapacidad de actuar del aparato represivo hasta el momento en que no se pueda sostener más la autogestión y se deba ceder el control a las autoridades. O bien, plantear la resistencia y no abandonar el establecimiento hasta tanto no ingrese la policía a desalojar a bastonazos, e inclusive organizar la autodefensa para que no les resulte nada fácil hacerlo. En caso de que sea imposible mantener el control, siempre se pueden dejar huellas físicas lo suficientemente profundas como para que nadie pueda olvidar nunca nada de lo ocurrido. En todos los casos, la creatividad liberada por las multitudes dará a luz mejores creaciones que cualquiera de las que pueda ser incluida en este texto.

En caso de que se necesite hacer propaganda de determinada lucha o simplemente en defensa de las ocupaciones y por su extensión, siempre se pueden tomar las fotocopiadoras, salas de computación, etc. y ponerlas a producir para la finalidad deseada.

Son especialmente interesantes las posibilidades que abre la toma de los mal llamados “medios de comunicación”, como ya realizaron los habitantes de Oaxaca, México con algunos canales de televisión y estaciones de radio. Ello permite, por ejemplo, usarlos por primera vez en la historia como medio para desmentir todos aquellos mitos sobre los cuales se basa el orden actual, o para difundir cuestiones útiles para la revuelta, o simplemente para que los vecinos se expresen libremente.

En el caso de que sea inminente la recuperación policial de esos establecimientos, siempre queda la opción de hacerle un favor a la humanidad y dinamitarlos, para que nunca más puedan ser usados para la transmisión de Espectáculo enajenante. Lo mismo puede hacerse con cualquier espacio que se ocupe y no pueda ser mantenido, si le sirve al poder separado para mantener su dominación. Mientras más profunda sea la huella que se quiera dejar, mientras más se quiera erosionar la Normalidad, más necesario se vuelve el sabotaje, la destrucción o la incautación de todo lo existente.

En especial, todo lo relativo a la publicidad puede ser simplemente suprimido: desde los carteles que pueden ser saboteados de diferentes formas, hasta los “call centers” que pueden usarse como centros de comunicación para la resistencia o bien para alguna otra cosa más imaginativa, o simplemente tener el mismo destino literalmente explosivo que los otros establecimientos de su género. No hay “uso útil” que se le pueda dar a la publicidad comercial, máximo exponente del sinsentido generalizado: debe ser eliminada junto al resto de los fetiches que enajenan nuestras vidas.

Pasemos a otro plano, el de las mercancías. Las mercancías son el producto de la producción-circulación sometida, el resultado material de la enajenación y uno de los engranajes de su reproducción. Se acumulan en las vidrieras de las grandes tiendas del capital, esperando a que alguien venga a buscarlas pagando dinero a cambio. Pero sin embargo ¿porqué habríamos de pagar para recuperar lo que el sistema nos robó?

En este sentido, actúan con mucha sabiduría quienes aprovechan el momento de ingobernabilidad que provoca la revuelta para incautar toda esa mercancía, en lo que se conoce popularmente como “saqueo”. Ya que nos llenaron de publicidades para que adquiramos ese producto, y si supuestamente es tan bueno e imprescindible ¿por qué no simplemente tomarlo? (lo mismo vale para los grandes espectáculos, como el recital de los Rolling Stones en la Argentina en el que una multitud decidió suprimir la fase de comprar la entrada, y por lo cual debió enfrentarse una vez más a la policía, eterna vigilante de todas las alienaciones y enemiga visceral de la gratuidad).

De cualquier manera, es necesario distinguir en este caso las tiendas que pertenecen a grandes capitales de las que pertenecen a pequeños propietarios. Éstos últimos generalmente no tienen más fuentes de ingresos que el comercio en esos locales, por lo cual cualquier acto de incautación contra ellos tiende a dejarlos sin posibilidades de mantenerse y de mantener a sus familias, lo cual no es demasiado justo considerando que su modo de vida no es muy diferente al de cualquier asalariado. Además, los pequeños propietarios asustados tienden a ser la base social del fascismo, por lo cual no es muy inteligente ganarse innecesariamente su repudio.

La incautación de mercancías podría además pegar un salto cualitativo si, en vez de realizarse individual y caóticamente, se organizara desde asambleas de multitud. De esta manera, lo incautado podría ser repartido a quienes más lo necesitan, o equitativamente entre todos, o bien utilizado colectivamente. En el caso de un espectáculo (o, por ejemplo, de un medio de transporte) se podrían bloquear las boleterías y permitir a todo el mundo el pase gratuito (como ya ocurre habitualmente en muchas protestas y revueltas en todo el mundo).

La combinación de estos dos planos de acción (la ocupación de establecimientos y la incautación organizada de mercancías), da lugar a una tercera posibilidad, sin duda la más interesante de todas: la ocupación y puesta en marcha autogestionaria de las fábricas, campos, medios de transporte, etc. etc. etc. y la distribución asamblearia de su producto (como ya hicieron los obreros y campesinos rusos en 1917, los italianos en 1920 y los españoles en 1936, entre otros casos históricos)

De esta manera, planificando en asambleas qué se va a producir, cómo, quienes y para quién, se podrían solucionar de raíz todos esos problemas artificiales de muy fácil solución que genera la enajenación para sostenerse a sí misma, como la escasez, la “pobreza”, la miseria, el hambre, la desocupación, la contaminación ambiental, la inseguridad laboral, la desigualdad social, etc. Si se pudiera mantener aunque sea por un día la producción-circulación autogestionada, quedaría evidenciado ante todo el mundo la ridiculez del sistema en el que vivimos.

Si toda una ciudad fuera liberada de las fuerzas represivas durante algún tiempo, se podría implementar una comuna como la de París de 1871, iniciando de esa manera inmediatamente la soberanía popular asamblearia, la única democracia verdadera (federando las distintas asambleas barriales mediante cuerpos de delegados). Aún si no se avanzara hacia la expropiación y autogestión de la producción-circulación, se podría establecer un sistema de impuestos revolucionarios por el cual sean los que más tienen los que tengan que financiar la actividad pública. Y considerando que lo más probable es que la autoridad se reestablezca rápidamente, no deja de ser tentadora la idea de expropiar rápidamente y de una sola vez las grandes fortunas individuales y empresarias (incluidas especialmente las de las instituciones bancarias). Todo lo que se incaute, si lograse ser ocultado de las fuerzas represivas, podría ser usado luego para financiar la actividad subversiva. Es especialmente importante el acumular divisas, ya que resisten cualquier posible desvalorización de la moneda nacional y permiten el intercambio exterior.

En cualquier de los casos planteados el impulso de la revuelta podría además dar origen a una revisión libre y consciente de todas nuestras pautas y conductas habituales, suprimiendo o transformando las no deseadas y realizando aquellas que son preferibles. Esto llevado a escala multitudinaria, significaría la reconstrucción total de la vida. Todo podría ser creado, destruido, replanteado, puesto en cuestión y debatido públicamente (especialmente las concepciones, roles, estereotipos, esquemas, etc).

Si la experimentación libertaria se extendiera a varios ámbitos, establecimientos, espacios, barrios, etc., la cantidad de posibilidades aumentaría exponencialmente, ya que todo podría ser combinado. Prácticamente cualquier deseo podría ser materializado, lo cual a su vez permitiría la experimentación de nuevas formas de vida, de relacionamiento y de utilización del espacio, el tiempo y los recursos disponibles.

Todo un nuevo orden se podría construir en base a la integración de todas las experiencias libertarias y autogestivas, llevando a la situación liberada a ser cada vez más global. Esta podría dotarse entonces de sus propios órganos para armonizar al máximo la actividad, facilitar la conviviencia, solucionar posibles conflictos y evitar que el desborde se vuelva contra sí mismo. Estos órganos también podrían tener (y en general suelen hacerlo en los estallidos populares) la función de organizar la autodefensa, tarea fundamental para alargar por el mayor tiempo posible las situaciones liberadas antes de que sean aplastadas por las botas de la represión. Es el caso de los consejos obreros, las asambleas populares, comunas revolucionarias, etc.

miércoles, febrero 07, 2007

Sobre el protagonismo de multitudes

Un cambio real, en la vida social y en nuestras propias vidas, sólo puede pasar por nosotros mismos. Y con “nosotros” quiero decir TODOS nosotros, todas las personas que estamos en el “abajo” de la sociedad, en el sentido de que no somos los que manejan los hilos de lo que pasa en el mundo, ni tenemos ninguna incidencia en el Poder, ni dirigimos grandes empresas, ni mafias ni Estados enteros.

Entender que el sujeto revolucionario es algo tan poco académico como “la gente común” es el centro de todo proyecto de transformación radical.

Las consecuencias de este simple principio son gigantescas, entre otras:

1) No hay que esperar a que venga un Mesías, un líder-caudillo-dirigente (ya sea político, empresario, militar, cura, intelectual, profesional, científico, sindicalista, guerrillero, etc.) a “guiarnos” a la victoria para empezar a ser protagonistas completos de la vida social. Podemos (y debemos) empezar a actuar ya mismo.

2) Aún si una persona se destacara de entre las demás y adquiriera rasgos de “líder de masas”, tampoco deberíamos seguirla ni esperar nada de ella. Cada milímetro de iniciativa y protagonismo que perdemos en mano de los dirigentes, es un paso importante hacia la burocratización y el totalitarismo. Y ya sabemos muy bien como terminan las burocracias y los totalitarismos.

3) De la misma manera, tampoco podemos seguir a, ni depender ni esperar nada de ninguna organización que no sean las nuestras propias, las que creemos, protagonicemos, dirijamos y controlemos. De nada nos sirven los partidos políticos, ni ningún tipo de agrupación aspirante a vanguardia dirigente. Es más, muy probablemente, esas organizaciones serán un obstáculo a cualquier proceso revolucionario real, porque siempre intentarán conservar para sí mismas algo del viejo poder enajenado, o terminarán creando nuevos tipos a partir de cada espacio que les dejemos vacante. Por estar razón, hay que saber prevenir a tiempo la burocratización, controlando severamente a todos los militantes de esas agrupaciones que participen en nuestros movimientos y organizaciones, limitándoles el acceso a los puestos de representación/coordinación/administración, etc., e inclusive, si comienzan a ser una molestia real, expulsándolos de todos nuestros espacios. No importa cuantas “buenas intenciones” tengan: el vanguardismo engendra burocracia y atenta contra la democracia directa, y esto ha sido demostrado de sobra por la historia de las experiencias de transformación de la vida social e individual

4) Nunca, nunca tenemos que perder la iniciativa o bajar la guardia. La triste realidad es que ya es muy poco probable que triunfemos haciendo las cosas correctamente, y estas probabilidades disminuyen drásticamente mientras más nos descuidemos, mientras más expectante sea nuestra actitud. La militancia para la transformación tiene la lógica inversa a la de cualquier programa televisivo: tirarse en el sillón a esperar que las cosas pasen es sinónimo de suicidio.

5) Los ídolos son contrarrevolucionarios (y hasta contrarreformistas). El ídolo, el humano deificado, adorado, es justamente la negación del protagonismo de las multitudes anónimas, de la gente común, de los de abajo. En este punto se pueden agregar varias consideraciones más: no nos tiene que resultar extraño que el gran espectáculo fabrique ídolos permanentemente. Ídolo, culto a la personalidad, religión, observación pasiva, expectativa, dependencia, espectáculo, son todas caras de una misma moneda. No importa cuan subversivo sea o haya sido el ídolo en cuestión, no importan sus dotes como dirigente, su carisma, su retórica, ni su sacrificio y entrega a la causa, así como tampoco importan las ideas que predique. La relación ídolo/creyente es una de las bases de toda jerarquización, el fundamento último de la especialización del Poder como área separada de la vida social monopolizada por “profesionales”, en definitiva, una de las fuentes de las que emana la separación de la sociedad en clases. Por esta razón, el sistema disfruta intensamente de convertir en ídolos a nuestros referentes, y más aún si pueden volverlos mercancías y obtener dinero de su comercialización. Que exista algo como un “museo del Che Guevara” es una aberración completa y un contrasentido total, o mejor dicho, algo totalmente coherente dentro de los parámetros de la sociedad de clases.

6) No puede existir una única filosofía revolucionaria, ni un único pensamiento político, moral, etc. en definitiva, ninguna ideología que se pretenda a si misma como “LA” ideología. Las ideologías auto-referenciales, además de generar sectarismo y por lo tanto exclusión, tienden a anular la capacidad de pensamiento propio, y por lo tanto a volver a las personas incapaces de afrontar los duros embates de la realidad, y además facilita la formación de grupos proféticos que se pretendan los intermediarios entre el mundo divino de La Idea y las masas brutas, y que terminarán convirtiéndose en los burócratas del mañana.

7) De nada sirven los “modelos de conducta” que ninguno de nosotros puede imitar. Jesucristo y el Che Guevara pueden haber sido personalidades muy respetables, pero el modelo de ser humano que predicaban es imposible de adoptar por la gente común, al menos en las actuales generaciones que fuimos criados por la sociedad de clases. Levantar las banderas de la “conducta impecable”, puramente altruista, de sacrificio pleno, solo puede llevar hoy en día a tener un discurso hipócrita no respaldado por hechos reales, y a que la mayoría de la gente nos mire como a extraterrestres. Mucho más realista y útil es ponerse objetivos de conducta que todos podamos cumplir, como por ejemplo: tratar al menos de tener en cuenta a los demás, respetarlos y respetarse a uno mismo, no agredir innecesariamente, intentar pensar y proyectar a futuro, buscar desarrollar una visión de conjunto sobre las cosas (en oposición a la visión “sectorialista”), etc. De esta manera, podemos ser completamente coherentes entre el discurso y la acción, y no espantar a las personas que, como nosotros, distan muchísimo de ser el “hombre nuevo” o el “cristiano libre de pecado”.

8) El anonimato es revolucionario. Mientras menos destaquen ciertos individuos particulares, y más se extienda el protagonismo de la gente común, más cerca se está de transformar la vida social e individual. Por más que sea necesaria la existencia de funcionarios, y que la dinámica social genere inevitablemente cuadros y referentes, es fundamental evitar la formación de polos de poder separados de las multitudes. De esto y de otras cosas se desprende:

9) Una de las principales herramientas de la democracia directa es la revocabilidad de los funcionarios. Esto significa que todo funcionario puede en todo momento ser revocado por las multitudes, y de hecho, es sano y conveniente que así sea para combatir la corrupción, la ineficiencia, la burocracia, etc. La revocabilidad no es solo una figura formal: se debe convertir en una práctica casi cotidiana. Funcionario que no alcance el rendimiento exigido por la gente, o que comience a adquirir demasiado poder, funcionario que debe ser revocado inmediatamente y sin ningún tipo de obstáculos. De la misma manera, también es central que se reporte constantemente todo problema administrativo, que se denuncie todo acto antidemocrático o corrupto, etc.

Todas las personas deben ser educadas para poder ejercer un cargo público. Lo ideal sería que no se consoliden “especialistas”, sino que exista una gran cantidad de cuadros preparados para rotar en esos cargos, surgidos de las mismas multitudes en todos sus ámbitos.

10) Los procesos de transformación no emanan de un “centro” fijo hacia una “periferia” también fija, ni tienen un curso predefinido. Pueden brotar en cualquier ámbito y de cualquier sujeto, de forma interrelacionada o aislada. No hay “un” movimiento de transformación: todas las multitudes pueden devenir en él. De hecho, el proceso de transformación ya existe subterráneamente en muchos lugares en distintas medidas, a veces de forma más manifiesta y otras, más oculta, a veces de forma auto-consciente y otras, inconsciente, formulada a veces de forma más clara y coherente y otras, más difusa y contradictoria.

miércoles, enero 17, 2007

Lucha radical y Espectáculo

El Espectáculo

El Espectáculo es una rama del Sistema cuya función es instalar una determinada cosmovisión, información y valoración en la mentalidad de las multitudes.

Está compuesto por una multiplicidad de focos interconectados, cada cual es un fluir de imágenes prefabricadas, caracterizados por ser reproducidos unidireccionalmente a través de medios concentrados en manos de la clase dominante, ya sea vía capitales privados (empresas), vía aparato estatal (ya sea en la dirección o en la base -es el caso de las escuelas, colegios y universidades, etc.-), o vía instituciones e individuos asociados (ONGs, sindicatos, asociaciones civiles, partidos políticos, iglesias, etc.).

Algunos de sus medios de reproducción son técnicos, en el sentido de requerir maquinarias e insumos (o sea, capital) para su funcionamiento, lo cual los vuelve restrictivos a la clase capitalista quedando negados para las multitudes : la televisión, los diarios, las radios, internet, el cine, las revistas, los afiches, carteles y volantes, etc.

Otros son directos pero también requieren capital: los establecimientos educativos, religiosos, etc.

Por último, el Espectáculo genera un componente extra que forma parte de él: el circuito intelectual, que es el conjunto de individuos, grupos e instituciones auspiciados y transmitidos por el Espectáculo a través de cualquiera de sus medios, que se encargan de legitimar al Sistema reproduciendo su lógica (aún para "criticarlo", como en el caso del "progresismo"), y que a su vez se remiten permanente unos a otros, generando una comunidad de referencia.

En una sociedad compleja y masiva como la actual, no hay forma de experimentar directamente la realidad más que una ínfima parte, y aún así la percepción será superficial y ambigua. Por eso es imprescindible para nosotros recurrir a una fuente externa.

Esa función es absorbida por el Espectáculo, que se vuelve el único medio de contacto entre los individuos y los sucesos de la realidad, que paradójicamente, encuentran en él su imagen independizada y manipulada (o bien, no encuentran su imagen y permanecen como inexistentes para las multitudes), aportando su propia signficación y valoración que pretenden "neutralidad" y "objetividad".

El Espectáculo, si bien está conformado por focos independientes emitidos por distintos sectores de la clase dominante (cada cual posee su propia cosmovisión, intereses y filiaciones), se inserta en una lógica global prácticamente indiscutida, y que tiende a generar a su vez respuestas similares ante problemas similares. Por eso es muy común encontrar interiorizada y naturalizada la lógica del Espectáculo, a tal punto de reproducirse inclusive de forma independiente a sus medios técnicos de transmisión, en forma de Normalidad, es decir, de pensamiento/accionar instalado en las multitudes que excluye dogmáticamente a las otras posibilidades.

Demás está decir que si existe un Espectáculo es porque hay espectadores, y que éstos conforman la totalidad de la sociedad.

Las organizaciones visibles

Una organización visible (ante los ojos del Espectáculo) es aquella que posee una simbología visible, ya sea en cuanto a siglas, símbolos, logos, comunicados y prensas, militantes, referentes, locales conocidos de reunión, etc.

Cualquier acción de cualquier organización visible tendrá (proporcionalmente a su masividad, a su inserción en la sociedad y a su grado de influencia) su doble falsificado y manipulado en el Espectáculo, y será percibido de esa forma por toda la sociedad, que tomará dicha imagen como su única y completa realidad, excluyente de cualquier otra.

En consecuencia, toda organización visible debe moderar su accionar al punto de resultar "apoyable" por la sociedad si busca lograr alguna influencia en ella, y en especial en la lucha reivindicativa.

Una lucha reivindicativa entre un determinado contrapoder y un determinado poder, posee dos frentes de combate interrelacionados: por un lado, el extorsivo directo, y por el otro, el simbólico (que puede ser considerado extorsivo pero indirectamente).

El grado de triunfo o derrota viene dado en parte por la relación de fuerzas simbólicas, que no se resuelve en el terreno de combate sino, sobre todo, ante los ojos de la opinión pública (a diferencia del frente extorsivo, donde el resultado es producto de la capacidad de daño directo, ya sea económico o físico)

Toda organización que pretenda dar una lucha reivindicativa, se somete por lo tanto a esa opinión. Pero la opinión pública, en la sociedad actual, está monopolizada por el Espectáculo.

La acción radical

La acción radical, en tanto negación completa del estado de las cosas, ataca frontalmente todo lo defendido por el Espectáculo, y logra ganarse por lo tanto el repudio general e inmediato de la sociedad.

Esto no significa necesariamente la muerte de la acción radical, sino la necesidad de analizar en cada caso sus ventajas y desventajas. Para la lucha reivindicativa, la acción radical debe presentarse en general en pequeñas dosis contrapesadas por un trabajo intenso en el frente simbólico, al menos en el momento en que el conflicto empieza a ser mediatizado.

Pero no es la lucha reivindicativa en sí misma la que permite radicalizar al movimiento de multitudes hasta volverlo insurreccional, sino más bien su grado de acción radical. Por lo tanto, si se quiere derribar de raíz el estado de las cosas, no alcanza con dar luchas reivindicativas con pequeñas dosis de radicalidad. Es necesario profundizar este aspecto al punto de extraer al movimiento de la lógica del sistema-Espectáculo para que pueda construir la suya propia, por fuera y en contra de la anterior.

En ese sentido, es necesario sostener un accionar radical por fuera de las organizaciones visibles y del Espectáculo. Un accionar que sólo llegue a las multitudes por percepción directa o a través de sus consecuencias. Un accionar que carezca completamente de referencias, y que pueda ser realizado por cualquier persona. Pero sobre todo, un accionar que tenga el sentido de negación práctica de las relaciones sociales dominantes, o que posea una utilidad práctica para el movimiento de multitudes, o que simplemente permita vivir hoy mismo la autogestión plena y construir desde ya los lazos socialistas que reemplazarán a los de dominación, especialmente si esas acciones resultan imitables y contagiosas para otros sectores (lo cual es posible justamente porque la intensidad y libertad de la vida autogestiva resulta mucho más atractiva que la pesada vida rutinaria alienada de la Normalidad, una vez que se sobrepasa al Espectáculo y su lógica, y en consecuencia, que la autogestión irrumpe como posibilidad real para las multitudes).

Pero para que este accionar sea realmente invisible (lo cual además es necesario para evitar la represión que acarrea) y al mismo tiempo productivo, debe sostenerse en una situación de avance general del movimiento de multitudes, de tal forma que pueda quedar ocultado por su masividad.

Una acción de sabotaje o de expropación-incautación-saqueo, la ocupación de un establecimiento con puesta en marcha autogestiva de maquinaria e insumos, la aplicación de la justicia popular hacia ciertos individuos, el desconocimiento total de la autoridad y el establecimiento de un poder paralelo, el ataque físico al sistema y sus agentes y símbolos, etc. solo tienen un sentido completo en el marco de una oleada de multitudes: huelga general, ocupación de establecimientos, combates callejeros generalizados o situaciones similares. En cualquier otro contexto tienden a ser contraproducentes, ya que, por un lado, entregan a sus realizadores a los verdugos del sistema, y por otro, contribuyen a un avance represivo sobre todo el movimiento, inclusive sus secciones más moderadas y orientadas a la lucha reivindicativa.

Hasta las acciones más moderadas, como la simple huelga/ocupación/bloqueo/piquete (que se dan a diario en contextos de pasividad social), al volverse invisibles por el avance general del movimiento tienden a generalizarse y radicalizarse, inclusive para aquellos sectores sin tradición ni experiencia de lucha. De hecho, no es tan infrecuente la irrupción de movimientos masivos de esos sectores, muchas veces formados por individuos moderados, reformistas y hasta sin interés político, obviamente desorganizados, que se suman a la lucha una vez que el gran ojo del Espectáculo ha quedado cegado por la masividad desbordante del movimiento en ascenso. Todo se vuelve entonces espontáneo y adquiere un impulso imposible de frenar, ni siquiera por sus propios cuadros y referentes.

Pero el accionar radical, si se da en escala masiva, requiere a su vez de organización para poder ser duradero y efectivo. De esta forma, es necesario que el movimiento radicalizado se dote de órganos transitorios e invisibles de lucha: asambleas de base y consejos de delegados, que unifiquen y coordinen todas las acciones. Aunque esto obviamente tiene a su vez su riesgo, que es la "visibilización" del movimiento, y su consiguiente moderación (con el objetivo de ganarse el apoyo del resto de la sociedad e inclusive de convencer a la tendencia moderada del propio movimiento, que una vez que comienza a plantearse racionalmente su accionar se repliega y enfría, dominada por la lógica interiorizada del sistema que había sido momentáneamente desactivada).

Una vez desatado el accionar radical invisible a lo largo y ancho del movimiento, la reivindicación pierde sentido y se vuelve una formalidad: la única realidad es la negación práctica de la totalidad del sistema y la vivencia de la autogestión socialista ahora mismo. Pierden por lo tanto su sentido todas las otras organizaciones preexistentes, en especial las visibles-permanentes-reivindicativas, lo cual no quiere decir que se disuelvan, sino que quedan relegadas a un segundo plano. Si el movimiento logra conquistar el poder, entonces esas viejas organizaciones de contrapoder popular asambleario pueden ser la base de la nueva organización social, o bien pueden serlo las asambleas insurreccionales y los consejos de delegados, u otros órganos específicos que se creen con tal propósito. En caso de derrota, las viejas organizaciones pueden seguir siendo bastiones de resistencia y acumulación, para la lucha reivindicativa y para preparar un próximo ascenso de multitudes que pueda devenir revolucionario.

jueves, diciembre 21, 2006

Sobre el 19 y 20 de diciembre de 2001

¿Qué fue lo que pasó el 19 y 20 de diciembre de 2001?

«¡El orden reina en Berlín! », proclama triunfante la prensa burguesa (…) «¡El orden reina en Berlín!», ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya «se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto» y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas:

¡Fui, soy y seré!

Rosa Luxemburgo, El orden reina en Berlin, 1919

Hace cinco años, en nuestro país, una revuelta popular sacudía violentamente la normalidad de la vida enajenada y socavaba algunas de sus más básicas condiciones de reproducción.

Existen muchas visiones y versiones sobre estos sucesos.

Desde el enfoque de varios sectores de la clase dominante, ni siquiera habría existido tal revuelta, y se habría dado simplemente una “represión trágica” a una “manifestación” que, junto a la crisis económica, habrían provocado “el fin de un gobierno”, a juzgar por las pequeñas notas publicadas por el diario Clarín y La Nación en ediciones impresa y digital el día de hoy (que curiosamente, coinciden en ambos diarios en recalcar el hecho de la “recuperación económica” y el “crecimiento industrial”, tal vez para intentar borrar en sus lectores el amargo recuerdo de los días en los que el poder enajenado no pudo ya controlar a las multitudes).

Desde el enfoque del sector “progresista” de la clase dominante, habría sido una “movilización popular espontánea que puso en tela de juicio un modelo económico, un sistema político y los paradigmas que habían primado durante tres décadas”, al menos según el diario Página/12 del día de hoy. Pero se cuida también este diario de dejar muy en claro unas cuantas cosas, que desnudan su ideología tibiamente reformista (es decir, esencialmente conservadora, porque es más lo que pretende conservar que lo que aspira a reformar): “La democracia ya es inconcebible como un mero agregado de instituciones armoniosas; recupera su condición de contrato político y social, su status como ejercicio vivo y dinámico de la soberanía popular. Con las elecciones periódicas como eje del sistema y con el conflicto social pacífico y legalmente regulado como alimento imprescindible de su legitimidad” (en oposición a “las ‘minorías intensas’ que pretenden imponer su verdad y su concepto de justicia por sobre la voluntad mayoritaria de la sociedad”).

Coincide en esto Página/12 con los otros medios: más allá de si los sucesos del 19/20 hayan sido reivindicables o no, está claro que de ninguna manera se debe permitir a las multitudes cuestionar al Estado mismo, a las sagradas elecciones –como supuesta expresión de la “voluntad mayoritaria”-, al pacifismo social, a la legalidad, etc., en definitiva, a las reglas de juego que impone el poder enajenado. Las “minorías intensas” seríamos los desacatados que nos negamos a subordinarnos a un sistema que no surge de nosotros mismos sino de una minoría privilegiada…

También sostiene Página/12 en el mismo artículo: “en rigor, los climas revolucionarios nunca duran mucho: terminan porque hay que ‘volver al trabajo’, a las rutinas, a los días grises de la normalidad. Lo que diferencia a los estallidos populares entre sí es el paisaje social que les sobrevive”.

Pero ¿qué quiere decir Página/12 con todo esto? Para este diario, en el mejor de los casos, los “climas revolucionarios” se distinguirían por sus consecuencias prácticas, con lo cual la praxis revolucionaria concreta no existiría. Para Página/12 probablemente carezcan de valor la formación de soviets en la Rusia de 1905 y 1917, las colectivizaciones de la Guerra Civil española de 1936, la ocupación de fábricas y facultades del mayo francés de 1968 y la negación práctica de la enajenación que conlleva cada una de ellas. Seguramente resaltará de ellas únicamente sus consecuencias: el estalinismo, el triunfo del franquismo y la restauración de la legalidad francesa. De esta manera se ahorra la molestia de tener que reconocer la existencia de toda una historia revolucionaria, paralela y contraria a la historia de la dominación, de sus aparatos y sus caudillos (reconociéndola a lo sumo como puntos de inflexión disconexos y vacíos de su contenido real). Muy felices están los intelectuales reformistas estilo Página/12 de todo el mundo, sabiendo que tarde o temprano la turba iracunda volverá al trabajo y a los días grises de la normalidad, es decir, a la rutina enajenada de la sociedad enajenada, porque saben que de esa manera podrán mantener sus privilegios de eternos profetas de la transformación “gradual y pacífica”, de guionistas del espectáculo social, y mejor aún, de empresarios y políticos que son muchos de ellos. Ni siquiera hace falta mencionar que igualmente feliz está también todo el resto de la clase dominante, a la que le hacen el favor de alejar esas ideas “alegremente subversivas” de millones de cabezas.

Pero estas no son todas las versiones. Podemos encontrar fácilmente en miles de volantes y prensas, la caracterización de los hechos que realiza el ala izquierda de la política enajenada, formada principalmente por partidos pos-bolcheviques. Este enfoque varía según el grupo en cuestión, pero en general, coincide en considerar al “estallido” como una especie de 1905 ruso, es decir, como un movimiento revolucionario o pre-revolucionario más o menos espontáneo, llevado a cabo por una masa de “trabajadores” incapaz de dirigirse a sí misma, que por lo tanto requeriría de un Partido que la guíe a la victoria.

Además de ser esta la única medicación que conoce la izquierda enajenada para todas las enfermedades, resulta visiblemente falaz, y a la vez esconde su concepción completamente alienada de la dinámica social, del movimiento de multitudes y de los procesos revolucionarios.

Ante el indiscutible argumento de que, de hecho, participaron decenas de partidos pos-bolcheviques de todas las tendencias (pos-trotskistas, pos-estalinistas, pos-maoístas, etc.) en el movimiento asambleario de diciembre de 2001, ellos suelen responder que los partidos existentes, o bien no eran “lo suficientemente grandes”, o bien no poseían “la línea acertada”, o bien acusan cada uno a los otros de sabotear su accionar dirigente, o peor aun, responsabilizan por el “fracaso” al “prejuicio antipartidario y macartista” de las “masas” que no se quisieron dejar guiar por la vanguardia…

Los cuatro argumentos son de por sí ridículos. Empezando por el primero de ellos, y aún sin cuestionar la lógica enajenada que le subyace, se lo puede refutar fácilmente: es cierto que los partidos pos-bolcheviques fueron muy minoritarios en las asambleas populares (y en general lo son también en todos los ámbitos, excepto tal vez entre los circulos militantes), pero lo que jamás se detendrán a analizar es que este problema no es gratuito, sino que se debe a una razón muy profunda, que es el total desprecio que sienten las multitudes por esos grupúsculos proféticos alienados, autistas, anacrónicos, dogmáticos, soberbios, sectarios y burocráticos, y que no proviene del "macartismo", de la indiferencia ni de los "prejuicios pequeñoburgueses", sino simplemente de la imposibilidad humana de tolerar la terquedad de sus sermones, la arrogancia de sus intentos de copar todo desde arriba, el infantilismo de sus peleas internas, la turbiedad de sus maniobras, etc. ¿Qué clase de “partido de masas” esperan construir en esas condiciones?. El tercer argumento no necesita ni siquiera una respuesta, por la poca seriedad y la mucha inmadurez de su contenido.

Pero ahora sí, para responder a los cuatro argumentos de conjunto, y analizar en profundidad la lógica enajenada que posee dicha izquierda en todos sus aspectos, es necesario dar una última versión y visión de los sucesos, que es en este caso la del autor de esta nota.

El movimiento popular iniciado en diciembre de 2001, que fue progresivamente entrando en reflujo a lo largo del año siguiente hasta prácticamente desaparecer, fue muy complejo y heterogéneo, y ninguna caracterización de una carilla lo puede explicar en profundidad. A grandes rasgos, se podría decir que tuvo sus antecedentes en las luchas sociales de las dos décadas posteriores la dictadura militar, en especial en las del movimiento piquetero surgido a mediados de los noventa. Sus desencadenantes fueron: el corralito bancario impuesto por el gobierno aliancista y su ministro Cavallo, los saqueos provocados por la desesperación popular –aunque iniciados probablemente por alguna fracción del Partido Justicialista, pese a que después se le fuera de las manos-, y finalmente el Estado de Sitio impuesto por el gobierno en respuesta a todo lo anterior. Los primeros en salir a la calle la noche del 19 fueron los ahorristas perjudicados, pero se le sumaron rápidamente decenas de miles, tal vez inclusive cientos de miles de personas de todas las edades, en especial de clase media, cantando “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!”. Comenzaron los enfrentamientos con las fuerzas represivas, que se prolongaron todo el día siguiente y se repitieron por algunas semanas. Esa misma noche renunció Cavallo, y en la tarde del 20 lo hizo también el presidente De la Rúa. A los combates callejeros se sumó el movimiento piquetero de las barriadas pobres, junto a cientos de jóvenes de todas las clases. Se formaron rápidamente Asambleas Populares en todo el país, especialmente en los barrios de clase media y media alta, mientras que en las barriadas populares crecían vertiginosamente las distintas agrupaciones piqueteras (muchas de ellas también asamblearias). Ambas alas del movimiento se sentían unidas y lo manifestaban con la consigna ¡Piquete y cacerola, la lucha es una sola! Luego de las jornadas del 19 y 20, el movimiento persistió multitudinariamente hasta la designación del presidente Eduardo Duhalde, previa designación y renuncia de los presidentes Puerta, Rodríguez Saa y Camaño. Sus consignas eran principalmente la renuncia de la corte suprema y la devolución de los ahorros, pero subyacían motivaciones mucho más profundas. Luego de la designación de Duhalde, las Asambleas Populares comenzaron a retroceder, mientras que siguieron firmes las agrupaciones piqueteras, teniendo estas su pico de convocatoria el 26 de junio de 2002, en el corte al Puente Pueyrredon que fue reprimido con balas de plomo.

Como se puede observar, la composición del movimiento real y concreto de diciembre 2001-primera mitad de 2002 era muy heterogénea, tanto en clases sociales como en edades, ideologías, experiencias militantes, etc. Era este el sujeto de la revuelta popular, y no la masa amorfa de “trabajadores” que pretende la izquierda enajenada, categoría ideal que le sirve para despojar de subjetividad a las multitudes y ponerse a la cabeza de ellas.

Tanto las Asambleas Populares como las agrupaciones piqueteras asamblearias (como los M.T.D., etc.) significaban en la práctica (y llevaban al mismo tiempo como ideología) una negación de la escisión que realiza el sistema entre intelectuales dirigentes (sujeto) y masa dirigida (objeto), y que la izquierda enajenada reproduce sin el menor cuestionamiento, bajo el esquema “profesionales revolucionarios organizados en Partido – masas subordinadas al Partido directamente o a través de los sindicatos, soviets y demás organizaciones dirigidas por el Partido”. El movimiento asambleario por lo tanto se escapaba completamente a los modelos prefabricados de esa izquierda, y era incompatible desde su esencia con ella.

El movimiento de multitudes como sujeto de su propio pensar-accionar colectivo, con el pleno protagonismo de las bases humanas en las que se sustenta, a través de la organización asamblearia y federalista, sin enajenar el poder de dirección de sí mismo, es en sí (y sin necesidad de ningún ente externo) la realización revolucionaria en la práctica. La autogestión generalizada como horizonte de la revolución social, no es más que la expansión de ese movimiento hasta englobar a toda la sociedad, disolver el aparato de dominación y abolir la estructura social de clases.

Para la izquierda enajenada, lo único revolucionario de las jornadas del 19 y 20 fue la movilización masiva y la ruptura con las expresiones políticas de la burguesía que significó. Para llegar más lejos hubiera sido necesario, según ésta, que el movimiento abandonara esas infantiles-anarquizantes-pequeñoburguesas-macartistas ideas de democracia directa y los prejuicios antipartidarios, para recibir con los brazos abiertos a su vanguardia consciente, que sin ninguna duda lo hubiera llevado por El Correcto Camino (en oposición a todos los demás).

Sin necesidad de aclarar que, de haber existido el tal Partido Revolucionario de masas (imposible por lo descrito anteriormente) y de haber guiado efectivamente al pueblo a la insurrección armada y la toma del poder (también imposible, porque ese “pueblo” estaba muy lejos de querer tomar las armas y de iniciar una guerra prolongada y sin un fin certero, y además carecía de la experiencia, de la organización, de la confianza en sí mismo y de la radicalización práctica e ideológica necesarias para enfrentar tamaña tarea), la consecuencia hubiera sido una dictadura de ese Partido sobre el pueblo, que rápidamente se hubiera vuelto totalitaria, repitiendo la historia de las detenciones y asesinatos de revolucionarios, las represiones a comunas populares, el partido único y sin tendencias, los gulags y finalmente el estalinismo y la contrarrevolución internacional.

Pero a todo esto cabe preguntarse ¿podría realmente el movimiento de diciembre de 2001 haber llegado más lejos de donde llegó, en las condiciones concretas en que se produjo? ¿Podría haberse evitado el reflujo y constituido un factor de contrapoder permanente? ¿Podría haber construido organizaciones estables? ¿Podría haberse radicalizado en la práctica y en la ideología, a tal punto de volverse partidario de su propia expansión a toda la sociedad, unificando a todos los sectores en lucha en un frente compacto, por fuera y en contra de las instituciones del sistema, y movilizando a los que todavía no lo hubieran hecho?

Estas preguntas son muy difíciles de contestar, excepto obviamente para la izquierda enajenada y su elixir partidario, que ya conoce de antemano la respuesta a todos los interrogantes que un ser humano se pueda formular. Se pueden extraer en cambio algunas conclusiones, cuestionables como todo, que puedan contribuir a que los próximos movimientos surjan en mejores condiciones y lleven todavía más lejos su potencial.

Entre ellas está la importancia de formar algunos núcleos permanentes y organizados de militantes (o sea, que sobrevivan a cualquier posible reflujo del movimiento de multitudes y a las circunstancias adversas en general) que, siendo una parte más del movimiento de multitudes (o sea, sin sustituirlo en su centralidad y subjetividad, ni quitarle protagonismo a las bases, ni subordinarlas, ni proclamarse su “vanguardia consciente” ni arrogarse derechos especiales) pueda contribuir con su accionar organizado a superar las falencias del movimiento (aunque obviamente no podría hacer milagros y llevarlo más allá de sus posibilidades reales), bajo la firme creencia de que la emancipación de las multitudes será obra de las multitudes mismas.

Este accionar consistiría en la intervención militante (con respeto, humildad, paciencia, dedicación, diálogo y yendo al ritmo del más lento) en todos los frentes de lucha, contribuyendo (es decir, junto al resto del movimiento, y no por encima suyo) a la creación de contrapoder, a su expansión, consolidación y radicalización (tanto práctica como ideológica), a la unión y coordinación de todos los focos existentes, al estudio y difusión de la experiencia histórica acumulada, al análisis y explicación de los mecanismos de dominación del sistema, entre otras tareas similares, que por supuesto no serían infalibles.

Estos núcleos serían por lo tanto organizaciones específicas, en tanto su objetivo específico sería la proyección (a partir de la contribución a su desarrollo, y a su surgimiento cuando directamente no existiera) del movimiento real de las multitudes hasta alcanzar la autogestión generalizada de la sociedad. Por lo tanto, deberían estar formados exclusivamente por partidarios firmes y convencidos de la auto-emancipación. Sus tareas de contribución se diferenciarían diametralmente de las tareas de dirección que sostiene como necesarias la teoría bolchevique, en que las primeras apuntarían al desarrollo del movimiento como sujeto, mientras que las segundas pretenden su subordinación como objeto.

A diferencia del bolchevismo y su Partido Revolucionario, las organizaciones específicas no necesitan imponerse una sobre las otras para imponer “la línea correcta”, en primer lugar porque no existe tal cosa, y en segundo lugar, porque su objetivo es mucho más humilde, y se puede llegar a él con mucha más facilidad colaborando mutuamente que atacándose entre sí. En este sentido, resulta siempre muy productiva la coordinación de todas las organizaciones específicas, y de ser posible (y conveniente en la coyuntura en particular) su federación y hasta su fusión en una sola gran organización que pueda dar toda su fuerza al movimiento de multitudes.


Alegre Subversión, 20 de diciembre de 2006 (http://alegresubversion.blogspot.com/)

miércoles, julio 19, 2006

La revolución será una fiesta o no será

Copio y pego el último párrafo del folleto subversivo Sobre la miseria en el medio estudiantil de la Internacional Situacionista:

"La historia moderna no puede ser liberada y sus innumerables adquisiciones libremente utilizadas más que por las fuerzas que ella rechaza: los trabajadores sin poder sobre las condiciones, sentido y producto de sus actividades. Así como en el siglo XIX el proletariado era ya el heredero de la filosofía, se ha convertido, además, en el heredero del arte moderno y de la primera critica consciente de la vida cotidiana. No puede suprimirse sin realizar, a la vez, arte y filosofía. Transformar el mundo y cambiar la vida son para él una sola y única cosa, el santo y seña inseparable que acompañará su supresión en tanto que clase, la disolución de la sociedad presente en tanto que reino de la necesidad, y finalmente la ascensión posible al reino de la libertad. La crítica radical y la reconstrucción libre de todas las conductas y valores impuestos por la realidad alienada son su programa máximo, y la creatividad liberada en la construcción de todos los momentos y acontecimientos de la vida es la única poesía que podrá reconocer, la poesía hecha por todos, el comienzo de la fiesta revolucionaria. Las revoluciones proletarias serán fiestas o no serán, pues la misma vida que anuncian será creada bajo el signo de la fiesta. El juego es la racionalidad última de esta fiesta, vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin trabas son las únicas reglas que podrá reconocer."