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lunes, agosto 13, 2007

Una breve mirada sobre la Argentina de los setenta

Siguiendo firmemente con la línea de batalla ideológica que este blog se planteó, este artículo busca contribuir a la caída de ciertos mitos imperantes en el discurso público y en el punto de vista que lo sustenta (tanto en la dirigencia mediática-política-intelectual-sindical-etc. como en las personas comunes y corrientes que nos cruzamos todos los días), respecto a la década del setenta en la Argentina.

Para ello, necesariamente hay que intentar derribar también a otros mitos previos, que van formando los peldaños que llevan finalmente a los actuales y que serán también punto de partida para los futuros.

En primer lugar, para hablar de la Argentina de los setenta, es fundamental tratar de explicar qué es el fenómeno conocido como “peronismo”, especialmente teniendo en cuenta la siguiente afirmación “en los setenta, la clase obrera argentina era peronista”.

Si uno toma ese enunciado esquemáticamente partiendo de los supuestos ideológicos burgueses, no se explica cómo es posible que, una vez vuelto Perón al poder, los conflictos de clase continuaran y se intensificaran, ni mucho menos, por qué la burguesía solía manifestar tanta angustia con respecto a los “grupos subversivos” y “guerrilleros”, durante el gobierno de Perón y aun después de su muerte, cuando supuestamente la clase obrera ya estaba “inmunizada” contra la “doctrina comunista”.

El primero mito a desmontar en este caso es el de las “doctrinas”, “ideologías”, etc. La burguesía supone que los individuos actúan motivados por sistemas cerrados de ideas, que cada uno de esos sistemas es incompatible con los demás, y que no hay nada por fuera de la propaganda o del razonamiento al estilo cartesiano que permita cambiar un sistema cerrado de ideas por otro. Sin embargo, como “el hombre” tendría una “naturaleza”, y esa naturaleza sería la capitalista, entonces “el hombre” sería proclive a las ideologías/doctrinas capitalistas, elección que sería más fácil de tomar si la “educación” lograra erradicar la “ignorancia” de las personas y su “oposición al progreso”. Esta forma de ver las motivaciones individuales fue desarrollada por la burguesía cuando ya era fuerte en el terreno económico y comenzaba a fortalecer teóricamente lo que hasta el momento era una visión del mundo débil y desorganizada. Esta cosmovisión, que recibió el nombre de liberalismo, iluminismo, individualismo y más adelante positivismo, la ayudó a ganarse el apoyo de las multitudes y gracias a ello, a conquistar el poder político, desde el cual consiguió difundir y naturalizar estas teorías en la mentalidad de las masas.

El mito no solo demuestra el profundo desconocimiento que los seres humanos todavía tenemos sobre nosotros mismos, sino especialmente, la enorme ignorancia que posee la burguesía, y que debe alimentar constantemente para maquillar las grandes mentiras en las que se funda su existencia como clase dominante.

La burguesía, para mantener su dominación, debe desconocer voluntaria o involuntariamente la existencia de una contradicción entre los intereses de las clases sociales, y más aun, el hecho de que esa contradicción puede llevar a una confrontación y hasta a una guerra abierta y total.

Por esa razón, aquello que los revolucionarios describimos como una forma de conciencia asociada a la lucha de clases (el comunismo), la burguesía lo define como una “doctrina” o “ideología” en el sentido explicado anteriormente. Lo que para nosotros emana de una contradicción social insalvable, para la burguesía surgía desde Moscú y ahora lo hace desde los grupos nostálgicos. Para nosotros, la revolución rusa fue uno de los tantos productos de la lucha de clases, que también generan en algunos casos una forma de conciencia comunista. Mientras que para la burguesía, la revolución rusa fue el producto de la “propaganda” de la “doctrina comunista” y la mayor causa de su difusión en el mundo. Para nosotros, la degeneración burocrática de la URSS no es producto del triunfo del polo proletario de la revolución social, sino de su polo opuesto (la burocracia), cuya forma de conciencia más estable no es por lo tanto el comunismo sino el estalinismo convertido en “doctrina comunista” por su naturaleza contrarrevolucionaria. En eso, la burguesía y la burocracia concuerdan: la “doctrina comunista” es un invento de Stalin, pero lo que no quieren reconocer es que esa “doctrina” es totalmente opuesta a la forma de conciencia comunista asociada al polo proletario de la lucha de clases, porque de hecho, creen que la última no existe y que es una manifestación de la anterior.

Sin embargo, no todas las formas de conciencia asociadas al polo proletario de la lucha de clases son comunistas. La historia ha dado a conocer varias otras: el anarquismo, la socialdemocracia… e inclusive el mismo peronismo.

He aquí la gran paradoja, que la burguesía jamás podrá identificar: esa clase obrera peronista, no poseía la “doctrina peronista” más que superficialmente, mientras que sus acciones reales se veían motivadas por la lucha de clases y por la forma conciencia asociada a ella, que se desarrollaba subrepticiamente bajo esa ambigua etiqueta de “peronista”.

Por esta razón, no solo la burguesía sino inclusive el mismo general Perón, temía enormemente a esta clase obrera “peronista”, a tal punto que la encorsetaba en sindicatos verticalistas y controlados por el Estado, le “dejaba darse el gusto” con obras sociales para que no intentara buscarlas por su cuenta con la lucha autónoma, etc. Cuando ante el golpe burgués gorila del ’55, los obreros “peronistas” salieron a la calle pidiendo armas para resistir, el general Perón y la burocracia sindical se las negaron, porque sabían perfectamente que el proletariado en armas es el primer paso hacia la destrucción del Estado burgués y de la sociedad de clases en su totalidad.

Es en este contexto en el que debe entenderse la situación en la Argentina de los años setenta. El segundo gran eje para analizar es el de las organizaciones armadas o “guerrilleras”.

Para la burguesía, un “guerrillero izquierdista” es un “comunista” armado. Para los revolucionarios, un “guerrillero izquierdista” puede ser cualquier cosa, pero en todos los casos, es producto de una situación particular de la lucha de clases y está inmersa en ella, teniendo consecuencias.

De cualquier manera, en la Argentina de los setenta no había simples “guerrilleros izquierdistas”, sino, sobre todo, personas que militaban activamente en los ámbitos proletarios y estudiantiles, y que como forma adicional de esa militancia, tomaban las armas, asignándoles mayor o menor importancia estratégica según el caso.
Para la burguesía, los Montoneros eran un grupo de “comunistas” disfrazados de “peronistas” que planeaban imponer el terror en la Argentina mediante la lucha armada. Desde este mismo punto de vista, las organizaciones guevaristas serían lo mismo solo que sin disfraz. Para liberar a la “Nación” de este reino del terror, era necesario exterminar a la “amenaza subversiva” eliminando a los “terroristas” y a sus colaboradores de superficie, cosa que solo lograron en el ’76, cuando se produjo el “vacío de poder y la anarquía” que habrían dejado la muerte de Perón y el gobierno de Isabel.

Sin embargo, sobre esto último se pueden señalar muchísimas cosas. En primer lugar, que las tendencias montoneras y guevaristas que militaban dentro del proletariado y del campo popular, fueron siempre, aún durante el gobierno de Perón, una fuente de radicalización respecto a la situación política, ya que aportaban con esa militancia y con su forma de conciencia una inyección de vitalidad a la confrontación entre clases distorsionada por las ilusiones. Por esta razón, la eliminación de estos grupos era una tarea fundamental para el propio Perón, que creó a través de López Rega los grupos de choque reaccionarios conocidos como “Alianza Anticomunista Argentina”.

Pero, especialmente, que con la muerte de Perón, aquello que constituía el sustento principal de la adhesión proletaria a las estructuras del movimiento “justicialista” se desmoronó, dando lugar de esta forma, como pocas veces había ocurrido en medio siglo, a un accionar fuertemente autónomo, que lo enfrentó contra el propio gobierno pos-peronista de Isabel, en la huelga de masas de 1975 desencadenada contra las medidas económicas liberalizantes del gobierno (“rodrigazo”). Si bien el proletariado no consiguió con esto liberarse de la burocracia sindical peronista, si provocó dos consecuencias: por un lado, la caída del ministro de economía y de López Rega, por otro lado, el pánico de la burguesía, que comenzó a sentirse realmente amenazada.

La huelga general del ’75 abrió una situación sin precedentes. La lucha de clases había perdido sus principales obstáculos, y las organizaciones montoneras y guevaristas se volvieron entonces, POTENCIALMENTE (ya que no efectivamente), en una amenaza mucho mayor: eran los únicos núcleos sólidos e impecables dentro del proletariado, y que le ofrecían a este una orientación política prácticamente sin contrapesos. Y si bien esta línea era mucho más clara en el PRT-ERP guevarista, los Montoneros poseían una organización muchísimo mayor, y todavía estaba fresco en las personas el recuerdo de las movilizaciones en las que llegaron a nuclear a alrededor de un millón de personas y su enorme influencia sobre el proletariado y el movimiento popular en la agitación pro-camporista.

De esta forma, a la burguesía se le planteaba una cuestión de vida o muerte: debía exterminar a todos los elementos radicalizados del movimiento proletario y popular, y especialmente a sus núcleos organizados.

Por esta razón, la dictadura del ’76 no fue contra “los terroristas” que practicaban la lucha armada: una enorme cantidad de detenidos-desaparecidos no había participado en ella. Pero aun los que lo hicieron, no fueron asesinados por las supuestas “bombas contra inocentes”, como pretenden los dinosaurios que (a diferencia de otros que quieren pero no se atreven) siguen reivindicando el golpe de Estado. Esto no hubiese requerido de la implementación sistemática del método del secuestro clandestino, tortura, asesinato y desaparición del cadáver, aplicado indiscriminadamente contra todo aquel que simpatizara con ideas “de izquierda” o que participara de la lucha de clases.

El terrorismo de Estado fue, al igual que con los fascismos europeos, la respuesta de una burguesía aterrorizada ante la disolución de todo lo que garantiza su dominación de clase.

martes, agosto 07, 2007

Sobre la supuesta “posmodernidad”

1) La sociedad en la que vivimos es una sociedad de clases, dominada por la burguesía. Todos los aspectos de la vida social están teñidos por esa dominación, nada está ni puede estar aislado ni por encima de las modernas relaciones de clases, del modo de producción y circulación.

2) La dominación burguesa no está enemistada solamente con los trabajadores asalariados a los que explota y con los desocupados a los que excluye y sumerge en la miseria, sino también con la especie humana y con los seres vivos en su totalidad. Las guerras que provoca, la depredación y contaminación del medio ambiente son tal vez las razones más obvias y generales para derrocarla, pero no son las únicas. El desarrollo de la burguesía y de las formas de producción-circulación a las que está asociada lleva cada vez más a la degradación de muchos aspectos de la vida, en especial de los lúdico-creativos, es decir, aquellos ligados a la sencilla búsqueda del placer, de la felicidad, de la satisfacción. Hoy en día todas esas palabras se asocian con banalidades: ese es justamente el producto de la dominación burguesa. La exploración de formas de vida, de relacionarse con las personas y de divertirse, la filosofía y el arte, entre otras, quedaron sepultadas por el reino de la mercancía, que para todas las necesidades ofrece pseudo soluciones prefabricadas que cada vez satisfacen menos. “El valor de cambio desplaza cada vez más al valor de uso, la cantidad a la calidad”, decían los situacionistas. A las largas jornadas laborales, bajos salarios, desempleo, guerras y contaminación se le agregan también el aburrimiento crónico, la repetición mecánica de actitudes y gestos, el vaciamiento de todo posible contenido profundo de la vida.

3) Aunque todos los sectores sociales tienen sobradas razones para derrocar a la dominación de la burguesía, el único que puede encabezar ese proceso es el proletariado, porque es el único que tiende a enfrentarse cotidianamente con la burguesía en sus lugares de trabajo, a unificarse alrededor de un interés común, gracias a su concentración, a su necesidad de vender regularmente su fuerza de trabajo, etc.

Esto además ha sido demostrado por la historia: las mayores sacudidas que sufrió la sociedad de clases fueron encabezadas por el proletariado. Inclusive este ha llegado, en la Rusia de 1917, a derrotar al aparato estatal burgués y ensayar, aunque en condiciones muy adversas, la transición al socialismo, que fue rápidamente abortada.

Es cierto que en ese y muchos otros casos también jugaron un rol importante los campesinos, pero en aquellos en los que el proletariado no estuvo al frente de ellos, su energía revolucionaria fue absorbida por los nacionalismos burgueses, o dispersada y derrotada, o usada como trampolín para la formación directa de una capa burocrática.

En el proletariado, por lo tanto, se concentran todos los intereses revolucionarios de la sociedad. Todas las medidas que la burguesía no quiere/puede tomar, todos los aspectos de la vida que se ven oprimidos por su dominación, se vuelven banderas revolucionarias que sólo pueden encontrar su realización en manos del proletariado. Toda subversión al orden establecido debe por lo tanto buscar su curso hacia el proletariado o ser derrotada en el aislamiento.

4) Pero ¿qué es exactamente el proletariado? Este es un tema que siempre generó y sigue generando debates. Se perfilan generalmente dos criterios: el llamado "clase en sí" y el de "clase para sí". "Clase en sí" es el proletariado definido según las relaciones de producción-circulación en las que está inserto, y según el modo de vida que lleva a cabo cotidianamente. "Clase para sí" es el proletariado como movimiento, su práctica política, su existencia como fuerza social contraria a la burguesía.

Un criterio puro de "clase en sí" genera infinitas controversias: ¿son proletarios el policía y el supervisor que vigilan y reprimen a los trabajadores? ¿es proletario un ingeniero con elevado salario, status social y formación universitaria? Al mismo tiempo, un criterio puro de "clase para sí" requiere aunque sea de un mínimo esbozo de la "clase en sí" que unifique una diversidad de expresiones políticas heterogéneas.

No tiene sentido por lo tanto buscar una definición exacta y precisa de "proletariado" cuyos límites sean claramente observables, porque no existe tal cosa. Sin embargo, es evidente que existen miles de millones de personas desposeídas de todo poder sobre sus propias vidas y que se ven oprimidas por la dominación burguesa, y que en muchos casos son llevadas por ella a luchar de forma velada o abierta, dispersa o unificada, confusa o clara, caótica u organizada, para poder mejorar sus condiciones de vida. Se necesitará entonces un concepto abstracto de proletariado que permita analizar la realidad social. En última instancia, se puede afirmar tentativamente que "proletariado", como criterio de análisis de la clase "en sí", es todo lo que no sea claramente burguesía y que no juegue para ella (o sea, que no reprima, vigile, despida, etc.), que no posea medios de producción-circulación y que no tenga una posición social acomodada, en especial en cuanto a su status cultural, y que tendrá especial sentido cuando se exprese políticamente en movimientos antagónicos, especialmente si estos rechazan la dominación burguesa y se sienten a sí mismos continuadores de la experiencia histórica revolucionaria del proletariado.

5) Como ya se mencionó en otros artículos, la segunda guerra mundial (1939) liquidó a los últimos bastiones del viejo movimiento obrero confrontativo (trotskismo, anarquismo, etc.) y dio pie, junto al surgimiento de la sociedad de consumo-espectáculo y al enorme crecimiento de la mano de obra empleada en el sector de los servicios, a que se comenzara a hablar de una supuesta "desaparición del proletariado", "fin de la lucha de clases", etc. Estas hipótesis fueron rápidamente desmentidas por el surgimiento en todo el mundo de un nuevo movimiento obrero confrontativo, que ya no poseía grandes partidos ni sindicatos, pero que se expresaba de diferentes maneras: a través de asambleas de base, cuerpos de delegados, comisiones internas, comités de acción, agrupaciones de oposición sindical, sindicatos clasistas, coordinadoras fabriles, presionando desde las bases de los sindicatos conciliadores, etc. Este nuevo movimiento, conocido por sus llamadas "huelgas salvajes", ocupaciones de lugares de trabajo, oposición activa a las burocracias sindicales, enfrentamientos habituales con la policía, etc. llegó a uno de sus puntos cúlmines en el mayo francés de 1968.

Ese hecho, que puso de manifiesto que el proletariado no sólo seguía existiendo sino que también seguía siendo capaz de paralizar la sociedad y amenazar a la dominación burguesa, fue por esa razón uno de los más distorsionados y ocultados por ella. Las usinas ideológicas de la burguesía se encargaron entonces de convertir a las ingenuas teorías de desaparición del proletariado en un arma contra el nuevo movimiento obrero confrontativo. El desarrollo de la informática, la caída de la URSS y la globalización generalizaron estas posturas en sus variantes posmodernas, autonomistas, etc., que pese a ser funcionales a la dominación, fueron y siguen siendo tomadas por sectores en lucha como arma contra la propia burguesía, dándole un sentido confrontativo y mucho más corrosivo.

6) Con la caída de la URSS, no cayó la idea de la revolución proletaria, sino el reflujo de ella en manos de una capa social burocrática. No cayó la propiedad común de los medios de producción, sino su administración por parte de la burocracia. No cayó la economía planificada sino la planificación burocrática. La burocratización no fue producto de la propuesta de una economía de abundancia, sino de las condiciones de atraso en las que se llevó a cabo. No fue producto de la extensión mundial de la revolución sino de su derrota y aislamiento. No fue producto del protagonismo creativo de las multitudes sino de su desprecio. No fue producto de la existencia de un partido obrero revolucionario, sino de la concepción errada acerca de él y de su relación con la clase. No cayó la alternativa a la sociedad mercantil, sino el intento de producir mercancías sin propiedad privada, libre mercado y libre contratación-despido. No cayó la revolución internacional del proletariado con sus propios métodos, sino la guerra fría y las carreras armamentísticas al estilo burgués, el fantasma del holocausto nuclear. Cayó, sí, el oscurantismo y aislacionismo, la cortina de hierro y los muros de Berlín, la represión a las libertades más básicas que hasta la propia burguesía permite (no por ser más generosa, sino porque a diferencia de la capa burocrática, ya tiene garantizados jurídicamente sus privilegios, por lo cual no necesita recurrir al terrorismo estatal sino solo cuando se ve realmente amenazada, como demostró con el fascismo y las dictaduras latinoamericanas de los setenta). En última instancia, ni siquiera “cayó” la dominación burocrática: fue, por un lado, derribada por los alemanes segregados y abandonada a su suerte por el proletariado “soviético”, y por otro lado, reconvertida en dominación burguesa-mafiosa por la misma capa burocrática y con el apoyo activo de la burguesía occidental. La restauración china significó exactamente lo mismo. Es muy probable que en un futuro próximo comience una restauración capitalista en Cuba, que además de ser similar a los casos anteriores, debe agregarse el plus de ser una pequeña isla sin recursos naturales y de estar a unos pocos kilómetros de la mayor potencia capitalista mundial.

7) Los estados de bienestar de los países latinoamericanos tampoco “cayeron” sino que fueron desmantelados por las propias burguesías mediante dictaduras militares. Tanto en estos países como en las potencias capitalistas, el trabajo fue continuado en “democracia” por los gobiernos neoliberales, ante un movimiento popular y proletario totalmente desanimado, fragmentado, desorientado Sin embargo, es cierto que en muchos casos la economía estatal se había demostrado ineficiente para producir mercancías: padecía de los mismos vicios burocráticos que la URSS, no contaba con las anteriormente mencionadas tres condiciones para maximizar la producción mercantil (propiedad privada de los medios de producción, libre mercado, libre contratación-despido). De esta forma, la ineficiencia y corrupción burocrática se combina con la falta de medios legales para combatir la (muy poco estudiada y mal comprendida) tendencia del hombre moderno a rechazar el esfuerzo y más aún el esfuerzo alienado: de esta manera, el carácter de las burocracias y del hombre moderno se conjugan en las economías estatales contra la producción mercantil, y al no poder éstas competir contra ella en su propio terreno, y al no quedar este superado por una revolución proletaria, se ven obligadas a abrirle el paso al neoliberalismo, la forma más pura y dura de capitalismo, el reino inmaculado de la mercancía. Sin embargo, éste último le plantea a su vez dos grandes problemas a la misma burguesía: por un lado, la exclusión de la masa de seres humanos que no pueden/quieren aportar a la producción mercantil, y que por lo tanto se vuelven un caldo de cultivo para el crimen, la violencia social y la lucha de clases, por otro lado, el establecimiento de la dominación de los especuladores financieros, que hace peligrar constantemente a las mismas relaciones de producción-circulación capitalistas, como quedó claramente demostrado con el crack de la bolsa de valores estadounidense del ’29, y como está demostrando nuevamente con la crisis del negocio inmobiliario-hipotecario. Por esta razón, las mismas burguesías tienden a aligerar el neoliberalismo con un componente de intervención estatal suave: los “neodesarrollismos”, como gusta de llamarlos la prensa burguesa. Esto, obviamente, bajo presión del movimiento popular y proletario, y con la oposición de las fracciones burguesas más cortoplacistas y por lo tanto autodestructivas.

8) A toda esta ensalada de cambios sociales le corresponde también una ensalada de formas de conciencia de las multitudes. La cosmovisión política de las personas modernas tiende a mezclar de formas más o menos superficiales y obviamente contradictorias fragmentos de diversas ideologías burguesas o funcionales a la burguesía, desde las más actuales hasta las más antiguas (inclusive llegando a abarcar también ideologías alienadas pre-capitalistas de tinte tradicionalista y religioso). Entre estas ideologías mezcladas y hasta "remixadas" se pueden citar: el posmodernismo, el autonomismo-pacifismo-hippismo, el keynesianismo y neodesarrollismo, el liberal-progresismo-iluminismo, el legalismo, el nacionalismo conciliador, etc.

Esta ideología predispone negativamente a las multitudes ante la lucha de clases y las organizaciones que la reivindican. Sin embargo, ante la descomposición de todas las alternativas no revolucionarias al régimen imperante, dichas organizaciones son las únicas en las que sigue existiendo una militancia real y constante, más allá de aquellos grupos que quedaron enganchados a los proyectos neodesarrollistas burgueses y que cada vez se parecen más a una parodia tragicómica y menos a proyectos reales. Por esta razón, la mayoría de las personas que poseen un interés político activo y una visión coherente, seria y profunda sobre la situación, adquieren todo ello en el seno o en la cercanía de esas organizaciones que reivindican la lucha de clases. Aquel que no tenga ningún contacto con ellas, difícilmente vaya a desarrollar algun grado de interés político y menos aún de coherencia y capacidad explicativa. Las paranoias burguesas de que el Partido Obrero y Quebracho están atrás de todos los disturbios de clases, reflejan en el fondo esta misma situación: las únicas agrupaciones presentes masivamente en las calles son las de la lucha de clases, porque todas las otras no tienen los elementos necesarios para explicar la realidad social ni mucho menos de proponer alternativas que resistan el menor análisis. “Política” hoy en día solo puede significar dos cosas: corrupción o revolución.

9) Ya decía Gramsci, en 1920, que la lucha de clases se jugaba además de en las calles, en un terreno hasta el momento descuidado: el de la cosmovisión, la cultura. Para derrocar a la moderna dominación burguesa, sobre todo en los países democráticos, es necesario dar una guerra de trincheras contra su ideología. Lamentablemente, la mayor parte de las organizaciones de la lucha de clases no han seguido su ejemplo, y siguen dedicando la mayor parte de sus prensas a las noticias gremiales y electorales. Los artículos dedicados al análisis histórico y coyuntural, además de ser una minoría, suelen ser bastante superficiales e inconexos. Este blog pretende aportar su granito de arena para superar dicha falencia. Desarrollar una cosmovisión contrahegemónica, revolucionaria, coherente, profunda, seria, reflexiva, crítica y autocrítica, es el horizonte hacia el cual busca avanzar con cada artículo.

miércoles, julio 25, 2007

Sobre las luchas del siglo XXI

Tras la caída del Muro de Berlín, la burguesía se apresuró a decretar el supuesto fin de la historia. El capitalismo de libre mercado supuestamente había triunfado por sobre todas sus alternativas: el malvado comunismo, los nacionalismos estatistas, las utopías anarquizantes.

De esta forma, también había logrado lo que intentaba desde el siglo XVII: demostrar que el ser humano tiene una "esencia" o forma natural de ser, que esa "esencia" es egoísta, que la propiedad privada y el libre mercado son tendencias naturales en él y que ponerles trabas es ir contra la naturaleza humana, que el Estado es una entidad que encarna el bien común y el interés universal evitando fricciones entre individuos iguales, que la corrupción de los políticos es sólo una circunstancia y que es reflejo de la corrupción de las personas, que los pobres son pobres por no esforzarse lo suficiente, que existen ciertos tipos de personas que son esencialmente delincuentes por elegir voluntariamente el camino del mal, que la democracia representativa es la única forma de no caer en las pérfidas dictaduras y tiranías que acaban con la libertad de las personas.

Se volvía entonces indiscutible aquello que siempre fue clarísimo para la burguesía: que cualquier huelga, movilización popular, y ni hablar de disturbios, no eran más que formas de evadir el esfuerzo que tenían los vagos, producto de la agitación maliciosa de los elementos subversivos y de las minorías violentas, en el mejor de los casos acciones de inadaptados que no entendían el nuevo orden mundial y que seguían presos de ideales anacrónicos. Pero por suerte, con el triunfo de la democracia y de la libertad en todo el mundo, esas acciones iban a disminuir, las minorías violentas iban a quedar aisladas y se llegaría a un momento de armonía mundial basada en la aceptación universal de las reglas del juego y la modernización de los subdesarrollados

De esta forma, la burguesía lograba barrer la lucha de clases abajo de la alfombra. No es que exista una contradicción fundamental en la vida social capitalista que lleve a amplias franjas de multitudes a la lucha autónoma contra la burguesía: existen pequeños grupos anacrónicos que provocan desorden. Nada pondría más feliz a la burguesía que que se volviera realidad aquello que dice en sus "medios de comunicación": los disturbios antidemocráticos son responsabilidad del Partido Obrero y de Quebracho, y a veces hasta de servicios de inteligencia infiltrados en las pacíficas marchas. Sin embargo, y muy lamentablemente para la burguesía, la realidad material, la historia, desmienten completamente todas estas versiones.

Ya se ha mencionado en otros artículos que en la misma década de los noventa, comenzó a articularse la nueva resistencia contra los planes de la burguesía. Los zapatistas, los piqueteros, los Sin Tierra de Brasil, los anti-globalización, entre otros, se volvieron los polos alrededor de los cuales se comenzaron a agrupar los diferentes destacamentos de lucha, entre ellos inclusive los restos combativos de un movimiento obrero diezmado, los partidos y agrupaciones revolucionarias sobrevivientes (bolcheviques, anarquistas, etc.), los nuevos teóricos anti-neoliberales (autonomistas, posmodernos, neokeynesianos, etc.), los llamados "movimientos sociales" (ecologistas, feministas, etc.), entre otros.

Sin embargo, fue el comienzo del siglo XXI el que comenzó a poner más seriamente en tela de juicio las ridículas pretensiones de la burguesía que creía haber liquidado la historia.

El tercer milenio saludó a la humanidad con una serie de acontecimientos bastante reveladores: por un lado, el atentado a las torres gemelas, que sacó a la luz la compleja disputa existente entre la burguesía estadounidense y un sector muy importante del mundo islámico, que agravó la crisis económica yanqui y mundial, y que dio inicio a una nueva ofensiva bélica sobre medio oriente y a un aumento del despliegue militar sobre todo el mundo (bajo el eufemismo de la "guerra contra el terrorismo"); por otro lado, la revuelta popular argentina de diciembre de 2001, que abrió el paso a una serie de levantamientos similares en toda América Latina.

Otros tres rasgos más pueden ser señalados como característicos de este comienzo de siglo: el cambio climático, la crisis energética y el nuevo marco de competencia, colaboración y disputas hegemónicas entre las burguesías de los diferentes países (especialmente de EEUU, Rusia, China, Europa, Japón, Venezuela, Brasil, la India, etc., junto a las ya mencionadas del mundo islámico –de especial importancia por su posesión de grandes reservas de petróleo y gas-).

Todos estos elementos contribuyeron a agravar la crisis económica, política y social que atravesaban los países latinoamericanos, echando por tierra definitivamente las ilusiones neoliberales que pudieran haber existido.

Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela, México y Perú fueron sacudidos por levantamientos de multitudes, que en varios casos derribaron a uno o más gobiernos o al menos pretendieron hacerlo, o en el caso venezolano, defendieron a un gobierno que consideraban progresivo frente a los intentos golpistas de algunas fracciones de la burguesía. En Chile se produjo un movimiento con eje en el estudiantado que movilizó a más de un millón de personas, con huelgas, tomas de colegio y de universidades, etc. En casi todos los países se registraron fuertes huelgas. Tres actores sociales estuvieron fuertemente presentes en muchas de ellas: los docentes, los campesinos (muchos de ellos identificados como originarios) y los mineros y petroleros.

Inclusive los países centrales fueron alcanzados por esta nueva oleada mundial: en Francia, los levantamientos de los suburbios y luego la masiva lucha contra la precarización laboral, en Estados Unidos la huelga general de los trabajadores latinos.

Esta es la forma en que la lucha de clases golpea a las puertas del paraíso burgués para recordarle su inevadible existencia. Pero este recuento genérico y por encima de algunos grandes acontecimientos, no incluyó hasta ahora lo más importante de ellos: sus características cualitativas.

En Argentina, las asambleas populares (barriales y piqueteras) lograron reunir a una amplia gama de sectores populares en una lucha unificada, superando las barreras sectoriales, corporativas, orgánicas, laborales, etc. Lo mismo ocurrió, y tal vez en un nivel superior, en Oaxaca (con la APPO –Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca-), con los cabildos abiertos en Bolivia, etc.

Estas nuevas organizaciones unificadas reunían no ya al activismo de siempre, sino a amplias franjas de la población, que en ellas encontraban por primera vez un espacio de expresión y de lucha autónoma, por fuera de los aparatos políticos y sindicales dominados por la burguesía y sus agentes. En algunas de ellas se ensayó también el asambleismo de base, con un fuerte protagonismo de todos en la toma de decisiones, sin subordinarse a tal o cual dirigente u organización separada, basándose únicamente en la fuerza anónima de la multitud movilizada.

En Oaxaca, la APPO avanzó en la ocupación de algunos de los llamados "medios de comunicación", logrando un doble objetivo: por un lado, sabotear su cotidiana transmisión de cosmovisión burguesa, y por otro lado, convertirlos en una herramienta al servicio de la difusión de la lucha y de la cosmovisión popular autónoma.

En Argentina, en Venezuela y otros países, varias empresas fueron ocupadas y puestas a producir por sus trabajadores, rompiendo de esa manera en los hechos con la lógica de la propiedad privada y desafiando abiertamente a la legalidad burguesa.

En Bolivia, asambleas populares masivas aplaudieron a los oradores que comentaban la necesidad de la toma del poder y de la formación de un gobierno de las organizaciones obreras, campesinas y populares. Pero esto no solo se quedó en palabras: desde la ciudad de El Alto, considerada como el cuartel general de la revolución boliviana, la Federación de Juntas Vecinales organizó movilizaciones para ocupar y clausurar el parlamento, preparando la autodefensa para la posibilidad de un choque con las fuerzas represivas.

En todos lados, el movimiento popular levantó barricadas y se enfrentó con todo lo que tenía a mano contra la policía y el ejército, desafiando de esa manera a la base misma del Estado burgués.

Cada vez más, las multitudes comprenden que no pueden confiar más que en sus propias fuerzas, y que ninguna mejora sustancial puede venir de la mano de la democracia burguesa ni mucho menos de su falsa alternativa, las dictaduras militares. De profundizarse esta tendencia, podrían llegar a comprender que aún la más mínima mejora en sus condiciones de vida requiere la destrucción de aparato estatal de la burguesía y la formación un gobierno de facto de las asambleas populares. Este proceso depende también en gran parte de que los que ya lo comprendieron se organicen en una agrupación capaz de intervenir para la profundización de la lucha hasta el levantamiento insurreccional.

Inclusive en Argentina, las cosas están tomando lentamente un matiz más interesante. Desde 2003 que se viene dando en el sector de los servicios una serie de huelgas antiburocráticas muy duras y dirigidas por asambleas de base, algunas de ellas acompañadas de ocupación de los lugares de trabajo. Últimamente estas huelgas están surgiendo también, aunque de forma aislada, en algunos bastiones industriales, como Fate, Terrabusi, Aluar, Mafissa, el lavadero Virasoro, el polo fabril de Zárate-Campana, etc. El repudio a la burocracia sindical se expresa de diversas maneras: desde la formación de organismos de poder paralelo (como el comité de fondo de huelga de Fate), el agrupamiento alrededor de los delegados combativos de base (como en el subterráneo de Buenos Aires) o de las comisiones internas, con la constante presión desde abajo, y en algunos casos hasta con la violencia física contra los burócratas (también en Fate). Pero no solo el odio es contra la burocracia pro-patronal, sino también contra la patronal misma. El hecho más ilustrativo de esto tal vez sea el incendio de las oficinas de las empresas pesqueras de Santa Cruz por parte de los trabajadores.

En todos estos elementos se encuentra el embrión de lo que puede ser un nuevo despertar de la lucha proletaria por el poder político, la forma más elevada de la lucha popular, ya que la toma del poder es la condición necesaria para la realización de cualquier intento de transformación profunda.

Sea cual sea el resultado de las grandes luchas en curso (como la de Perú, que abre perspectivas muy interesantes), los mitos burgueses ya han sido desmentidos tan abierta y claramente que al menos podemos tener esperanzas de un resurgir en cualquier momento.

miércoles, mayo 02, 2007

Contestación y “vanguardias”

En la medida en que las personas no hablen por sí mismas, otras lo harán en su lugar.

Mientras no haya contestación visible, ya sea en forma de expresión artística/musical/literaria/estética, de movilización, de vivencia al margen (cooperativas, comunidades, etc.), de apropiación (ocupación de establecimientos, incautación de mercancías, etc.), de sabotaje, de escrache, de ataque físico, etc., la única voz que se escuchará será la del poder, y podrá por lo tanto hacer pasar por reales a sus mitos naturalizantes de lo existente. Las personas potencialmente disidentes no podrán entonces saber que hay otras en su misma situación, y se resignarán a aceptar lo dado.

Hay tres grupos de personas en la sociedad: una ínfima minoría que hace estas cosas, un grupo bastante más amplio que disiente con el estado de las cosas pero no se expresa o lo hace de forma invisible, y por último, una enorme mayoría formada por personas indiferentes, que aceptan lo existente o que inclusive quieren empeorarlo. Es sobre la base de éste último grupo que la dominación encuentra consenso.

Si las personas no expresan su disidencia, entonces los gobernantes, los medios “de comunicación”, los burócratas sindicales, etc., que siempre hablan en su nombre, tendrán la palabra definitiva.

De la misma manera, la existencia de diversos grupúsculos aspirantes a vanguardia dirigente queda resaltada por la absoluta inexistencia de un movimiento real de las personas que demuestre su disidencia frente al estado de las cosas. En ese marco, aquellas personas que comiencen a expresarse terminan incorporándose o acercándose a esos grupúsculos justamente por que son los únicos que se manifiestan. Aquellos que no lo hacen quedan sin soporte y no pueden emprender ninguna acción de magnitud, lo cual los lleva habitualmente a la desmoralización y desactivación, completándose el círculo vicioso.

El poder se aprovecha de esta situación para identificar toda disidencia con esos grupúsculos, de tal manera que parezca que lo natural es aceptar lo dado y la desviación es acercarse a ellos, quedando excluídas todas las otras opciones. De esta forma, busca siempre resaltar la intervención de esos grupúsculos en todo conflicto que ponga en tela de juicio alguno de los presupuestos básicos de la sociedad capitalista y democrática o que amenace el status o las ganancias particulares de algunos de sus socios (siendo esto particularmente válido para el caso de las confrontaciones violentas). Con este accionar, se libera de la amenaza de que las personas se sientan identificadas con los disidentes, ya que casi por definición una persona “común” jamás podría sentirse identificada con los grupúsculos.

Por otro lado, dichas “vanguardias” intentan siempre monopolizar todos los movimientos autónomos y de base que surjan. Muchas veces con su accionar dentro de ellos contribuyen a destruirlos, ya sea como producto de las disputas públicas entre las distintas sectas, o de la sustitución del protagonismo de la mayoría de las personas por el de la minoría de los “activistas”, o por las maniobras burocráticas que realizan, o por su tendencia a introducir consignas sentidas por las personas como totalmente ajenas a ellas, o por su soberbia, arrogancia y maltrato. En cambio, cuando los movimientos autónomos y de base se resisten a ser infiltrados por los grupúsculos, reciben a cambio la acusación de “divisionistas”, “macartistas”, “oficialistas”, “pequeñoburgueses”, “desorganizadores” y hasta “reaccionarios”, que algunas veces se traduce en acciones reales de boicot y sabotaje hacia esos movimientos.

Todas estas cosas refuerzan la división espectacular de tareas que el sistema realiza: los gobernantes asumen como su única oposición “por izquierda” a los grupúsculos, y los grupúsculos asumen como su única oposición a los gobernantes. Todo el que no esté con uno estará entonces con el otro. De esta forma, la existencia de los grupúsculos le sirve al sistema como su última valla de contención para cuando fallan todas las demás: si no logra evitar un giro “izquierdista” de las personas, sabe que al menos caerán bajo la influencia de esas sectas y por lo tanto perderán todo potencial real. Y si tampoco consigue eso, al menos hará parecer que es así a través de los medios “de comunicación”, que siempre están muy dispuestos a encontrar y resaltar “partidos de izquierda” en todas las luchas populares, aún en las que ellos tienen un rol totalmente marginal o directamente están ausentes.

Demás está decir que los típicos rituales organizados por los grupúsculos (actos, manifestaciones, etc.) son completamente inútiles y lo único que consiguen es llenar de tedio y aburrimiento a las personas que se acerquen a ellos. Mientras los aspirantes a dirigentes juegan a “elevar la conciencia” de sus espectadores con interminables, repetitivos y simplistas discursos, volantes, prensas, etc., estos últimos sólo pueden pensar en lo ajena que les resulta toda esa puesta en escena.
La contestación, por lo tanto, no debe ser sólo contra el sistema y la sociedad que lo sostiene, sino también contra los grupúsculos que pretenden "representar" a la disidencia. No es posible la existencia de un movimiento de resistencia autónomo y de base sino es por fuera de las sectas, negandoles toda posibilidad de intervenir en él y preparándose para una posible confrontación con ellas.

jueves, marzo 22, 2007

Sobre las posibilidades de la revuelta en el mundo actual (segunda parte)

Acá va la segunda parte del artículo que había empezado antes. En realidad la idea original era que se extendiera más sobre el período de las décadas 1990-2000, pero me pareció que tenía que replantear muchas cosas anteriores. Por lo tanto quedan todavía pendientes algunas partes más.

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Como se dijo antes, la posguerra inauguró un nuevo período para la resistencia popular. En la medida en que las viejas organizaciones reformistas habían abandonado ya toda perspectiva de abolición de la sociedad de clases, que los viejos sindicatos revolucionarios habían sido diezmados por la represión y por el fortalecimiento de los integrados, y que las burocracias “URSS”istas habían asumido la responsabilidad de liquidar toda posibilidad insurreccional en los países capitalistas (para convertir a los movimientos de resistencia en peones de sus intereses mundiales), y en el marco de una creciente integración consumista-espectacular de las clases obreras al sistema (contra el cual antes se revolvían permanentemente), no quedaba ya para aquellos que querían superar el estado de las cosas otra opción que buscar otros frentes de combate.

Excepto en los restos fósiles de los viejos movimientos anarquista y bolchevista disidente (es decir, de la religión construída alrededor de las milenarias recetas “marxista-leninistas” en su versión anti-estalinista y “renovada” por las profecías de L. Trotsky), que seguían dialogando con un viejo mundo ya inexistente, con una clase obrera ya transformada, y con un movimiento obrero ya derrotado, no quedaba prácticamente ningún espacio de militancia que conservara su autonomía frente al sistema bipolar capitalista/”comunista” estatal de dominio mundial.

Sólo unos pocos grupos y organizaciones intentaron contribuir con su obra teórico-práctica al desarrollo de una revolución autogestionaria en las condiciones modernas de existencia y a partir del accionar autónomo del proletariado real y del movimiento de multitudes. Entre ellos se encontraba la Internacional Situacionista, agrupación que desarrolló un análisis y crítica integral de la sociedad mercantil en su fase espectacular.

La llamada ”revolución cubana” de 1959, realizada por una organización político-militar con una fuerte base campesina en un país con escaso desarrollo urbano e industrial (y que, pese a tener inicialmente un carácter nacionalista y populista, tomó una deriva “URSS”ista en la medida en que necesitaba de la ayuda de esa potencia para superar la insuficiencia de su sistema de producción) inspiró a millones de personas que encontraron en ella la inyección de vitalidad que requería el adormecido movimiento de resistencia.

Dicha revolución, sumada a otros acontecimientos en todo el mundo y al enfrentamiento conocido como “guerra fría” entre las clases dominantes burguesa capitalista y burocrática de la “URSS” y China (causada por la adversidad de sus intereses particulares de clase), y que se manifestó en procesos tales como la guerra de Vietnam, produjo un reavivamiento global de los movimientos de resistencia.

La década de 1960 desarrolló por lo tanto nuevas formas de resistencia. En todo el mundo surgieron organizaciones revolucionarias armadas, muchas de las cuales retomaron todos los vicios burocráticos, alienantes y anti-históricos de las viejas organizaciones cuyo vacío habían venido a rellenar. La juventud desarrolló movimientos contraculturales y surgieron corrientes feministas, anti-carcelarias, pacifistas, etc. Los estudiantes irrumpieron masivamente en la vida social como sujeto político.

Simultáneamente, comenzó a crecer en las clases obreras desde la década de 1950 un rechazo a ese nuevo mundo alienado, y en especial al trabajo asalariado en las fábricas y oficinas del capitalismo y del “comunismo” de las burocracias, que se manifestaba en la tendencia a la huelga salvaje, a las ocupaciones y a todo tipo de acciones radicales. En todos lados estas acciones se topaban con la actitud de contención de las organizaciones integradas, a las cuales comenzaron a sobrepasar permanentemente.

La combinación de todos estos factores tuvo como consecuencia el desarrollo, especialmente a fines de la década de 1960, de una tendencia a la revuelta espontánea, caracterizada por la rebelión de las bases proletarias de las organizaciones sindicales y partidarias integradas, y por una fuerte presencia de los desorganizados (muchos sin experiencia militante previa de ningún tipo).

Estas revueltas, sin embargo, no llegaron en la mayoría de los casos a dotarse (a diferencia del anterior asalto general sobre las condiciones de existencia) de órganos propios e independientes, como lo eran antes los consejos de obreros, campesinos y soldados insubordinados (llamados “soviets” en la Rusia de 1905 y 1917, en Alemania de 1919, o la Comuna en París de 1871, entre muchos otros) o los sindicatos y sociedades de resistencia con finalidad autoemancipatoria de Italia, España, Francia, Argentina, etc. (originados directa o indirectamente en la primera Asociación Internacional de los Trabajadores de 1864).

Por lo tanto, y como resultado de la prolongada ausencia de un proyecto de auto-emancipación entre las multitudes, cada una de estas revueltas fue desarticulada por una combinación del accionar sedante y divisionista de las burocracias sindicales-partidarias, la represión física, la concesión de ciertas mejoras muy superficiales y el desgaste propio de los movimientos desorganizados (y en muchos casos, con escasa experiencia).

Finalmente el espectáculo, a partir de la completa focalización mediática en las acciones de las organizaciones revolucionarias armadas (muchas veces infiltradas por servicios “de inteligencia” estatales y paraestatales burgueses) y de la manipulación de su imagen para hacerlas caber en el rol de “terroristas” (prefabricado por el mismo espectáculo en sus usinas ideológicas), logró asestar dos golpes mortales al movimiento de multitudes:

Por un lado, lo desplazó del centro del debate público, y con él, a la creciente radicalización de sus métodos de lucha, a su negación en los hechos y en su discurso (y en algunos casos, hasta en su teoría) de la totalidad de la vida alienada, y del mismo modo, a la afirmación que llevaba implícita de una nueva forma de vida radicalmente diferente (quitándole de esta manera su capacidad de tomar la iniciativa e imponerle el ritmo a toda la sociedad, y con ello, la mayor parte de su fuerza).

Por otro lado, generó un clima de inseguridad que se tradujo en el pánico colectivo y en el repudio generalizado a esas organizaciones armadas, que quebró al movimiento de resistencia y alentó la represión legal e ilegal sobre la totalidad de sus tendencias (inclusive las que no tenían ninguna relación con las organizaciones revolucionarias armadas).

La derrota del segundo asalto y el supuesto “fin de la historia”

Mientras este nuevo asalto general sobre las condiciones de existencia se desarrollaba en todo el mundo, se desataba (en 1973) una crisis económica internacional por causa del aumento de los precios del petróleo. Esta crisis modificó las bases sobre la cual se desarrollaba la revuelta: el problema volvía a ser el desempleo y la inflación, además de todos los otros que se seguían acumulando. Las nuevas manifestaciones de la revuelta fueron tan disímiles como la huelga salvaje argentina en 1975 (como reacción ante el anuncio de un paquete de medidas gubernamentales inflacionarias conocido como “rodrigazo”), la de Italia en 1977, y el movimiento contra-cultural de los jóvenes desocupados ingleses con pico en ese mismo año, la famosa explosión punk del ‘77 (cuya influencia sigue vigente aún hoy), entre muchas otras.

En los países periféricos comenzó a partir de esa “crisis del petróleo” una transformación macroeconómica-financiera, apoyada por el despliegue generalizado estatal y paraestatal del terror blanco represivo, que se cobró la vida de decenas de miles de personas en todos los países, desarticulando a las organizaciones combativas, asesinando, encarcelando u obligando a exiliarse a sus militantes, cuadros, simpatizantes, etc., además de a todos aquellos que cuestionasen o hubiesen cuestionado, en la práctica y/o en la teoría, al orden establecido.

Este contrataque de la burguesía acorralada y desesperada por la pérdida de su autoridad sobre las multitudes, fue lo suficientemente hábil como para lograr destruir completamente los remanentes de aquel mencionado segundo asalto generalizado sobre las condiciones de existencia. Comenzó entonces lentamente el progresivo desmontaje del modelo de pleno empleo y del “estado de bienestar” que era, según los propios militares golpistas, “un criadero de subversión”. Como parte de ello, consiguieron la más completa complicidad de las burocracias político-sindicales-sociales, cuyas organizaciones dejaron de esa manera definitivamente de ser funcionales al proletariado (ya que ahora ni siquiera podían conseguir mejoras sustanciales en el modo de vida de los trabajadores en el marco del capitalismo).

En todo el mundo comenzó, sobre los últimos embates del segundo asalto y como su derrota definitiva, una progresiva reconfiguración productiva que desarticuló los grandes bastiones industriales de la clase obrera, que habían sido los cuarteles de la revuelta (“hay que liquidar a la guerrilla fabril”, según las sinceras palabras de un político capitalista argentino). En los años ochenta, sobre la base de la recuperación del empresariado y de sus nuevas condiciones sociales, políticas y técnicas, se intensificó y diversificó el espectáculo y el consumismo, profundizándose además la tendencia a destruir el “estado de bienestar”. La década finalizó con la reconversión de la burocracia de la “URSS” a empresariado “privado” fragmentario (en oposición al empresariado estatal colectivo-jerarquizado del “socialismo” de Estado).

Esta “URSS”, si bien ya había significado desde su nacimiento una derrota de la resistencia (que vio en ella negada su proyección autogestionaria total) y cuyo fracaso no tuvo otro origen que sus propias restricciones internas (que dieron lugar a la formación de una capa burocrática que comenzó a realizar la contrarrevolución aún antes de que triunfara la propia revolución), era paradójicamente al mismo tiempo la consecuencia de la mayor victoria histórica parcial de esa misma resistencia, que aún de forma efímera y contradictoria había conseguido tomar el poder derribando a todo un Estado. Por esa razón fue siempre adoptada por muchas personas combativas como su máximo estandarte. Además, aún en su aspecto renunciante de la autogestión generalizada, seguía significando la posibilidad de otro tipo de configuración de la producción y circulación diferente a la del capitalismo de libre mercado, y que al menos ofrecía la ventaja de asegurar a todos un puesto de trabajo (alienado, obviamente) y consecuentemente una remuneración suficiente para sobrevivir, además de un acceso gratuito a los sistemas de salud y educación, etc.

Con el impulso que adquirió la burguesía gracias a la derrota simbólica de la resistencia que significó la disolución de la “URSS”, pudo darse el lujo de proclamar el fin de la historia (la historia, en tanto devenir de la sociedad, es la negación de la rigidez estática de la vida alienada. Su reflujo hace cristalizarse a lo dado haciendo que se nos presente falsamente como normal, natural, en definitiva, inmutable, mientras que su retorno lo hace estallar por los aires). Esta proclama puramente formal tuvo sin embargo un correlato real en la destrucción definitiva de la ya escasa moral combativa que le restaba a las multitudes tras la secuencia de derrotas anteriores.

Un nuevo derrumbamiento se producía sobre las esperanzas de millones de personas: habían caído simultáneamente la posibilidad de mejorar sustancialmente las condiciones de vida dentro del capitalismo (porque la “globalización neoliberal” había destruido todos los resortes estatales que la habían realizado anteriormente, en la etapa keynesiana) y el único sistema “alternativo” al capitalismo de mercado que existía en el mundo, el “comunismo” burocrático.

Las consecuencias fueron devastadoras para la resistencia, que sufrió probablemente el mayor reflujo de la historia, aún peor que el producido desde la Segunda Guerra Mundial. La época profundizó enormemente la tendencia a no luchar y sobre todo a no organizarse.

Como consecuencia de este reflujo, la burguesía intensificó aún más su ofensiva en toda la década del noventa: se multiplicaron los despidos, se flexibilizaron y precarizaron las condiciones de trabajo, bajaron los salarios, aumentó la explotación de la mano de obra inmigrante (aun mayor que la sufrida por la local) y se relocalizaron los centros de producción y circulación hacia los países donde la mano de obra era más fácil de explotar.

Sin embargo, ni siquiera así se pudo verificar su hipótesis del supuesto “fin de la historia”, que sufrió una doble desmentida: desde el propio campo burgués, con las guerras de medio oriente, el “terrorismo”, los conflicos étnico-culturales-religiosos (balcanes, chechenia, etc.) y desde el campo de la resistencia, con las revueltas latinoamericanas de fines de la década del ochenta y de toda la del noventa, con la insurrección armada llamada “zapatista” de los indígenas de la selva Lacandona (México, 1994), con el nacimiento del movimiento llamado “piquetero” de Argentina, con el surgimiento de un movimiento contra las guerras y contra la “globalización neoliberal”, etc. Todas las tensiones acumuladas durante esa década comenzarían a estallar en la del 2000 (especialmente en América Latina), en forma de desbordes más o menos espontáneos y muy heterogéneos (tanto respecto a su componente social como a sus orígenes, métodos, objetivos y características en general).

(Continuará...)

domingo, marzo 04, 2007

Sobre las posibilidades de la revuelta en el mundo actual (primera parte)

La sociedad de posguerra

El fin de la Segunda Guerra Mundial significó el pico máximo de un proceso que ya se había iniciado desigualmente en diferentes países: el de auto-revolución de la sociedad capitalista existente. Esto marcó el comienzo de una época que perdura hasta el día de hoy, aunque en constante transformación.

La producción separada de las multitudes (es decir, cuya dirección está acaparada por una clase social dominante, en este caso el empresariado moderno), que ya había dado lugar al surgimiento de la variante asalariada del trabajo alienado (el trabajo cuyas condiciones y producto escapan al control del trabajador) y con él, al de una clase social de obreros ocupados y desocupados, se desarrolló al punto de transformar considerablemente las condiciones de la vida social e individual.

Si bien disminuyó la presión de las viejas alienaciones (mediante la reducción de la cantidad de horas al día que el asalariado desperdicia entregándole su vida a un patrón, el aumento en la capacidad de consumo, la legislación del trabajo, etc.), una tanda de nuevas alienaciones en otros aspectos ocupó su lugar.

A la enajenación del trabajo se le sumó la enajenación del tiempo libre, en forma de consumismo, es decir, el consumo por parte de todos del producto de la producción separada, que excede cada vez más la simple satisfacción de necesidades básicas, tanto para dar respuesta (de una forma alienada) a los deseos reales como para generar otros artificialmente.

Pero el más novedoso y revolucionario de los elementos de la sociedad capitalista de posguerra, es el desarrollo de los llamados “medios de comunicación masiva”.

Tal denominación es un eufemismo bastante sutil, que pretende hacer pasar por bi-direccional lo que en realidad es lisa y llanamente transmisión de espectáculo.

Este espectáculo, que se constituyó no sólo a través de los medios técnicos sino a partir de la totalidad de la sociedad alienada en todos sus aspectos, transformó profundamente la vida a lo largo y a lo ancho del mundo, pero especialmente en las zonas en las que ya dominaba el modo de vida “moderno”, los países centrales y las grandes ciudades de los países periféricos, valiéndose de ese nuevo “tiempo libre” y de esa igualmente novedosa capacidad de consumo aumentada.

La disolución de los viejos movimientos reformistas y revolucionarios

En el período de entreguerras (1917-1939), la clase obrera había protagonizado en todo el mundo un asalto general sobre las condiciones de existencia. En él, un gran dilema separaba aguas, generando dos grandes tendencias diferenciadas: reforma o revolución. La primera opción buscaba transformar la vida social e individual a partir de la participación y reforma de las instituciones creadas por el sistema. La segunda buscaba eliminarlas mediante una insurrección masiva y construir otras en su lugar.

Ambas tendencias contaban con organizaciones permanentes, multitudinarias y más o menos independientes, dependiendo del caso: sindicatos, partidos, específicas, grupos de propaganda, etc. Cada una de ellas era un ámbito de pertenencia en el cual los obreros depositaban gran parte de su tiempo y recursos, en muchos casos con enormes esfuerzos.

Esta oleada proletaria mundial fue derrotada a manos de la represión policial, militar y para-estatal (excepto en los países que integrarían la llamada “URSS”, los únicos en los cuales logró derrocar el orden existente) en algunos casos efectuada por los diferentes fascismos (que surgieron como reacción a dicho asalto en los países en que estaba más avanzado: Italia, Alemania y España), en otros por los sectores conservadores tradicionales, y en otros, paradójicamente, por los gobiernos supuestamente “reformistas” surgidos de esa misma oleada (que no lo eran más que superficial y aparentemente, ya que eran ejercidos por sus burocracias conciliadoras y no por sus bases combativas). Luego la segunda guerra mundial inmovilizaría a la clase obrera de los países beligerantes e invadidos, mientras que en el resto de los países se daría una fuerte reconfiguración de los movimientos proletarios.

La represión física había logrado ya eliminar, aterrorizar y dispersar a enormes cantidades de militantes, principalmente de las organizaciones más combativas e independientes, lo cual produjo un crecimiento en importancia e influencia de las más conciliadoras, que se tradujo en un muy fuerte crecimiento numérico de estas últimas.

La llamada “URSS”, que ya había nacido dominada (aunque parcialmente) por la burocracia bolchevique, sufrió la consolidación de ese grupo (el cual fue a su vez hegemonizado tras la muerte de Lenin por el sector más recalcitrantemente burocrático -el liderado por Stalin-) que logró monopolizar completamente los resortes del poder y estabilizarse como clase social dominante, proyectándose al mismo tiempo en todo el mundo como supuesta “representante del proletariado” a través de los partidos mal llamados “comunistas” y de los sindicatos y organizaciones dirigidos por ellos. Esta burocracia internacional “URSS”ista, dirigida desde el Kremlin pero existente en todos los países capitalistas, no pensaba en extender su modelo hacia ellos sino en lograr el control de sus respectivas clases obreras para hacerlas defender los intereses de la clase social burocrática de la “URSS” en cada uno de ellos.

El resultado de todo esto, de la mencionada auto-revolución de la sociedad capitalista y de su consecuencia (la vertiginosa expansión del consumismo y el espectáculo), fue la aceleración del proceso (que ya se había iniciado tiempo atrás en todo el mundo) de pérdida de independencia política por parte de la clase obrera y de sus organizaciones reformistas y revolucionarias, que quedaron cada vez más en manos de burocracias político-sindicales conciliadoras e integradas (cuyos proyectos no cuestionaban la separación de la sociedad en clases, o que lo hacían solo formalmente, sin dar ningún paso real hacia su supresión). Dichas burocracias podían ser, o bien “URSS”istas (anteriormente descriptas), o bien locales. Estas últimas presentaban a su vez dos variantes:

-las que conservaban su forma clásica de movimientos partidario-sindicales socialdemócratas dirigidos por “intelectuales” liberales. Estas existían desde la Segunda Internacional (e inclusive desde la primera) y tuvieron un rol protagónico en el proceso de integración.

-las que estaban estructuradas verticalmente en aparatos políticos dirigidos por militares o civiles (llamados “nacionalistas” o “populistas”), especialmente en algunos países del llamado “tercer mundo”.

Estas burocracias conciliadoras no buscaron nunca eliminar al capitalismo mediante una reforma o una revolución, sino mantener controlada a la clase obrera, a partir de la obtención de mejoras superficiales en sus condiciones de vida en el marco del sistema. Por su parte, la enorme mayoría del proletariado aceptó (y hasta buscó) este cambio, o al menos no fue capaz de articular una alternativa. Los que aún sostenían la necesidad de organizaciones independientes debieron o bien permanecer en las organizaciones integradas con la esperanza de recuperarlas, o bien formar o incorporarse a grupos minoritarios por fuera de ellas, o bien permanecer desorganizados.

De esta forma, quedó completamente obsoleto el viejo proyecto transformador centrado en el accionar de las organizaciones reformistas y revolucionarias permanentes, multitudinarias e independientes.

El nuevo movimiento de transformación social

Las consecuencias de este proceso no fueron menores: para obtener una transformación más o menos profunda de la sociedad, no se podía contar ya con las grandes organizaciones permanentes tales como eran, y tampoco era posible recuperarlas (como demostró luego la historia). No habría ya movimientos reformistas o revolucionarios al viejo estilo en las zonas donde imperaban las condiciones modernas de vida, sino revueltas más o menos espontáneas protagonizadas por multitudes desorganizadas o por las bases insubordinadas de las organizaciones integradas.

En la década de 1950 esto se comenzó a observar en los países dominados por la burocracia “URSS”ista (especialmente en la revuelta húngara de 1956, en la que volvieron a formarse consejos obreros), y en una creciente agitación en los países capitalistas, que se volvió semi-insurreccional en el llamado mayo francés de 1968, en el que diez millones de personas (cuya enorme mayoría no estaba encuadrada en ninguna organización) se lanzaron a una huelga general salvaje (por fuera de los sindicatos y la legislación gremial) con ocupación de todo tipo de establecimientos (incluídas fábricas, universidades y oficinas, entre otros).

Esta revuelta desencadenó en todo el mundo otras similares. En Argentina tuvo lugar el Cordobazo de mayo de 1969. Se extendió la ocupación de fábricas (inclusive con toma de rehenes empresarios) como método habitual de lucha. Se desarrolló una tendencia a la huelga salvaje, convocada por asambleas de los mismos trabajadores, que desbordó una y otra vez la contención burocrática sindical-partidaria.

Durante toda la década transcurrida entre fines de los años sesenta y fines de los setenta, se sucedieron revueltas de este tipo en todo el mundo, sacudiendo las bases del sistema capitalista. Este nuevo asalto sobre las condiciones de existencia fue finalmente derrotado (por represión o contención), y una reconfiguración general del sistema modificó las bases sobre las cuales se había desarrollado, dando lugar a una nueva etapa.

Las revueltas en el mundo actual

A partir de la crisis económica mundial de 1973, comenzó en todo el mundo capitalista un proceso de reorganización económica, política y social. Este proceso (llamado “de globalización neoliberal”) se aceleró con la reconversión del supuesto “socialismo” de la “URSS” en liso y llano capitalismo de mercado, y de su clase social burocrática en empresariado clásico. Una de las consecuencias de dicho proceso fue el enorme crecimiento de la desocupación en las clases obreras, que logró quebrarlas definitivamente en un sector con capacidad de consumo y en otro sin ella (y por lo tanto, completamente marginal). Pero aún el primero de ellos se vio fuertemente golpeado por la precarización, la flexibilización laboral, etc. Las viejas organizaciones integradas perdieron todo su restante carácter proletario, al vaciarse de militantes de base y al evidenciarse cada vez más la cercanía de sus burocracias a las clases dominantes. La revuelta ya no podía ni siquiera considerarlas un obstáculo.

A finales de la década de 1980 y a lo largo de la del 90, comenzó a gestarse en todo el mundo una nueva oleada de agitación social, esta vez protagonizada por los sectores más perjudicados por la “globalización neoliberal”. Pero esta vez el espectáculo ya no podía aparentar que tuviesen alguna relación con las organizaciones integradas, y debió reconocer que tenían un carácter anti-político. En algunas zonas llegaron inclusive a resurgir algunas organizaciones permanentes independientes y multitudinarias, sobre todo en los sectores más duramente golpeados (el Ejército Zapatista de Liberación Nacional entre los indígenas de México, el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, las organizaciones piqueteras entre los desocupados de Argentina).

En la década del 2000, la agitación social se agudizó hasta volverse revuelta en muchos países. El diciembre argentino de 2001 marcó un punto de inflexión: las multitudes se lanzaron al saqueo, se volcaron masivamente a las calles, se enfrentaron a la policía, derribaron a un gobierno, formaron asambleas populares, recuperaron empresas quebradas, ocuparon espacios abandonados, construyeron centros culturales, organizaron emprendimientos productivos, realizaron piquetes y constituyeron agrupamientos de diferentes tipos (y todo esto aún sin la participación de la enorme mayoría de la clase obrera ocupada y de la sociedad, y de forma fragmentaria, sin un análisis integral, ni una perspectiva superadora, ni un proyecto alternativo).

Otras revueltas, similares o diferentes, se desatarían luego en otros países, tanto de América Latina (Bolivia, Ecuador, México, Chile, etc.) como del resto de mundo (especialmente en Francia). Vale la pena analizarlas en profundidad, porque en ellas se manifiesta todo el carácter que adquiere la el proyecto transformador en el mundo actual. (Continuará...)

miércoles, enero 17, 2007

Lucha radical y Espectáculo

El Espectáculo

El Espectáculo es una rama del Sistema cuya función es instalar una determinada cosmovisión, información y valoración en la mentalidad de las multitudes.

Está compuesto por una multiplicidad de focos interconectados, cada cual es un fluir de imágenes prefabricadas, caracterizados por ser reproducidos unidireccionalmente a través de medios concentrados en manos de la clase dominante, ya sea vía capitales privados (empresas), vía aparato estatal (ya sea en la dirección o en la base -es el caso de las escuelas, colegios y universidades, etc.-), o vía instituciones e individuos asociados (ONGs, sindicatos, asociaciones civiles, partidos políticos, iglesias, etc.).

Algunos de sus medios de reproducción son técnicos, en el sentido de requerir maquinarias e insumos (o sea, capital) para su funcionamiento, lo cual los vuelve restrictivos a la clase capitalista quedando negados para las multitudes : la televisión, los diarios, las radios, internet, el cine, las revistas, los afiches, carteles y volantes, etc.

Otros son directos pero también requieren capital: los establecimientos educativos, religiosos, etc.

Por último, el Espectáculo genera un componente extra que forma parte de él: el circuito intelectual, que es el conjunto de individuos, grupos e instituciones auspiciados y transmitidos por el Espectáculo a través de cualquiera de sus medios, que se encargan de legitimar al Sistema reproduciendo su lógica (aún para "criticarlo", como en el caso del "progresismo"), y que a su vez se remiten permanente unos a otros, generando una comunidad de referencia.

En una sociedad compleja y masiva como la actual, no hay forma de experimentar directamente la realidad más que una ínfima parte, y aún así la percepción será superficial y ambigua. Por eso es imprescindible para nosotros recurrir a una fuente externa.

Esa función es absorbida por el Espectáculo, que se vuelve el único medio de contacto entre los individuos y los sucesos de la realidad, que paradójicamente, encuentran en él su imagen independizada y manipulada (o bien, no encuentran su imagen y permanecen como inexistentes para las multitudes), aportando su propia signficación y valoración que pretenden "neutralidad" y "objetividad".

El Espectáculo, si bien está conformado por focos independientes emitidos por distintos sectores de la clase dominante (cada cual posee su propia cosmovisión, intereses y filiaciones), se inserta en una lógica global prácticamente indiscutida, y que tiende a generar a su vez respuestas similares ante problemas similares. Por eso es muy común encontrar interiorizada y naturalizada la lógica del Espectáculo, a tal punto de reproducirse inclusive de forma independiente a sus medios técnicos de transmisión, en forma de Normalidad, es decir, de pensamiento/accionar instalado en las multitudes que excluye dogmáticamente a las otras posibilidades.

Demás está decir que si existe un Espectáculo es porque hay espectadores, y que éstos conforman la totalidad de la sociedad.

Las organizaciones visibles

Una organización visible (ante los ojos del Espectáculo) es aquella que posee una simbología visible, ya sea en cuanto a siglas, símbolos, logos, comunicados y prensas, militantes, referentes, locales conocidos de reunión, etc.

Cualquier acción de cualquier organización visible tendrá (proporcionalmente a su masividad, a su inserción en la sociedad y a su grado de influencia) su doble falsificado y manipulado en el Espectáculo, y será percibido de esa forma por toda la sociedad, que tomará dicha imagen como su única y completa realidad, excluyente de cualquier otra.

En consecuencia, toda organización visible debe moderar su accionar al punto de resultar "apoyable" por la sociedad si busca lograr alguna influencia en ella, y en especial en la lucha reivindicativa.

Una lucha reivindicativa entre un determinado contrapoder y un determinado poder, posee dos frentes de combate interrelacionados: por un lado, el extorsivo directo, y por el otro, el simbólico (que puede ser considerado extorsivo pero indirectamente).

El grado de triunfo o derrota viene dado en parte por la relación de fuerzas simbólicas, que no se resuelve en el terreno de combate sino, sobre todo, ante los ojos de la opinión pública (a diferencia del frente extorsivo, donde el resultado es producto de la capacidad de daño directo, ya sea económico o físico)

Toda organización que pretenda dar una lucha reivindicativa, se somete por lo tanto a esa opinión. Pero la opinión pública, en la sociedad actual, está monopolizada por el Espectáculo.

La acción radical

La acción radical, en tanto negación completa del estado de las cosas, ataca frontalmente todo lo defendido por el Espectáculo, y logra ganarse por lo tanto el repudio general e inmediato de la sociedad.

Esto no significa necesariamente la muerte de la acción radical, sino la necesidad de analizar en cada caso sus ventajas y desventajas. Para la lucha reivindicativa, la acción radical debe presentarse en general en pequeñas dosis contrapesadas por un trabajo intenso en el frente simbólico, al menos en el momento en que el conflicto empieza a ser mediatizado.

Pero no es la lucha reivindicativa en sí misma la que permite radicalizar al movimiento de multitudes hasta volverlo insurreccional, sino más bien su grado de acción radical. Por lo tanto, si se quiere derribar de raíz el estado de las cosas, no alcanza con dar luchas reivindicativas con pequeñas dosis de radicalidad. Es necesario profundizar este aspecto al punto de extraer al movimiento de la lógica del sistema-Espectáculo para que pueda construir la suya propia, por fuera y en contra de la anterior.

En ese sentido, es necesario sostener un accionar radical por fuera de las organizaciones visibles y del Espectáculo. Un accionar que sólo llegue a las multitudes por percepción directa o a través de sus consecuencias. Un accionar que carezca completamente de referencias, y que pueda ser realizado por cualquier persona. Pero sobre todo, un accionar que tenga el sentido de negación práctica de las relaciones sociales dominantes, o que posea una utilidad práctica para el movimiento de multitudes, o que simplemente permita vivir hoy mismo la autogestión plena y construir desde ya los lazos socialistas que reemplazarán a los de dominación, especialmente si esas acciones resultan imitables y contagiosas para otros sectores (lo cual es posible justamente porque la intensidad y libertad de la vida autogestiva resulta mucho más atractiva que la pesada vida rutinaria alienada de la Normalidad, una vez que se sobrepasa al Espectáculo y su lógica, y en consecuencia, que la autogestión irrumpe como posibilidad real para las multitudes).

Pero para que este accionar sea realmente invisible (lo cual además es necesario para evitar la represión que acarrea) y al mismo tiempo productivo, debe sostenerse en una situación de avance general del movimiento de multitudes, de tal forma que pueda quedar ocultado por su masividad.

Una acción de sabotaje o de expropación-incautación-saqueo, la ocupación de un establecimiento con puesta en marcha autogestiva de maquinaria e insumos, la aplicación de la justicia popular hacia ciertos individuos, el desconocimiento total de la autoridad y el establecimiento de un poder paralelo, el ataque físico al sistema y sus agentes y símbolos, etc. solo tienen un sentido completo en el marco de una oleada de multitudes: huelga general, ocupación de establecimientos, combates callejeros generalizados o situaciones similares. En cualquier otro contexto tienden a ser contraproducentes, ya que, por un lado, entregan a sus realizadores a los verdugos del sistema, y por otro, contribuyen a un avance represivo sobre todo el movimiento, inclusive sus secciones más moderadas y orientadas a la lucha reivindicativa.

Hasta las acciones más moderadas, como la simple huelga/ocupación/bloqueo/piquete (que se dan a diario en contextos de pasividad social), al volverse invisibles por el avance general del movimiento tienden a generalizarse y radicalizarse, inclusive para aquellos sectores sin tradición ni experiencia de lucha. De hecho, no es tan infrecuente la irrupción de movimientos masivos de esos sectores, muchas veces formados por individuos moderados, reformistas y hasta sin interés político, obviamente desorganizados, que se suman a la lucha una vez que el gran ojo del Espectáculo ha quedado cegado por la masividad desbordante del movimiento en ascenso. Todo se vuelve entonces espontáneo y adquiere un impulso imposible de frenar, ni siquiera por sus propios cuadros y referentes.

Pero el accionar radical, si se da en escala masiva, requiere a su vez de organización para poder ser duradero y efectivo. De esta forma, es necesario que el movimiento radicalizado se dote de órganos transitorios e invisibles de lucha: asambleas de base y consejos de delegados, que unifiquen y coordinen todas las acciones. Aunque esto obviamente tiene a su vez su riesgo, que es la "visibilización" del movimiento, y su consiguiente moderación (con el objetivo de ganarse el apoyo del resto de la sociedad e inclusive de convencer a la tendencia moderada del propio movimiento, que una vez que comienza a plantearse racionalmente su accionar se repliega y enfría, dominada por la lógica interiorizada del sistema que había sido momentáneamente desactivada).

Una vez desatado el accionar radical invisible a lo largo y ancho del movimiento, la reivindicación pierde sentido y se vuelve una formalidad: la única realidad es la negación práctica de la totalidad del sistema y la vivencia de la autogestión socialista ahora mismo. Pierden por lo tanto su sentido todas las otras organizaciones preexistentes, en especial las visibles-permanentes-reivindicativas, lo cual no quiere decir que se disuelvan, sino que quedan relegadas a un segundo plano. Si el movimiento logra conquistar el poder, entonces esas viejas organizaciones de contrapoder popular asambleario pueden ser la base de la nueva organización social, o bien pueden serlo las asambleas insurreccionales y los consejos de delegados, u otros órganos específicos que se creen con tal propósito. En caso de derrota, las viejas organizaciones pueden seguir siendo bastiones de resistencia y acumulación, para la lucha reivindicativa y para preparar un próximo ascenso de multitudes que pueda devenir revolucionario.

lunes, noviembre 06, 2006

El poder enajenado


1)
¿Qué tienen en común la dominación estatal y la esclavitud?

El poder enajenado. Si el esclavo es un ser humano al que se le quitó la posibilidad de decidir sobre su propia vida, la sociedad estatizada es la comunidad de seres humanos a la cual se le arrebató el poder de dirigir su propio destino. En ambos casos, un individuo o una clase social expropió la capacidad de gobierno de otro individuo o de multitudes enteras. El poder de decisión está entonces enajenado, sacado de su natural y legítimo propietario, y cristalizado en las clases dominantes mediante el aparato represivo del Estado y sus simbiontes.

2)
¿Qué diríamos si al esclavo se le diera la posibilidad de elegir a su amo entre una determinada cantidad de opciones, y se le otorgaran ciertan "libertades" y "garantías" muy relativas que se cumplan solo a medias, cuando no directamente se incumplan de la manera mas descarada?

Diríamos que la esclavitud es "democrática" "republicana" y "representativa".

3)
La dominación estatal "democrática" es tan hipócrita como la hipotética esclavitud de las mismas características. Podemos elegir gobernantes entre una determinada cantidad de partidos, de los cuales uno o dos fueron elegidos ya de antemano por la burguesía y sus nuevos sumos sacerdotes, los medios "de comunicación". Estos gobernantes, además de no tener ningún poder real de decisión sobre la economía (elemento indiscutiblemente central de la vida social), tampoco lo tienen sobre el aparato mafioso del mismo Estado al que dirigen, que actúa por su propia cuenta. Ni siquiera tienen poder real sobre los partidos que los llevan al gobierno, que son financiados y dirigidos por la burguesía.

De cualquier manera, tampoco tenían intenciones de contrariar su voluntad: su único objetivo es pilotear la maquinaria represiva estatal para permitirle a los amos obtener una máxima ganancia y una libre utilización de ella, contribuyendo a disminuir los roces entre los distintos sectores de la clase dominante, a ganarse la aceptación de la población, y golpeando de manera implacable y con un solo puño a todo movimiento realmente subversivo de las multitudes que lo haga peligrar, entre otras funciones similares.

4)
La esclavitud "democrática" también existe, y se llama trabajo asalariado. Se le otorga al nuevo esclavo una libertad condicional de media jornada, o de dos tercios en el "mejor" de los casos. Pero además, este puesto de explotación no está garantizado: el aspirante a esclavo deberá ser elegido entre decenas y hasta cientos de personas en su misma situación, de las cuales una cantidad importante jamás lo logrará, y deberá resignarse a la desocupación crónica y a la miseria

5)
Hubo una época en la que los asalariados se rebelaban, aunque más no fuera para negociar unas menos insoportables condiciones de esclavitud. Construían para eso sus organizaciones de resistencia, las asociaciones, sociedades, sindicatos, etc.

Pero estas también fueron enajenadas, y el sistema las integró para canalizar mediante ellas todo posible descontento en el lugar de trabajo. Los sindicatos que se negaron a ser subordinados, los anarco-sindicatos y del sindicalismo revolucionario (más tarde re-elaborado como sindicalismo clasista), fueron aplastados por la represión estatal.

Ahora, para exigirle al poder enajenado patronal, hace falta recurrir al poder enajenado burocrático de los sindicatos.

6)
Pero la burguesía no es el único sujeto social capaz de enajenar el poder propio de la sociedad.

Sectores que alguna vez pertenecieron a las clases explotadas, o que se lograron montar sobre sus movimientos, o que organizaron los suyos propios, consiguieron tomar para sí el poder de las organizaciones independientes. Esta enajenación "independiente" se llama burocracia, burócratas son las que la realizan, y burocrático es todo lo relativo a ellos.

7)
En ciertos períodos históricos, las clases explotadas en movimiento construyeron otro tipo de organizaciones, los consejos o soviets. Con el más amplio protagonismo de multitudes y una organización asamblearia y federalista, de abajo hacia arriba, lograron poner en jaque a todo el sistema.

Sólo una oleada de ellos logró resistir la represión estatal, la acción contrarrevolucionaria de los partidos y sindicatos burocráticos, los intentos de integración, etc. Fueron los soviets de Rusia, en 1917. Pero pese a su toda su fuerza y vitalidad, no pudieron o supieron frenar su propia burocratización.

En el famoso octubre rojo de ese mismo año, no fueron las multitudes auto-organizadas las que tomaron el poder, sino sus propios soviets ya burocratizados, piloteados desde arriba por el Partido Bolchevique. De cualquier manera, durante algunos meses conservaron un grado importante de protagonismo y de autogestión, mientras que el P.B. construía su propio aparato represivo, usándolo contra los mismos sectores revolucionarios que se negaban a ser subordinados a un poder ajeno.

La autogestión y el poder enajenado bolchevique, incompatibles por esencia, entraron en guerra abierta en la represión del soviet aún autónomo de Kronstadt por parte del gobierno mal llamado "comunista". León Trotsky, quien luego se convertiría en el paladín internacional de la lucha contra el stalinismo, fue el encargado de ordenar la matanza contra los comuneros sublevados. Ocupaba así el mismo lugar del general Thiers, quien ahogara en sangre la gloriosa comuna de París...

El resto de la historia es conocida: el burócrata Lenin murió, Stalin tomó el poder, y no hizo más que completar lo que el Partido Bolchevique ya había comenzando: destruir todo vestigio de autogestión y protagonismo de multitudes, fortalecer el Estado totalitario y torturar y asesinar a todo el que se atreviese a levantar la cabeza. Si alguna vez fue cierto que U.R.S.S. fueran las siglas de "unión de repúblicas socialistas soviéticas", sin duda dejó de serlo definitivamente bajo el stalinismo.

8)
Bajo la dictadura bolchevique sobre el proletariado, mal conocida como "dictadura del proletariado", la burocracia de las organizaciones populares comenzó a conformar una clase social, la nueva directora del aparato del Estado. Esta clase social burocrática ocupó rápidamente el lugar que dejó vacante la burguesía al ser expropiada, contando con sus mismo privilegios, etc. Su expresión política fue el stalinismo, que se encargó de representarla ante el mundo capitalista. Se convirtió muy pronto en una fuerza contrarrevolucionaria internacional, que tenía pactada con la burguesía la conservación de la sociedad de clases y de la propiedad, ya sea en su versión privada o estatal.

En 1936, en España, el stalinismo fue el más esforzado gendarme de estas, poniéndole especial empeño en destruir la grandiosa obra de las colectivizaciones y socializaciones que las multitudes llevaron a cabo en el marco de la guerra civil contra el fascismo. Para esta tarea estrenaron un modo de accionar muy curioso: la colaboración con la burguesía en el seno del Estado republicano, tanto en su dirección como en su aparato. Burocracia y burguesía compartían un mismo aparato represivo, para aplastar al movimiento revolucionario.

Si bien la guerra fría impidió que esta colaboración de clases dominantes se diera de una manera tan descarada, continuó luego de otras formas. El mundo de posguerra presentó entonces tres factores enajenantes: la burguesía, la burocracia "soviética" (tanto en su versión rusa como china), y la burocracia independiente de cada organización. No es extraño por lo tanto que el estallido de mayo de 1968 en Francia haya sido por fuera y en contra de todas las organizaciones preexistentes, reivindicando la autogestión de todos los aspectos de la vida, y negando todas las formas de enajenación.

9)
¿Y cómo es posible enajenar el poder de las multitudes?

Hay dos formas: una, mediante la coerción física: el látigo. Otra, más compleja, requiere de la progresiva o inmediata delegación del propio poder de las personas a otros (que es muy distinta a la delegación de aspectos concretos que requiere toda organización para funcionar, ya que la segunda es parcial, acotada, activa y controlada, mientras que la primera es total, generalizada, pasiva y expectante).

Lo más común es que la delegación y la coerción se alimenten mutuamente, cristalizando el poder enajenado e interiorizándolo en las multitudes.

10)
¿Cómo se puede evitar la enajenación del poder?

Siendo protagonista pleno de la propia vida y de la vida social. No hay otra forma. El aspecto coercitivo se combate mediante la violencia organizada de las multitudes.

11)
La autogestión resurge de forma espontánea, ahí donde haya poder enajenado. Normalmente se disipa antes de lograr dejar ninguna huella. Pero en otros casos, queda profundamente marcada en la memoria colectiva: ahí tenemos el diciembre de 2001 argentino, con las asambleas populares, los piquetes, las fábricas recuperadas, los centros culturales autónomos, la expropiación popular de mercancía ("saqueos"), las ocupación de edificios, el crecimiento de todas las organizaciones y la formación de nuevas, etc.

miércoles, octubre 25, 2006

No hay reforma posible: El Estado

¿Qué diferencia a la izquierda del "progresismo" de centro-izquierda y de centro?
Un punto central: para la izquierda, no hay reforma posible en el marco de este sistema.
Desde estas páginas, Alegre Subversión pretende contribuir a demostrarlo, empezando por la cuestión del Estado.

Se nos dice, desde que entramos a la más básica célula de lavado de cerebros, o sea la escuela primaria, que el Estado es "lo que pone órden a la sociedad", lo que "evita los conflictos entre las personas", la organización que "garantiza el bien común". Durante todas nuestras vidas nos llenan la cabeza con ideas parecidas, que se podrían resumir básicamente como "el Estado es lo bueno", "la ley es lo bueno", y lo que no cumple con la ley y con el Estado es "lo malo".

Pero nada de esto se corresponde en lo más mínimo con la realidad, o al menos, con la visión de la realidad que muchos tenemos.

El Estado es, desde la perspectiva de la izquierda (y en especial de la izquierda libertaria), un aparato dictatorial, mediante el cual la clase social dominante dirige a la sociedad, más allá de las formas que tome en cada situación histórica concreta.

La mayor mentira es la que afirma que sin Estado no se puede organizar una sociedad. Esta afirmación "olvida" las miles de formas de organización comunitaria, comunal, cooperativa y autogestionaria que existieron a lo largo de la historia, basadas en el protagonismo de todas las personas, en la propiedad colectiva, en la toma colectiva de decisiones, en la organización también colectiva del trabajo y de la vida en general, en la crianza y educación colectiva de los niños, etc. y al mismo tiempo, en el más pleno respeto a la individualidad y la libertad de cada uno dentro de los márgenes de la vida comunal (o sea, permitiendo todo aquello que no atente contra el bien común, desmitiendo la idea de que sociedad e individuo son contradictorios).

El Estado surge justamente como negación de esa forma de vida, como disolución de la comunidad, como enajenación del poder de las personas, como esclavización y como dictadura. Esa es su esencia, inalterada a lo largo de la historia, por más que se haya reconfigurado y adquirido nuevas características.

Una de las grandes transformaciones que atravesó el Estado fue la que, dejando atrás el sistema feudal, desarrolló progresivamente la propiedad privada del dinero, del comercio y de los medios de producción, dando origen al sistema capitalista.

La propiedad emana siempre del Estado, sea cual sea su forma concreta, porque es el Estado el que garantiza, en última instancia, mediante la coerción y la represión, el "derecho a poseer", al igual que todos los otros derechos. Los derechos deben entenderse como permisos y garantías que el Estado, en tanto maquinaria represiva, le otorga a ciertas personas y grupos.

La propiedad privada de los medios de producción, del dinero, del comercio, y más tarde de casi todo los bienes materiales (e inclusive muchos de los inmateriales), es el permiso y al mismo tiempo la garantía que le da la máquina dictatorial del Estado a ciertos grupos de personas para que gestionen la economía, a cambio de dejarlos gozar de enormes beneficios.

La clase social que surgió de ese permiso, la burguesía, se volvió tan fuerte que empezó a reemplazar a la nobleza en la dirección del Estado, construyendo su propio aparato dictatorial. Con el capital acumulado desarrolló las enormes fábricas, que generalizaron a su vez al trabajo asalariado como nueva forma de esclavitud, esta vez acotada al tiempo que el obrero pasara adentro de ella (que en esa época, podía llegar a las tres cuartas partes del día, o sea, una esclavitud al 75 por ciento, y teniendo en cuenta además que los ínfimos salarios condicionaban –y siguen haciendo- a los trabajadores aún fuera de sus trabajos)

Con el trabajo asalariado comenzó también la revuelta de los asalariados, y uno de las principales funciones del naciente Estado burgués fue reprimirla de forma sanguinaria, amontonando cadáveres obreros junto a los de las otras clases que también se rebelaban (campesinos, pequeños comerciantes, etc.)

El Estado burgués capitalista fue modificándose, a medida que se transformaba el modo de vida, el modo de producción, y todos los aspectos de la sociedad en general. Pero nunca perdió, ni puede perder, su esencia, su naturaleza de clase, y su naturaleza de conservación y reproducción de la sociedad de clases.

En su forma actual, el Estado burgués capitalista tiene varias características que vale la pena resaltar, para mostrar cómo no es posible reformarlo, y cómo no es posible por lo tanto reformar la sociedad que dirige sin tirarlo abajo.

En primer lugar, hace falta desmentir la falsa dicotomía entre Estado y Mercado (entendido como el conjunto de empresas que gestionan la economía) que plantea el liberalismo, apropiándose de una retórica libertaria para ocultar que en realidad, el Estado no es enemigo de la propiedad privada sino su garante. Las empresas no son entes ajenos al Estado: son sus apéndices, a él le deben su existencia. Los políticos, los funcionarios y los dirigentes del Estado en general, no son los enemigos de la burguesía (en tanto clase dominante), son parte de ella y le obedecen. No es de extrañar que una gran cantidad de políticos sean a la vez empresarios, y que muchos de los grandes empresarios hayan realizado carrera política.

Por eso, es completamente erróneo el planteo reformista, tanto socialdemócrata, "progre" como intervencionista, de que el Estado pueda o quiera ponerse duro con las empresas. Sólo lo hace cuando la situación se lo obliga, y para eso tienen que dar muchas condiciones muy específicas que hoy en día no se dan (se desarrollará esto en notas futuras).

Pero el Estado, además de tener apéndices empresarios, tiene muchos otros simbiontes: organizaciones y grupos para-estatales a los que necesita para mantener su dominio, y que a su vez necesitan de él para acumular y sostener privilegios.

Ya se habló en otras notas de cómo el Estado es en realidad una mafia auto-legalizada, que a la vez determina la legalidad o ilegalidad del resto de las cosas. La corrupción estatal no es anecdótica sino estructural.

En base a ella, en base a romper las mismas normas que él impone, junto a los cientos de mecanismos legales que dispone, es que puede mantener a toda una casta de parásitos sociales, además de los ya mencionados políticos y empresarios. Estos son, como se dijo en otra ocasión, las burocracias sindicales, las mafias de todo tipo, las barrabravas y patotas (entre ellos, los grupos neonazis y skinheads que el Estado jamás perseguirá, a menos que se vea obligado por la presión popular), los medios de "comunicación", las instituciones religiosas, las ONGs y fundaciones, y cientos de organismos paralelos de represión, control, legitimación, robo, saqueo, etc. etc.

Podemos señalar además varias características del mismo Estado, en tanto aparato dictatorial, identificables en cualquier sociedad, por más "democrática" que pretenda ser:

Al tener una maquinaria de coerción tan grande, al garantizarle a sus esbirros la posibilidad de llevar armas e "imponer la Ley", se vuelve inevitablemente prepotente y abusador, recuriendo incluso a la tortura en las comisarías, al gatillo fácil contra los pobres y la juventud, al asesinato de militantes populares...

Al ser la represión en última instancia su razón de ser, necesita albergar siempre a individuos expertos en esa tarea: ¿qué mejor que los fascistas, nazis, ultraderechistas católicos, etc. para esa tarea? ¿Cuántos comisarios, oficiales del ejército, etc. se han declarado ya abiertamente como admiradores de Videla, de Hitler o de Mussolini? Por esa razón, el Estado nunca se saca de encima a su núcleo duro ultrareaccionario: como mucho puede juzgar cosméticamente a unos cuantos, pero siempre habrá en sus filas muchos, muchísimos más.

Al necesitar justificar la existencia de su aparato represivo, El Estado debe estar permanente aterrorizando a su población, agitando siempre un fantasma de "inseguridad", atemorizando a las personas con la "delincuencia", o bien con el "terrorismo", los dos grandes comodines de la burguesía a la hora de imponer el pánico colectivo.

Pero además de todo esto, la burguesía, al ser una clase mundial, tiene sus propias jerarquías: de esta manera, la burguesía multinacional domina además en los Estados perisféricos, imponiendo además de todo, un saqueo colonial.

La democracia es una ilusión, porque no hay de ninguna manera un "gobierno del pueblo", sino una dictadura estatal que refrenda sus dirigentes ante la población. No se debe sin embargo caer en la simplificación de creer que todos los Estados son siempre exactamente iguales: es cierto que en la sociedad actual, el Estado permite una cierta libertad de acción, aunque obviamente restringida a la sociedad de clases, a la enajenación, y que ni siquiera termina de ser completa (ya vimos en el Hospital Francés el concepto de "democracia" que tiene la burguesía, al mandar a barrabravas con protección policial a reprimir a los trabajadores)

Podemos afirmar, por todo lo dicho y sin el menor margen para la duda, que nada bueno puede esperarse del Estado, que es irreformable y que necesita ser derribado para construir un mundo mejor.

La comuna, en cambio, es posible, deseable y necesaria, y puede nacer hoy mismo a partir de la negación del Estado que implica la auto-organización, el protagonismo de multitudes, etc. Cada apropiación por parte de la gente de su propio poder de decisión, cada asamblea popular, cada voto a mano alzada, erosiona las bases mismas del Estado y por lo tanto de la sociedad de clases. Si se quiere cambiar el mundo, es inevitable hacerlo por fuera y en contra de todos los Estados, de forma autónoma, acumulando contrapoder en cada ámbito donde la población realice su vida cotidiana.