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miércoles, octubre 17, 2007

Desmitificando al Che Guevara (Parte 3)

La revolución en ausencia de proletariado

¿Era posible que la revolución en Cuba siguiese un camino diferente?

Es difícil saberlo. Hay quienes sostienen que inclusive hubiera sido posible una revolución basada en el escaso proletariado urbano existente. Pero suponiendo que esta posibilidad no hubiese existido realmente ¿qué se podía hacer? La pregunta debe ser formulada más generalmente: ¿qué se puede hacer en los países donde no se ha desarrollado un proletariado con suficiente fuerza como para encabezar una revolución?

La expropiación de la burguesía, y en especial de la burguesía imperialista, es de por sí un progreso ya que conduce al debilitamiento de ella en todo el mundo y facilita su derrota, llevándola a la crisis en sus propios países. Si todos los países periféricos pudieran expropiar a la burguesía imperialista, entonces muy probablemente el capitalismo entraría en una crisis terminal en las propias potencias mundiales, incitando a sus propios proletariados a darle el golpe final. Además, la expropiación de la burguesía imperialista en cualquier país siempre tiende a producir una oleada de simpatía mundial en los sectores adelantados del proletariado, de los estudiantes y de las capas oprimidas en general, que los lleva a redoblar sus embates contra el capital. La revolución cubana de 1959 fue un factor de enorme peso para la radicalización de la lucha de clases ocurrida en la década del sesenta y setenta.

Estos argumentos eran parte de los sostenidos por las tendencias tercermundistas de la posguerra, dando lugar a los movimientos “de liberación nacional”. Ellos se dividían en general en dos grandes tendencias: por un lado, la de la “revolución por etapas”, que consideraba que las burguesías nacionales podían encabezar revoluciones que expropiasen a las extranjeras, por otro lado, una mucho más progresiva, que sostenía que ninguna burguesía era capaz de encabezar una lucha hasta el final contra el imperialismo.

El Che Guevara, justo es decirlo, era un exponente de la segunda tendencia, y jamás confió ni un milímetro en la capacidad de las burguesías nativas para enfrentarse al imperialismo, pese a que a muchos de los que hoy lo idolatran forman parte de la primera tendencia.

Pero, si la burguesía nacional no puede expropiar a la imperialista, y en algunos países tampoco existe un proletariado que pueda hacerlo ¿cuáles son las fuerzas capaces de conseguirlo? Evidentemente, sólo un partido-ejército que, apoyándose en los reclamos de las capas oprimidas, las oriente de una u otra forma hacia la toma del poder. Es probable que en estos contextos, la teoría foquista sea la única que pueda dar una respuesta para el problema de cómo movilizarlas en ausencia de un proletariado fuerte.

Es en este marco que la revolución cubana fue un hecho progresivo, en el sentido de que realizó todo lo que podía realizar: expropiar a la burguesía imperialista, para contribuir de esta forma a la crisis mundial del capitalismo y alentar a las masas en todo el mundo a imitar el ejemplo. Sin un proletariado urbano masivo, es muy poco probable que se pudiera conseguir algo más que ello. En este sentido, el Estado burocrático y el modo de producción burocrático pueden inclusive ser perdonables, hasta tanto no se generen las condiciones para una verdadera transición al comunismo, de la mano de los consejos obreros. Sin embargo, no hay que darle a estos casos mayor categoría de la que realmente tienen: las conclusiones que son válidas en ellos no lo son necesariamente para los demás, y esta es una diferencia fundamental que hay que poseer respecto a las tendencias tercermundistas.

Además, las masas deben tener derecho, aún en estos casos, a poseer las libertades democráticas que usualmente los Estados burocráticos reprimen, siempre y cuando estas medidas represivas no sean realmente imprescindibles para la defensa de la propiedad estatal frente a los intentos liberalizadores capitalistas. Aunque la historia demostró que, cuando a la capa burocrática la interesa la restauración de la propiedad privada, las medidas represivas no son usadas para defender las conquistas revolucionarias sino por el contrario, para terminar de aniquilarlas. Por eso, cuando la capa burocrática se vuelve restauracionista, la conquista de libertades democráticas es una necesidad cuyo sentido principal es, paradójicamente, defender la propiedad burocrática de los ataques de la misma burocracia.

Demás está decir que, cuando realmente existe un proletariado fuerte, capaz de asumir en sus manos la dirección de la sociedad, la conquista de libertades democráticas en los Estados burocráticos es una necesidad fundamental en todo momento, y la guerra con la capa burocrática debe ser frontal y absoluta, con el objetivo de derrocarla y abrirle el paso a la transición al comunismo. Sólo deben ser admisibles las medidas represivas completamente imprescindibles, e implementadas por los mismos órganos de autodeterminación del proletariado.

Ya han ocurrido en la historia casos en los que el proletariado entrara en conflicto abierto con la capa burocrática: Alemania Oriental en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968, etc. En el caso de Hungría, llegaron inclusive a formarse consejos obreros y a plantearse la necesidad de la “propiedad auténticamente socialista de la producción”, es decir, de la planificación combinada con la autogestión, en oposición al modo de producción burocrático heredado del estalinismo.

Estas cuestiones son centrales para realizar un balance de las experiencias pasadas, y tienen importancia también para las batallas que se avecinan. Nada nos indica que ciertas circunstancias adversas no vayan a repetirse en las revoluciones del futuro, si bien, afortunadamente, esto es poco probable, ya que el desarrollo de las fuerzas productivas en todo el mundo llevó a la generalización de la relación asalariada, el crecimiento de las ciudades, el incremento de los volúmenes de producción y el desarrollo de las tecnologías de transporte y comunicación, dando menos margen a la formación de una capa burocrática. Lo más probable es que, en las condiciones modernas, en el caso de que triunfe en algún rincón del mundo una revolución proletaria, esta lleve tarde o temprano al derrocamiento del capitalismo y la transición al comunismo, o que sea ahogada en sangre en el intento. En tiempos de globalización, la lucha se juega a todo o nada.

La restauración capitalista

La reconversión en burguesía privada es la única opción que le queda a la capa burocrática cuando el modo burocrático entra en crisis por sus contradicciones internas, que a la vez son producto de las condiciones económicas mundiales y de su intento de competir mercantil y bélicamente con el capitalismo de mercado. Es una “retirada en orden” en la que esta descarga el peso de la crisis sobre la población, salvando sus propios intereses. Las mismas medidas represivas que antes usaba para garantizar su posición de privilegio a través de la propiedad estatal, ahora las utiliza para conseguir la restauración capitalista.

Esto ocurrió en la URSS, aunque caóticamente y con grandes dificultades, por lo cual en su copia china se intentó hacerlo de forma más progresiva y controlada.

Tras la caída de la URSS, Cuba se quedó sin su mayor fuente de subsidios, por lo cual su economía presenta cada vez más atraso respecto al mundo capitalista. A esto se le suma la presión política e ideológica que impuso la propaganda burguesa gracias a la caída del mal llamado “socialismo real”.

Se plantea entonces, inevitablemente, la cuestión de la restauración capitalista en Cuba. A diferencia de los otros casos, a la capa burocrática se le presentan muchas dificultades para reconvertirse en burguesía privada mediante una transición, ya sea al estilo ruso o al estilo chino: la isla posee muy poco territorio, población, recursos e industria. Excepto el negocio del turismo, una de las mayores fuentes de ingreso para la economía cubana, no existen prácticamente negocios rentables para una futura burguesía de ex-burócratas, a diferencia de Rusia, por ejemplo, donde gracias a la industria del petróleo pudieron seguir enriqueciéndose. Además, una restauración capitalista podría llegar a destruir completamente la economía de la isla, trayendo enormes dificultades como tasas elevadas de desempleo, hambrunas, etc. Es muy probable que sea por estas razones que todavía no haya comenzado una restauración masiva de la propiedad privada. Por otro lado, Cuba todavía puede obtener un respiro gracias a los subsidios económicos que le otorga el chavismo venezolano con los hidrocarburos.

Sin embargo, es muy probable que tarde o temprano se termine llevando a cabo la restauración de la propiedad privada en Cuba, por las presiones económicas y políticas que sufre. La vieja guardia de dirigentes de la revolución del ’59 no va a ser eterna, y es muy poco probable que las nuevas camadas vayan a mantener las cosas como están.

Es necesario advertir y preparar a las masas para ello, porque el efecto ideológico que va a tener la caída del modo de producción burocrático va a ser devastador, gracias a la propaganda burguesa, que lo va a hacer pasar nuevamente como “el fracaso del socialismo”, como ya lo hizo con la URSS y China. La generación que vivió en su juventud la emoción de la revolución cubana va a terminar de dar el giro a la derecha que ya emprendió desde el fracaso del ascenso proletario y popular de los setenta. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones, que crecieron bajo la hegemonía neoliberal, van a ser afectadas en dos sentidos opuestos: por un lado, se va a fortalecer la idea que “no existe alternativa al capitalismo”, alentando la despolitización y el desánimo. Por otro lado, van a poder liberarse al fin de los últimos restos de la cosmovisión estalinista, lo cual permite que, de la mano de un balance correcto, se logre avanzar nuevamente hacia posturas clasistas, internacionalistas, dialécticas, revolucionarias y partidarias del protagonismo de masas, siempre y cuando se logre contrarrestar la influencia de las ideologías autonomistas, posmodernas, etc.

Por primera vez en más de ochenta años, se podrá recuperar el verdadero sentido de la palabra “comunismo”, se harán otras lecturas de las obras clásicas (de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Luxemburgo, etc.), etc. En este marco, no sólo no pierde vigencia la necesidad de partidos revolucionarios trotskistas, sino que estos inclusive adquieren una nueva responsabilidad que se agrega a las anteriores: la de orientar esa lucha teórica.

De la misma forma en que sólo estos partidos pudieron sobrevivir a la debacle del campo burocrático, mientras que todas las otras corrientes partidarias se disolvían, quedándole el terreno despejado para su intervención en la lucha de clases, ahora este mismo proceso se agudizará, abriendo perspectivas muy interesantes. El problema que se plantea en esta nueva etapa ya no es tanto de dirección, sino de articulación entre los partidos trotskistas y las masas, los movimientos y sus sectores más avanzados.

El caso de Venezuela

Por último, es necesario hacer un balance sobre la situación actual en Venezuela. Se da allí un caso muy particular: a contramano de lo que ocurre en el resto del mundo, un gobierno surgido del ejército burgués encabeza un proceso que se denomina a sí mismo “revolucionario” y “socialista”. Y no sólo eso, sino que inclusive hace referencias al marxismo y a los dirigentes de la revolución rusa.

Es muy difícil adivinar las intenciones de la dirección de este proceso (es decir, el grupo de oficiales del ejército, los empresarios nacionalistas y la burocracia sindical, una estructura que recuerda mucho al peronismo y a todos los movimiento nacionalistas burgueses). Sin embargo, hay algo que se hace bastante evidente: el deseo de este grupo de avanzar en la nacionalización de algunos sectores de la economía.

Algunas corrientes autodenominadas “marxistas”, ven en estas nacionalizaciones, al igual que en la revolución cubana, el inicio del socialismo, especialmente por su combinación con la retórica antes mencionada.

Sin embargo, y por más progresivas y deseables que sean, las nacionalizaciones no sólo no significan la apertura del camino al socialismo (ni mucho menos su consumación), sino que son parte de los intereses de una capa de empresarios privados y estatales, actuales y futuros, que a través de ellas piensan incrementar sus ganancias gracias a las posibilidades de inversión, de explotación de los hidrocarburos y de expansión de los mercados que esas nacionalizaciones abren.

Pero entonces ¿cuál es el sentido de la retórica revolucionaria? Por un lado, ganarse el apoyo en todo el mundo de las tendencias más centristas de la izquierda, recreando ese espacio político que quedó vacante desde la caída de la URSS. Por otro lado, legitimar ante las mismas masas el proyecto de las nacionalizaciones, que desde la ofensiva neoliberal fueron víctimas de una campaña propagandística demonizadora.

Si bien es cierto que esta retórica, y la dinámica del proceso en general, pueden llevar a una radicalización del proceso, la misma estructura verticalista de los sindicatos chavistas y del nuevo Partido Socialista Unificado se encargarán de contenerlo, de la misma forma en que lo hizo el peronismo en la Argentina en las décadas del ’40, ’50, ’60 y ’70.

Los dirigentes sindicales y partidarios clasistas ya están siendo perseguidos y reprimidos, obviamente bajo la acusación típicamente estalinista de “ser funcionales a la oposición burguesa” o directamente “agentes del imperialismo”.

El porvenir de la Venezuela chavista y de los restos de la Revolución cubana están íntimamente ligados: ambos se necesitan mutuamente, y difícilmente una vaya a soportar la caída de la otra. De ellas depende también la capacidad de los gobiernos “progresistas” como el de Kirchner, Lula, Evo Morales, Tabaré Vázquez, Bachelet, Correa, etc. para mantener su retórica y simbolismo, formando entre todos ellos una simbiosis que les permite a sus respectivas clases y capas dominantes mantener y expandir sus beneficios.

En esos países y en todo el mundo, la única transformación posible vendrá de la mano del proletariado arrastrando tras de sí a las capas oprimidas, y bajo la conducción de los partidos revolucionarios trotskistas.

lunes, octubre 15, 2007

Desmitificando al Che Guevara (Parte 2)

La influencia ideológica del estalinismo


La segunda guerra mundial modificó fuertemente el panorama de la lucha de clases mundial. A su término, el Estado burocratizado de la URSS se había expandido militarmente por sobre Europa oriental, fortalecido su capacidad industrial y bélica, y por lo tanto, elevado su posición mundial a la de segunda potencia, compitiendo cabeza a cabeza con EEUU. De esta forma, se había fortalecido también, y especialmente, la capa social burocrática que lo dirigía.

Una de las consecuencias que tuvo este hecho, es que aumentó también su influencia ideológica en todo el mundo. La capa burocrática, al haberse formado como degeneración de la dictadura del proletariado, sólo podía justificar su existencia y sus políticas reaccionarias con un doble juego: por un lado, tomando como punto de partida a la teoría de Marx y Lenin, por otro lado, distorsionándola de tal forma que le quedara a medida.

Es este “marxismo leninismo” distorsionado, fabricado en las usinas ideológicas de la capa burocrática de la URSS, el que predominó en los medios revolucionarios de posguerra. Mao Tse Tung, Fidel Castro y el Che Guevara fueron exponentes de esta tendencia.

Esta distorsión teórica sobre el marxismo original y su desarrollo leninista, fue efectuada en distintos campos. En un primer momento, fue el engendro teórico del “socialismo en un solo país” el encargado de enterrar la clarísima exposición de Marx y Engels sobre la necesidad imperiosa de una revolución en los países dominantes para que sea concebible una transformación radical en las relaciones de producción. De esta aberración se desprende la siguiente: la proclamación del socialismo/comunismo, de la “sociedad sin clases” como ya alcanzada en la URSS (error en el que ya habían incurrido parcialmente los mismos bolcheviques, pero sin la intencionalidad conservadora con la que lo hizo el estalinismo).

Pero esto no fue suficiente para la capa burocrática, que debió atacar todavía el otro pilar de la teoría marxista, el del sujeto revolucionario. Para el marxismo original, el proletariado constituido en clase, arrastrando tras de sí a las capas oprimidas, era el único que podía llevar a cabo una revolución que abriese el camino al comunismo, y para el desarrollo leninista, esto sólo era posible si era bajo la dirección de un partido revolucionario.

Para el “marxismo leninismo” distorsionado, en cambio, lo único importante era el Partido, que podía conducir directamente a las capas oprimidas sin mediación del proletariado, y por lo tanto, sin mediación de sus órganos de autodeterminación ni de su impulso consciente.

En estas condiciones, el “marxismo leninismo” distorsionado desarrolló también otra aberración teórica: la de “revolución socialista”. Para Marx, la revolución era solamente revolución proletaria, y por las medidas anticapitalistas que ésta tomaría, llevaría a largo plazo al comunismo, es decir, a la sociedad sin clases sociales ni Estado.

En el concepto de “revolución socialista”, lo que se entierra es justamente el carácter necesariamente proletario de la revolución, mientras se da a entender que el socialismo puede ser resultado de un decreto fundacional, cosa absolutamente falsa y que ignora el carácter complejo de las relaciones sociales de producción.

Todas estas cuestiones pueden ser fácilmente observadas en el cuerpo teórico creado por el maoísmo, el guevarismo y demás tendencias tercermundistas.

Con ellas es coherente, además, la metodología propuesta por el Che Guevara de crear un foco guerrillero que “genere las condiciones” para un levantamiento campesino y urbano dirigido por éste. Esta propuesta jamás pasó la prueba de la historia en contextos urbanos e industriales desarrollados, ya que el proletariado, por sus características, posee una dinámica propia que lo lleva a no participar masivamente en procesos que no tengan como punto de partida su propia actividad independiente, y en particular la lucha gremial. El método foquista llevó, además, a la formación en Cuba de un Estado burocrático desde el comienzo, que de ninguna manera abrió el camino al comunismo (cosa que por otro lado, tampoco era posible mientras la revolución quedase aislada).

La formación histórica de la capa burocrática y de su modo de producción


Para entender todas estas cosas, es necesario hacer una recorrida histórica por los orígenes de la capa burocrática y de su modo de producción asociado.

En octubre de 1917, se dio en Rusia el más profundo proceso revolucionario ocurrido hasta el momento en la historia.

El proletariado y el campesinado, organizados en asambleas y consejos de delegados (soviets), y en medio de una masiva huelga general, comenzaron a pronunciarse a favor de la toma del poder. Removieron a las direcciones reformistas, poniendo en su lugar al Partido Bolchevique, el único que había sostenido firmemente la necesidad de derrocar al gobierno provisional burgués y establecer un gobierno obrero-campesino. Bajo la dirección de este Partido, se levantaron insurreccionalmente, destruyeron al Estado zarista y dieron lugar a la formación de el primer Estado obrero de la historia (segundo, si se considera a la efímera Comuna de París), no sin batirse antes a muerte con los ejércitos blancos de la contrarrevolución y la intervención imperialista, en lo que fue conocido como Guerra Civil Rusa. El carácter proletario de este Estado se hace evidente en su misma denominación: Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Luego el adjetivo “soviético”, de la mano de la reacción estalinista, pasaría a nombrar exactamente a su contrario.

Pero esta revolución proletaria no podía abrir el camino al comunismo si no se extendía también a las potencias capitalistas. Mientras el proletariado ruso se desangraba en la Guerra Civil, la revolución era también aplastada en Alemania, Italia, Hungría, etc.

El aislamiento que de ello se desprendió, sumado a las dificultades específicas de un país periférico, de economía muy atrasada y enorme mayoría campesina, llevaron a que el Partido Bolchevique (renombrado Partido Comunista) debiera ir progresivamente suprimiendo la democracia obrera y militarizando la producción y la vida social en general, lo cual tuvo como consecuencia la formación de una capa burocrática. En estas condiciones fue que la camarilla reaccionaria de Stalin pudo hacerse con el control del Partido Comunista, dando lugar a la liquidación de enormes conquistas revolucionarias. Como un cáncer, el estalinismo devoró “desde adentro” todo vestigio de dictadura del proletariado, inaugurando la dictadura de esa capa burocrática.

De esta forma, la única revolución obrera y soviética triunfante de la historia dio lugar al surgimiento de la capa burocrática y, con ella, del modo burocrático de producción, es decir, de la economía planificada sin protagonismo de multitudes y con una capa privilegiada que, al igual que en el capitalismo, se enriquece gracias la extracción de plusvalía en el proceso productivo mismo y sin coerción interna (a diferencia de la esclavitud).

Esta anomalía histórica solo pudo ser posible gracias, por un lado, a la fuerza titánica de la revolución proletaria (que pudo transformar radicalmente las relaciones sociales de producción), y por el otro, a las condiciones objetivas adversas nacionales e internacionales, aunque también motivada probablemente por algunas concepciones poco dialécticas del bolchevismo (lo que no implica negar su importantísimo rol en la revolución rusa y la validez de muchas de sus enseñanzas sobre el Partido).

La situación de esta capa burocrática era muy particular, ya que, si bien dominaba de hecho la producción y la vida social en general, y se enriquecía gracias a ello, no poseía ninguna garantía jurídica y cultural de sus privilegios, por la ausencia de propiedad privada y de otras formas de institucionalización (como lo eran, por ejemplo, en el modo feudal, los fueros personales como títulos nobiliarios, etc.).

De esta forma, los miembros de la capa burocrática no tienen asegurada su posición dominante, por lo cual su principal preocupación va a consistir siempre en perpetuarse, lo cual sólo es posible mediante el terrorismo estatal y el control rígido y verticalista de la vida social en general y de la producción en particular.

Necesitan, además, de una figura fuerte que pueda disminuir las tensiones internas de esa capa y oscurecer su existencia ante los ojos de las multitudes, presentándose como caudillo. Esto empalma con la lógica necesidad de dirigentes fuertes en todos los grandes procesos, pero transformando cualitativamente su contenido. Así, Stalin se ganó su lugar entre la capa burocrática soviética, usando el simbolismo de la figura fuerte de Lenin para erigirse como máximo dictador, creando a su alrededor una mística paternalista.

Allí donde las masas anónimas encuentran dificultades para asumir la dirección de sus propios asuntos (en el caso cubano, por la ausencia de un proletariado con organismos de autodeterminación), se genera una expectativa mesiánica alrededor de los dirigentes fuertes, que ya sienta las bases para su transformación dictatorial en Primer Burócrata. Este es claramente, el caso de Fidel Castro y Mao Tse Tung, y por extensión, del Che Guevara, que además tuvo la mala suerte de ser tomado como referente hollywoodense del marketing de la “juventud rebelde”.

Este modelo burocrático estalinista fue copiado en las revoluciones de posguerra por partidos-ejércitos separados del proletariado y sus organismos, que dirigiendo masas campesinas (carentes de organismos de autodeterminación) impulsadas por la demanda de reforma agraria y libertades democráticas, llegaron al poder político, expropiando a la burguesía y deviniendo luego ellos mismos como la nueva capa dominante. En el caso de Cuba, esto no se dio desde un inicio, sino que la revolución adquirió un carácter burocrático y no meramente nacionalista campesino en la medida en que necesitaba expropiar los resortes principales de la economía para completar esas tareas, y que requería asociarse con la economía de la URSS para desarrollar sus fuerzas productivas y defenderse militar y diplomáticamente.


El Che y la capa burocrática


Si bien el Che Guevara repudió siempre los privilegios de la capa burocrática, no comprendió nunca que la única forma de evitarlos es, por un lado, con la vida política y social en manos de los organismos de autodeterminación de masas (como en la Comuna de París), y por otro lado, con la gestión obrera de la producción, y que ambas cosas requieren del protagonismo de un proletariado moderno que pueda arrastrar a todas las capas oprimidas, por las razones antes mencionadas.

Su crítica de la URSS era en tanto “socialimperialismo” y en tanto continuación del reino de la ley del valor, que él pretendía eliminar idealísticamente mediante la creación de un “hombre nuevo” en base a la educación y el ejemplo. Esta pretensión resulta claramente utópica cuando se tiene en cuenta que la ley del valor no puede dejar de regir en un lugar aislado del mundo, y mucho menos en uno escasamente industrializado, subsidiado por una economía muchísimo mayor (la URSS), y dependiente de la agricultura. El “hombre nuevo”, en ese contexto, sólo puede ser utilizado por la capa burocrática como legitimación del “trabajo voluntario” y demás formas de extracción de plusvalía.

(continuará...)

sábado, octubre 06, 2007

Desmitificando al Che Guevara (Parte 1)

Han pasado ya 40 años desde el fusilamiento del Che Guevara en Bolivia. La importancia simbólica que ha cobrado últimamente su figura provocó que en todos lados se estén realizando homenajes, documentales, etc.

En este marco, Alegre Subversión quiere aprovechar para introducir un debate sobre un aspecto un poco más profundo que su vida personal, su “gesta heroica” y demás atributos literarios. Es decir, quiere introducir un debate sobre sus posiciones teóricas y su relación con el proceso histórico que protagonizó, la revolución cubana.

En primer lugar, es necesario hacer una serie de reconocimientos preliminares para evitar malinterpretaciones. Sin duda alguna, el Che era un hombre de gran calidad personal, valentía y entrega a la causa, con una muy fuerte y sincera voluntad de mejorar la calidad de vida de los sectores explotados y de acabar con la dominación imperialista y sus consecuencias. También era fuertemente internacionalista, anticapitalista, y tenía muy en claro la necesidad de una revolución, en un momento donde todas estas cosas no eran ya tan comunes.

Sin embargo, también hubo millones de otras personas con esas características, que no han recibido el reconocimiento que merecen, perdiéndose en el anonimato. Es el caso de enormes cantidades de hombres y mujeres que han luchado en primera fila en todos los procesos revolucionarios, desde las revueltas de los esclavos romanos hasta los caídos en las manifestaciones populares recientes, pasando por la revolución francesa, la Comuna de Paris, las revoluciones rusas, la Guerra Civil Española y las huelgas clasistas de la década del 70, entre muchas otras.

Por otro lado, si bien al Che Guevara hay que reconocerle todas estas virtudes personales y políticas, es casi lo único que se le puede reconocer, porque como teórico debe ser implacablemente criticado. Ahora sí, vayamos a lo importante.


¿Tercermundismo o revolución proletaria mundial?


Cuba se caracterizaba, en el momento de la revolución (1959) por ser un país con muy poco territorio y recursos naturales, cuyo peso económico recaía en la agricultura, con una población mayoritariamente agraria y un muy escaso desarrollo industrial. Sus principales empresas y explotaciones agrícolas dependían del capital extranjero, en especial del estadounidense, y el país era gobernado por una dictadura militar.

La revolución cubana fue, por lo tanto, una revolución esencialmente campesina, que perseguía una reforma agraria, la liberación nacional y la adquisición de libertades democráticas, que fue iniciada y conducida por un partido-ejército guerrillero. Este partido-ejército, una vez que tomó el poder, fue expropiando progresivamente a la burguesía y asociándose con la Unión Soviética, estableciendo un modo de producción burocrático (es decir, sin protagonismo de masas) y con fuerte dependencia a los subsidios de la URSS. Todo esto bajo la bandera del “socialismo” o “comunismo” y haciendo alusión a la tradición del marxismo.

Sin embargo, observando las características de la revolución cubana y las posiciones teóricas de sus dirigentes, se vuelve más que evidente la contradicción entre ellas y las características de la revolución proletaria mundial que Marx y Engels defendían. Algunos de los defensores de los postulados guevaristas sostienen que éste realizó una “adaptación a la situación latinoamericana”, como si fuera posible tal cosa, como si los enunciados del materialismo dialéctico no fueran ya de por sí universales.

Marx sostiene, en La ideología alemana(1846):

“Con esta «enajenación» (...) sólo puede acabarse partiendo de dos premisas prácticas. Para que se convierta en un poder «insoportable», es decir, en un poder contra el que hay que hacer la revolución, es necesario que engendre a una masa de la humanidad como absolutamente «desposeída» y, a la par con ello, en contradicción con un mundo de riquezas y de educación, lo que presupone, en ambos casos, un gran incremento de la fuerza productiva, un alto grado de su desarrollo; y, de otra parte, este desarrollo de las fuerzas productivas (...) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la porquería anterior; y, además, porque sólo este desarrollo universal de las fuerzas productivas lleva consigo un intercambio universal de los hombres, en virtud de lo cual, por una parte, el fenómeno de la masa «desposeída» se produce simultáneamente en todos los pueblos (competencia general), haciendo que cada uno de ellos dependa de las conmociones de los otros y, por último, instituye a individuos histórico-universales, empíricamente universales, en vez de individuos locales. Sin esto, 1) el comunismo sólo llegaría a existir como fenómeno local, 2) las mismas potencias de relación no podrían desarrollarse como potencias universales y, por tanto, insoportables, sino que seguirían siendo simples «circunstancias» supersticiosas de puertas adentro, y 3) toda ampliación de la relación acabaría con el comunismo local. El comunismo, empíricamente, sólo puede darse como la acción «coincidente» o simultánea de los pueblos dominantes, lo que presupone el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el intercambio universal que lleva aparejado.

(...). Por tanto, el proletariado sólo puede existir en un plano histórico-mundial, lo mismo que el comunismo, su acción, sólo puede llegar a cobrar realidad como existencia histórico-universal. Existencia histórico-universal de los individuos, es decir, existencia de los individuos directamente vinculada a la historia universal.

Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.”

Es decir: el comunismo sólo puede existir como movimiento universal (mundial) de negación del estado de las cosas, de la mano del proletariado moderno, en forma de acción coincidente en todas las potencias dominantes, y con un alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas que permita socializar la riqueza y no la escasez.

¿Qué relación existió entre estas hipótesis y la revolución cubana? Prácticamente ninguna.

En primer lugar, no se puede hablar de socialismo ni de comunismo hasta tanto no haya sido derribado el capitalismo en las principales potencias mundiales, porque sino, ellas seguirían ejerciendo una hegemonía económica y militar en el mundo, que ahogaría las revoluciones o las obligaría a implementar un ritmo de autoexplotación para poder sobrevivir, como de hecho ocurrió en todas las revoluciones autoproclamadas “socialistas” que triunfaron hasta el momento. El fantasma de la invasión militar, la dependencia de su producción industrial, etc. lleva a los países en los que haya triunfado la revolución a mantener vigente la ley del valor capitalista y a organizar de forma militarista la producción y la vida social en general, es decir, en última instancia, a liquidar toda posibilidad de verdadero socialismo/comunismo.

Las revoluciones que no derriben al capitalismo en las potenciales centrales, en el mejor de los casos pueden ser consideradas revoluciones de transición, de cara a la expansión de esta a todo el planeta.

Sin embargo, para que una revolución sea transicional, requiere que desde su mismo inicio implique una disolución de las relaciones sociales enajenadas, es decir, una apropiación consciente por parte de las masas de la producción y de la vida social en general. Requiere por lo tanto de organismos de autodeterminación de masas. Pero estos organismos no pueden existir de forma duradera, ni subvertir realmente las relaciones sociales, si no están constituidos por la única clase social que puede hacerlo y que tiene razones para ello: el proletariado urbano moderno, en especial aquel que se desempeña en el área de la producción material, y que por lo tanto constituye la base social de la explotación capitalista, por lo cual se encuentra en la mayor contradicción con la burguesía, y tiene en sus manos el poder paralizar la producción y tomarla bajo control autogestivo, disolviendo de esa manera desde la base el proceso de apropiación de plusvalía revolucionando con ello las relaciones sociales de producción en su totalidad.

La revolución cubana, por lo tanto, no fue ni siquiera una revolución de transición, ya que no existía en Cuba un proletariado urbano lo suficientemente extenso como para tomar en sus manos la tarea de expropiar a la burguesía por sí mismo, es decir, sin falsas representaciones burocráticas.

El campesinado, por más que pueda en ciertas condiciones crear sus órganos de autodeterminación (como los soviets de campesinos en Rusia, o las colectividades agrarias de la Guerra Civil Española), no suele hacerlo sino es en paralelo a un levantamiento insurreccional del proletariado urbano, ya que por sí mismo no cumple con las condiciones necesarias para tomar la iniciativa: gran concentración poblacional y laboral, agilidad en el transporte y las comunicaciones, dependencia de un reducido número de empresarios, homogeneidad en el modo de vida, etc., que permiten que las masas formen un bloque compacto con independencia política. En Cuba estos organismos no existieron: el proceso revolucionario fue iniciado y dirigido por el grupo guerrillero.

Por último, para que una revolución proletaria y autodeterminada pueda sobrevivir estableciendo un rumbo transicional, y no degenerar burocráticamente (como ocurrió en Rusia), se necesita que el país en el que se desarrolla exista cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas y cierta generalización de la condición asalariada, para que la revolución proletaria no sea aislada y enfrentada con los pequeños productores (rurales o urbanos) y para que no caiga en la escasez desmoralizando y causando divisiones en el seno del bando revolucionario. Es decir, aún si hubiera existido en Cuba una revolución proletaria (lo cual era imposible por las razones mencionadas), esta hubiera seguido probablemente el mismo camino que la revolución rusa.

En conclusión: es imposible realizar el socialismo mientras sigan en pie las potencias capitalistas. Es necesario derrotar a la burguesía imperialista en sus propios países en combinación con las revueltas periféricas, realizar la revolución en países donde la relación salarial esté generalizada y existan grandes ciudades (para evitar la reacción de la pequeño burguesía y crear grandes concentraciones de población que dinamicen los procesos), que haya fuerzas productivas desarrolladas para no socializar la escasez ni imponer ritmos de autoexplotación salvaje, y que existan grandes batallones proletarios concentrados, en especial en el área de la producción material.

Los consejos obreros, los soviets, son la expresión más acabada del rol revolucionario que puede desempeñar la clase obrera, que es producto de sus condiciones de existencia en tanto tal: es al mismo tiempo la fuente de toda riqueza material y la clase despojada de todo control sobre su propia vida y sobre el producto de su trabajo. Todas las otras clases explotadas y oprimidas pueden cumplir un rol revolucionario, pero siempre que marchen al lado del proletariado organizado desde las bases. No es posible la transición al socialismo sin consejos obreros, y al mismo tiempo, la clase obrera no puede existir positivamente (es decir, como sujeto político) si no es siendo dueña de su propio movimiento de emancipación, ya que allí donde se subordina políticamente a otras clases, aparatos o caudillos, lo único que puede conseguir es perpetuar de una u otra forma su situación de miseria. Es por estas razones que Marx eligió, como lema de la gloriosa Primera Internacional, la siguiente frase: la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos.

lunes, agosto 13, 2007

Una breve mirada sobre la Argentina de los setenta

Siguiendo firmemente con la línea de batalla ideológica que este blog se planteó, este artículo busca contribuir a la caída de ciertos mitos imperantes en el discurso público y en el punto de vista que lo sustenta (tanto en la dirigencia mediática-política-intelectual-sindical-etc. como en las personas comunes y corrientes que nos cruzamos todos los días), respecto a la década del setenta en la Argentina.

Para ello, necesariamente hay que intentar derribar también a otros mitos previos, que van formando los peldaños que llevan finalmente a los actuales y que serán también punto de partida para los futuros.

En primer lugar, para hablar de la Argentina de los setenta, es fundamental tratar de explicar qué es el fenómeno conocido como “peronismo”, especialmente teniendo en cuenta la siguiente afirmación “en los setenta, la clase obrera argentina era peronista”.

Si uno toma ese enunciado esquemáticamente partiendo de los supuestos ideológicos burgueses, no se explica cómo es posible que, una vez vuelto Perón al poder, los conflictos de clase continuaran y se intensificaran, ni mucho menos, por qué la burguesía solía manifestar tanta angustia con respecto a los “grupos subversivos” y “guerrilleros”, durante el gobierno de Perón y aun después de su muerte, cuando supuestamente la clase obrera ya estaba “inmunizada” contra la “doctrina comunista”.

El primero mito a desmontar en este caso es el de las “doctrinas”, “ideologías”, etc. La burguesía supone que los individuos actúan motivados por sistemas cerrados de ideas, que cada uno de esos sistemas es incompatible con los demás, y que no hay nada por fuera de la propaganda o del razonamiento al estilo cartesiano que permita cambiar un sistema cerrado de ideas por otro. Sin embargo, como “el hombre” tendría una “naturaleza”, y esa naturaleza sería la capitalista, entonces “el hombre” sería proclive a las ideologías/doctrinas capitalistas, elección que sería más fácil de tomar si la “educación” lograra erradicar la “ignorancia” de las personas y su “oposición al progreso”. Esta forma de ver las motivaciones individuales fue desarrollada por la burguesía cuando ya era fuerte en el terreno económico y comenzaba a fortalecer teóricamente lo que hasta el momento era una visión del mundo débil y desorganizada. Esta cosmovisión, que recibió el nombre de liberalismo, iluminismo, individualismo y más adelante positivismo, la ayudó a ganarse el apoyo de las multitudes y gracias a ello, a conquistar el poder político, desde el cual consiguió difundir y naturalizar estas teorías en la mentalidad de las masas.

El mito no solo demuestra el profundo desconocimiento que los seres humanos todavía tenemos sobre nosotros mismos, sino especialmente, la enorme ignorancia que posee la burguesía, y que debe alimentar constantemente para maquillar las grandes mentiras en las que se funda su existencia como clase dominante.

La burguesía, para mantener su dominación, debe desconocer voluntaria o involuntariamente la existencia de una contradicción entre los intereses de las clases sociales, y más aun, el hecho de que esa contradicción puede llevar a una confrontación y hasta a una guerra abierta y total.

Por esa razón, aquello que los revolucionarios describimos como una forma de conciencia asociada a la lucha de clases (el comunismo), la burguesía lo define como una “doctrina” o “ideología” en el sentido explicado anteriormente. Lo que para nosotros emana de una contradicción social insalvable, para la burguesía surgía desde Moscú y ahora lo hace desde los grupos nostálgicos. Para nosotros, la revolución rusa fue uno de los tantos productos de la lucha de clases, que también generan en algunos casos una forma de conciencia comunista. Mientras que para la burguesía, la revolución rusa fue el producto de la “propaganda” de la “doctrina comunista” y la mayor causa de su difusión en el mundo. Para nosotros, la degeneración burocrática de la URSS no es producto del triunfo del polo proletario de la revolución social, sino de su polo opuesto (la burocracia), cuya forma de conciencia más estable no es por lo tanto el comunismo sino el estalinismo convertido en “doctrina comunista” por su naturaleza contrarrevolucionaria. En eso, la burguesía y la burocracia concuerdan: la “doctrina comunista” es un invento de Stalin, pero lo que no quieren reconocer es que esa “doctrina” es totalmente opuesta a la forma de conciencia comunista asociada al polo proletario de la lucha de clases, porque de hecho, creen que la última no existe y que es una manifestación de la anterior.

Sin embargo, no todas las formas de conciencia asociadas al polo proletario de la lucha de clases son comunistas. La historia ha dado a conocer varias otras: el anarquismo, la socialdemocracia… e inclusive el mismo peronismo.

He aquí la gran paradoja, que la burguesía jamás podrá identificar: esa clase obrera peronista, no poseía la “doctrina peronista” más que superficialmente, mientras que sus acciones reales se veían motivadas por la lucha de clases y por la forma conciencia asociada a ella, que se desarrollaba subrepticiamente bajo esa ambigua etiqueta de “peronista”.

Por esta razón, no solo la burguesía sino inclusive el mismo general Perón, temía enormemente a esta clase obrera “peronista”, a tal punto que la encorsetaba en sindicatos verticalistas y controlados por el Estado, le “dejaba darse el gusto” con obras sociales para que no intentara buscarlas por su cuenta con la lucha autónoma, etc. Cuando ante el golpe burgués gorila del ’55, los obreros “peronistas” salieron a la calle pidiendo armas para resistir, el general Perón y la burocracia sindical se las negaron, porque sabían perfectamente que el proletariado en armas es el primer paso hacia la destrucción del Estado burgués y de la sociedad de clases en su totalidad.

Es en este contexto en el que debe entenderse la situación en la Argentina de los años setenta. El segundo gran eje para analizar es el de las organizaciones armadas o “guerrilleras”.

Para la burguesía, un “guerrillero izquierdista” es un “comunista” armado. Para los revolucionarios, un “guerrillero izquierdista” puede ser cualquier cosa, pero en todos los casos, es producto de una situación particular de la lucha de clases y está inmersa en ella, teniendo consecuencias.

De cualquier manera, en la Argentina de los setenta no había simples “guerrilleros izquierdistas”, sino, sobre todo, personas que militaban activamente en los ámbitos proletarios y estudiantiles, y que como forma adicional de esa militancia, tomaban las armas, asignándoles mayor o menor importancia estratégica según el caso.
Para la burguesía, los Montoneros eran un grupo de “comunistas” disfrazados de “peronistas” que planeaban imponer el terror en la Argentina mediante la lucha armada. Desde este mismo punto de vista, las organizaciones guevaristas serían lo mismo solo que sin disfraz. Para liberar a la “Nación” de este reino del terror, era necesario exterminar a la “amenaza subversiva” eliminando a los “terroristas” y a sus colaboradores de superficie, cosa que solo lograron en el ’76, cuando se produjo el “vacío de poder y la anarquía” que habrían dejado la muerte de Perón y el gobierno de Isabel.

Sin embargo, sobre esto último se pueden señalar muchísimas cosas. En primer lugar, que las tendencias montoneras y guevaristas que militaban dentro del proletariado y del campo popular, fueron siempre, aún durante el gobierno de Perón, una fuente de radicalización respecto a la situación política, ya que aportaban con esa militancia y con su forma de conciencia una inyección de vitalidad a la confrontación entre clases distorsionada por las ilusiones. Por esta razón, la eliminación de estos grupos era una tarea fundamental para el propio Perón, que creó a través de López Rega los grupos de choque reaccionarios conocidos como “Alianza Anticomunista Argentina”.

Pero, especialmente, que con la muerte de Perón, aquello que constituía el sustento principal de la adhesión proletaria a las estructuras del movimiento “justicialista” se desmoronó, dando lugar de esta forma, como pocas veces había ocurrido en medio siglo, a un accionar fuertemente autónomo, que lo enfrentó contra el propio gobierno pos-peronista de Isabel, en la huelga de masas de 1975 desencadenada contra las medidas económicas liberalizantes del gobierno (“rodrigazo”). Si bien el proletariado no consiguió con esto liberarse de la burocracia sindical peronista, si provocó dos consecuencias: por un lado, la caída del ministro de economía y de López Rega, por otro lado, el pánico de la burguesía, que comenzó a sentirse realmente amenazada.

La huelga general del ’75 abrió una situación sin precedentes. La lucha de clases había perdido sus principales obstáculos, y las organizaciones montoneras y guevaristas se volvieron entonces, POTENCIALMENTE (ya que no efectivamente), en una amenaza mucho mayor: eran los únicos núcleos sólidos e impecables dentro del proletariado, y que le ofrecían a este una orientación política prácticamente sin contrapesos. Y si bien esta línea era mucho más clara en el PRT-ERP guevarista, los Montoneros poseían una organización muchísimo mayor, y todavía estaba fresco en las personas el recuerdo de las movilizaciones en las que llegaron a nuclear a alrededor de un millón de personas y su enorme influencia sobre el proletariado y el movimiento popular en la agitación pro-camporista.

De esta forma, a la burguesía se le planteaba una cuestión de vida o muerte: debía exterminar a todos los elementos radicalizados del movimiento proletario y popular, y especialmente a sus núcleos organizados.

Por esta razón, la dictadura del ’76 no fue contra “los terroristas” que practicaban la lucha armada: una enorme cantidad de detenidos-desaparecidos no había participado en ella. Pero aun los que lo hicieron, no fueron asesinados por las supuestas “bombas contra inocentes”, como pretenden los dinosaurios que (a diferencia de otros que quieren pero no se atreven) siguen reivindicando el golpe de Estado. Esto no hubiese requerido de la implementación sistemática del método del secuestro clandestino, tortura, asesinato y desaparición del cadáver, aplicado indiscriminadamente contra todo aquel que simpatizara con ideas “de izquierda” o que participara de la lucha de clases.

El terrorismo de Estado fue, al igual que con los fascismos europeos, la respuesta de una burguesía aterrorizada ante la disolución de todo lo que garantiza su dominación de clase.

martes, agosto 07, 2007

Sobre la supuesta “posmodernidad”

1) La sociedad en la que vivimos es una sociedad de clases, dominada por la burguesía. Todos los aspectos de la vida social están teñidos por esa dominación, nada está ni puede estar aislado ni por encima de las modernas relaciones de clases, del modo de producción y circulación.

2) La dominación burguesa no está enemistada solamente con los trabajadores asalariados a los que explota y con los desocupados a los que excluye y sumerge en la miseria, sino también con la especie humana y con los seres vivos en su totalidad. Las guerras que provoca, la depredación y contaminación del medio ambiente son tal vez las razones más obvias y generales para derrocarla, pero no son las únicas. El desarrollo de la burguesía y de las formas de producción-circulación a las que está asociada lleva cada vez más a la degradación de muchos aspectos de la vida, en especial de los lúdico-creativos, es decir, aquellos ligados a la sencilla búsqueda del placer, de la felicidad, de la satisfacción. Hoy en día todas esas palabras se asocian con banalidades: ese es justamente el producto de la dominación burguesa. La exploración de formas de vida, de relacionarse con las personas y de divertirse, la filosofía y el arte, entre otras, quedaron sepultadas por el reino de la mercancía, que para todas las necesidades ofrece pseudo soluciones prefabricadas que cada vez satisfacen menos. “El valor de cambio desplaza cada vez más al valor de uso, la cantidad a la calidad”, decían los situacionistas. A las largas jornadas laborales, bajos salarios, desempleo, guerras y contaminación se le agregan también el aburrimiento crónico, la repetición mecánica de actitudes y gestos, el vaciamiento de todo posible contenido profundo de la vida.

3) Aunque todos los sectores sociales tienen sobradas razones para derrocar a la dominación de la burguesía, el único que puede encabezar ese proceso es el proletariado, porque es el único que tiende a enfrentarse cotidianamente con la burguesía en sus lugares de trabajo, a unificarse alrededor de un interés común, gracias a su concentración, a su necesidad de vender regularmente su fuerza de trabajo, etc.

Esto además ha sido demostrado por la historia: las mayores sacudidas que sufrió la sociedad de clases fueron encabezadas por el proletariado. Inclusive este ha llegado, en la Rusia de 1917, a derrotar al aparato estatal burgués y ensayar, aunque en condiciones muy adversas, la transición al socialismo, que fue rápidamente abortada.

Es cierto que en ese y muchos otros casos también jugaron un rol importante los campesinos, pero en aquellos en los que el proletariado no estuvo al frente de ellos, su energía revolucionaria fue absorbida por los nacionalismos burgueses, o dispersada y derrotada, o usada como trampolín para la formación directa de una capa burocrática.

En el proletariado, por lo tanto, se concentran todos los intereses revolucionarios de la sociedad. Todas las medidas que la burguesía no quiere/puede tomar, todos los aspectos de la vida que se ven oprimidos por su dominación, se vuelven banderas revolucionarias que sólo pueden encontrar su realización en manos del proletariado. Toda subversión al orden establecido debe por lo tanto buscar su curso hacia el proletariado o ser derrotada en el aislamiento.

4) Pero ¿qué es exactamente el proletariado? Este es un tema que siempre generó y sigue generando debates. Se perfilan generalmente dos criterios: el llamado "clase en sí" y el de "clase para sí". "Clase en sí" es el proletariado definido según las relaciones de producción-circulación en las que está inserto, y según el modo de vida que lleva a cabo cotidianamente. "Clase para sí" es el proletariado como movimiento, su práctica política, su existencia como fuerza social contraria a la burguesía.

Un criterio puro de "clase en sí" genera infinitas controversias: ¿son proletarios el policía y el supervisor que vigilan y reprimen a los trabajadores? ¿es proletario un ingeniero con elevado salario, status social y formación universitaria? Al mismo tiempo, un criterio puro de "clase para sí" requiere aunque sea de un mínimo esbozo de la "clase en sí" que unifique una diversidad de expresiones políticas heterogéneas.

No tiene sentido por lo tanto buscar una definición exacta y precisa de "proletariado" cuyos límites sean claramente observables, porque no existe tal cosa. Sin embargo, es evidente que existen miles de millones de personas desposeídas de todo poder sobre sus propias vidas y que se ven oprimidas por la dominación burguesa, y que en muchos casos son llevadas por ella a luchar de forma velada o abierta, dispersa o unificada, confusa o clara, caótica u organizada, para poder mejorar sus condiciones de vida. Se necesitará entonces un concepto abstracto de proletariado que permita analizar la realidad social. En última instancia, se puede afirmar tentativamente que "proletariado", como criterio de análisis de la clase "en sí", es todo lo que no sea claramente burguesía y que no juegue para ella (o sea, que no reprima, vigile, despida, etc.), que no posea medios de producción-circulación y que no tenga una posición social acomodada, en especial en cuanto a su status cultural, y que tendrá especial sentido cuando se exprese políticamente en movimientos antagónicos, especialmente si estos rechazan la dominación burguesa y se sienten a sí mismos continuadores de la experiencia histórica revolucionaria del proletariado.

5) Como ya se mencionó en otros artículos, la segunda guerra mundial (1939) liquidó a los últimos bastiones del viejo movimiento obrero confrontativo (trotskismo, anarquismo, etc.) y dio pie, junto al surgimiento de la sociedad de consumo-espectáculo y al enorme crecimiento de la mano de obra empleada en el sector de los servicios, a que se comenzara a hablar de una supuesta "desaparición del proletariado", "fin de la lucha de clases", etc. Estas hipótesis fueron rápidamente desmentidas por el surgimiento en todo el mundo de un nuevo movimiento obrero confrontativo, que ya no poseía grandes partidos ni sindicatos, pero que se expresaba de diferentes maneras: a través de asambleas de base, cuerpos de delegados, comisiones internas, comités de acción, agrupaciones de oposición sindical, sindicatos clasistas, coordinadoras fabriles, presionando desde las bases de los sindicatos conciliadores, etc. Este nuevo movimiento, conocido por sus llamadas "huelgas salvajes", ocupaciones de lugares de trabajo, oposición activa a las burocracias sindicales, enfrentamientos habituales con la policía, etc. llegó a uno de sus puntos cúlmines en el mayo francés de 1968.

Ese hecho, que puso de manifiesto que el proletariado no sólo seguía existiendo sino que también seguía siendo capaz de paralizar la sociedad y amenazar a la dominación burguesa, fue por esa razón uno de los más distorsionados y ocultados por ella. Las usinas ideológicas de la burguesía se encargaron entonces de convertir a las ingenuas teorías de desaparición del proletariado en un arma contra el nuevo movimiento obrero confrontativo. El desarrollo de la informática, la caída de la URSS y la globalización generalizaron estas posturas en sus variantes posmodernas, autonomistas, etc., que pese a ser funcionales a la dominación, fueron y siguen siendo tomadas por sectores en lucha como arma contra la propia burguesía, dándole un sentido confrontativo y mucho más corrosivo.

6) Con la caída de la URSS, no cayó la idea de la revolución proletaria, sino el reflujo de ella en manos de una capa social burocrática. No cayó la propiedad común de los medios de producción, sino su administración por parte de la burocracia. No cayó la economía planificada sino la planificación burocrática. La burocratización no fue producto de la propuesta de una economía de abundancia, sino de las condiciones de atraso en las que se llevó a cabo. No fue producto de la extensión mundial de la revolución sino de su derrota y aislamiento. No fue producto del protagonismo creativo de las multitudes sino de su desprecio. No fue producto de la existencia de un partido obrero revolucionario, sino de la concepción errada acerca de él y de su relación con la clase. No cayó la alternativa a la sociedad mercantil, sino el intento de producir mercancías sin propiedad privada, libre mercado y libre contratación-despido. No cayó la revolución internacional del proletariado con sus propios métodos, sino la guerra fría y las carreras armamentísticas al estilo burgués, el fantasma del holocausto nuclear. Cayó, sí, el oscurantismo y aislacionismo, la cortina de hierro y los muros de Berlín, la represión a las libertades más básicas que hasta la propia burguesía permite (no por ser más generosa, sino porque a diferencia de la capa burocrática, ya tiene garantizados jurídicamente sus privilegios, por lo cual no necesita recurrir al terrorismo estatal sino solo cuando se ve realmente amenazada, como demostró con el fascismo y las dictaduras latinoamericanas de los setenta). En última instancia, ni siquiera “cayó” la dominación burocrática: fue, por un lado, derribada por los alemanes segregados y abandonada a su suerte por el proletariado “soviético”, y por otro lado, reconvertida en dominación burguesa-mafiosa por la misma capa burocrática y con el apoyo activo de la burguesía occidental. La restauración china significó exactamente lo mismo. Es muy probable que en un futuro próximo comience una restauración capitalista en Cuba, que además de ser similar a los casos anteriores, debe agregarse el plus de ser una pequeña isla sin recursos naturales y de estar a unos pocos kilómetros de la mayor potencia capitalista mundial.

7) Los estados de bienestar de los países latinoamericanos tampoco “cayeron” sino que fueron desmantelados por las propias burguesías mediante dictaduras militares. Tanto en estos países como en las potencias capitalistas, el trabajo fue continuado en “democracia” por los gobiernos neoliberales, ante un movimiento popular y proletario totalmente desanimado, fragmentado, desorientado Sin embargo, es cierto que en muchos casos la economía estatal se había demostrado ineficiente para producir mercancías: padecía de los mismos vicios burocráticos que la URSS, no contaba con las anteriormente mencionadas tres condiciones para maximizar la producción mercantil (propiedad privada de los medios de producción, libre mercado, libre contratación-despido). De esta forma, la ineficiencia y corrupción burocrática se combina con la falta de medios legales para combatir la (muy poco estudiada y mal comprendida) tendencia del hombre moderno a rechazar el esfuerzo y más aún el esfuerzo alienado: de esta manera, el carácter de las burocracias y del hombre moderno se conjugan en las economías estatales contra la producción mercantil, y al no poder éstas competir contra ella en su propio terreno, y al no quedar este superado por una revolución proletaria, se ven obligadas a abrirle el paso al neoliberalismo, la forma más pura y dura de capitalismo, el reino inmaculado de la mercancía. Sin embargo, éste último le plantea a su vez dos grandes problemas a la misma burguesía: por un lado, la exclusión de la masa de seres humanos que no pueden/quieren aportar a la producción mercantil, y que por lo tanto se vuelven un caldo de cultivo para el crimen, la violencia social y la lucha de clases, por otro lado, el establecimiento de la dominación de los especuladores financieros, que hace peligrar constantemente a las mismas relaciones de producción-circulación capitalistas, como quedó claramente demostrado con el crack de la bolsa de valores estadounidense del ’29, y como está demostrando nuevamente con la crisis del negocio inmobiliario-hipotecario. Por esta razón, las mismas burguesías tienden a aligerar el neoliberalismo con un componente de intervención estatal suave: los “neodesarrollismos”, como gusta de llamarlos la prensa burguesa. Esto, obviamente, bajo presión del movimiento popular y proletario, y con la oposición de las fracciones burguesas más cortoplacistas y por lo tanto autodestructivas.

8) A toda esta ensalada de cambios sociales le corresponde también una ensalada de formas de conciencia de las multitudes. La cosmovisión política de las personas modernas tiende a mezclar de formas más o menos superficiales y obviamente contradictorias fragmentos de diversas ideologías burguesas o funcionales a la burguesía, desde las más actuales hasta las más antiguas (inclusive llegando a abarcar también ideologías alienadas pre-capitalistas de tinte tradicionalista y religioso). Entre estas ideologías mezcladas y hasta "remixadas" se pueden citar: el posmodernismo, el autonomismo-pacifismo-hippismo, el keynesianismo y neodesarrollismo, el liberal-progresismo-iluminismo, el legalismo, el nacionalismo conciliador, etc.

Esta ideología predispone negativamente a las multitudes ante la lucha de clases y las organizaciones que la reivindican. Sin embargo, ante la descomposición de todas las alternativas no revolucionarias al régimen imperante, dichas organizaciones son las únicas en las que sigue existiendo una militancia real y constante, más allá de aquellos grupos que quedaron enganchados a los proyectos neodesarrollistas burgueses y que cada vez se parecen más a una parodia tragicómica y menos a proyectos reales. Por esta razón, la mayoría de las personas que poseen un interés político activo y una visión coherente, seria y profunda sobre la situación, adquieren todo ello en el seno o en la cercanía de esas organizaciones que reivindican la lucha de clases. Aquel que no tenga ningún contacto con ellas, difícilmente vaya a desarrollar algun grado de interés político y menos aún de coherencia y capacidad explicativa. Las paranoias burguesas de que el Partido Obrero y Quebracho están atrás de todos los disturbios de clases, reflejan en el fondo esta misma situación: las únicas agrupaciones presentes masivamente en las calles son las de la lucha de clases, porque todas las otras no tienen los elementos necesarios para explicar la realidad social ni mucho menos de proponer alternativas que resistan el menor análisis. “Política” hoy en día solo puede significar dos cosas: corrupción o revolución.

9) Ya decía Gramsci, en 1920, que la lucha de clases se jugaba además de en las calles, en un terreno hasta el momento descuidado: el de la cosmovisión, la cultura. Para derrocar a la moderna dominación burguesa, sobre todo en los países democráticos, es necesario dar una guerra de trincheras contra su ideología. Lamentablemente, la mayor parte de las organizaciones de la lucha de clases no han seguido su ejemplo, y siguen dedicando la mayor parte de sus prensas a las noticias gremiales y electorales. Los artículos dedicados al análisis histórico y coyuntural, además de ser una minoría, suelen ser bastante superficiales e inconexos. Este blog pretende aportar su granito de arena para superar dicha falencia. Desarrollar una cosmovisión contrahegemónica, revolucionaria, coherente, profunda, seria, reflexiva, crítica y autocrítica, es el horizonte hacia el cual busca avanzar con cada artículo.

lunes, junio 18, 2007

Para los legalistas

Esto no va mucho con el estilo del blog, pero de cualquier manera me pareció genial asi que tengo que subirlo:
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Discurso del cacique mexicano Guaicaipuro Cuatemoc ante la reunión de Jefes de Estado de la Comunidad Europea, el 8 de febrero de 2002.


Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuatemoc, he venido a encontrar a los que celebran el encuentro.

Aquí pues yo, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que la encontraron hace sólo quinientos años.

Aquí pues, nos encontramos todos. Sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa.

El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron.

El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé a venderme.

El hermano leguleyo europeo me explica que toda deuda se paga con intereses aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento.

Yo los voy descubriendo.

También yo puedo reclamar pagos y también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo y firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y 1660 llegaron a San Lucas de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.

¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque sería pensar que los hermanos cristianos faltaron a su Séptimo Mandamiento.

¿Expoliación? ¡Guárdeme Tanatzin de figurarme que los europeos, como Caín, matan y niegan la sangre de su hermano!

¿Genocidio? Eso sería dar crédito a los calumniadores, como Bartolomé de las Casas, que califican al encuentro como de destrucción de las Indias, o a ultrosos como Arturo Uslar Pietri, que afirma que el arranque del capitalismo y la actual civilización europea se deben a
la inundación de metales preciosos!

¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de muchos otros préstamos amigables de América, destinados al desarrollo de Europa. Lo contrario sería presumir la existencia de crímenes de guerra, lo que daría derecho no sólo a exigir la devolución inmediata, sino la indemnización por daños y perjuicios.

Yo, Guaicaipuro Cuatemoc, prefiero pensar en la menos ofensiva de estas hipótesis. Tan fabulosa exportación de capitales no fueron más que el inicio de un plan "Marshall Tesuma" para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, creadores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y
otros logros superiores de la civilización.

Por eso, al celebrar el Quinto Centenario del Empréstito, podremos preguntarnos:

¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o por lo menos productivo de los fondos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional?

Deploramos decir que no.
En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, en armadas invencibles, en terceros reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin otro destino que terminar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como en Panamá, pero sin canal.

En lo financiero, han sido incapaces, después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar el capital y sus intereses, cuanto de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta y provee todo el Tercer Mundo.

Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás puede funcionar y nos obliga a reclamarles, para su propio bien, el pago del capital y los intereses que, tan generosamente, hemos demorado todos estos siglos en cobrar. Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarle a nuestros hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas del 20 y hasta el 30 por ciento de interés, que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo del 10 por ciento, acumulado sólo durante los últimos 300 años, con 200 años de gracia. Sobre esta base, y aplicando la fórmula europea del interés compuesto, informamos a los descubridores que nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de plata, ambas cifras elevadas a la potencia de 300.

Es decir, un número para cuya expresión total, serían necesarias más de 300 cifras, y que supera ampliamente el peso total del planeta Tierra. Muy pesadas son esas moles de oro y plata.

¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre?

Aducir que Europa, en medio milenio, no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar ese módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo. Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.

Pero sí exigimos la firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y que los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera, como primer pago de la deuda histórica...

FIN

miércoles, mayo 02, 2007

Contestación y “vanguardias”

En la medida en que las personas no hablen por sí mismas, otras lo harán en su lugar.

Mientras no haya contestación visible, ya sea en forma de expresión artística/musical/literaria/estética, de movilización, de vivencia al margen (cooperativas, comunidades, etc.), de apropiación (ocupación de establecimientos, incautación de mercancías, etc.), de sabotaje, de escrache, de ataque físico, etc., la única voz que se escuchará será la del poder, y podrá por lo tanto hacer pasar por reales a sus mitos naturalizantes de lo existente. Las personas potencialmente disidentes no podrán entonces saber que hay otras en su misma situación, y se resignarán a aceptar lo dado.

Hay tres grupos de personas en la sociedad: una ínfima minoría que hace estas cosas, un grupo bastante más amplio que disiente con el estado de las cosas pero no se expresa o lo hace de forma invisible, y por último, una enorme mayoría formada por personas indiferentes, que aceptan lo existente o que inclusive quieren empeorarlo. Es sobre la base de éste último grupo que la dominación encuentra consenso.

Si las personas no expresan su disidencia, entonces los gobernantes, los medios “de comunicación”, los burócratas sindicales, etc., que siempre hablan en su nombre, tendrán la palabra definitiva.

De la misma manera, la existencia de diversos grupúsculos aspirantes a vanguardia dirigente queda resaltada por la absoluta inexistencia de un movimiento real de las personas que demuestre su disidencia frente al estado de las cosas. En ese marco, aquellas personas que comiencen a expresarse terminan incorporándose o acercándose a esos grupúsculos justamente por que son los únicos que se manifiestan. Aquellos que no lo hacen quedan sin soporte y no pueden emprender ninguna acción de magnitud, lo cual los lleva habitualmente a la desmoralización y desactivación, completándose el círculo vicioso.

El poder se aprovecha de esta situación para identificar toda disidencia con esos grupúsculos, de tal manera que parezca que lo natural es aceptar lo dado y la desviación es acercarse a ellos, quedando excluídas todas las otras opciones. De esta forma, busca siempre resaltar la intervención de esos grupúsculos en todo conflicto que ponga en tela de juicio alguno de los presupuestos básicos de la sociedad capitalista y democrática o que amenace el status o las ganancias particulares de algunos de sus socios (siendo esto particularmente válido para el caso de las confrontaciones violentas). Con este accionar, se libera de la amenaza de que las personas se sientan identificadas con los disidentes, ya que casi por definición una persona “común” jamás podría sentirse identificada con los grupúsculos.

Por otro lado, dichas “vanguardias” intentan siempre monopolizar todos los movimientos autónomos y de base que surjan. Muchas veces con su accionar dentro de ellos contribuyen a destruirlos, ya sea como producto de las disputas públicas entre las distintas sectas, o de la sustitución del protagonismo de la mayoría de las personas por el de la minoría de los “activistas”, o por las maniobras burocráticas que realizan, o por su tendencia a introducir consignas sentidas por las personas como totalmente ajenas a ellas, o por su soberbia, arrogancia y maltrato. En cambio, cuando los movimientos autónomos y de base se resisten a ser infiltrados por los grupúsculos, reciben a cambio la acusación de “divisionistas”, “macartistas”, “oficialistas”, “pequeñoburgueses”, “desorganizadores” y hasta “reaccionarios”, que algunas veces se traduce en acciones reales de boicot y sabotaje hacia esos movimientos.

Todas estas cosas refuerzan la división espectacular de tareas que el sistema realiza: los gobernantes asumen como su única oposición “por izquierda” a los grupúsculos, y los grupúsculos asumen como su única oposición a los gobernantes. Todo el que no esté con uno estará entonces con el otro. De esta forma, la existencia de los grupúsculos le sirve al sistema como su última valla de contención para cuando fallan todas las demás: si no logra evitar un giro “izquierdista” de las personas, sabe que al menos caerán bajo la influencia de esas sectas y por lo tanto perderán todo potencial real. Y si tampoco consigue eso, al menos hará parecer que es así a través de los medios “de comunicación”, que siempre están muy dispuestos a encontrar y resaltar “partidos de izquierda” en todas las luchas populares, aún en las que ellos tienen un rol totalmente marginal o directamente están ausentes.

Demás está decir que los típicos rituales organizados por los grupúsculos (actos, manifestaciones, etc.) son completamente inútiles y lo único que consiguen es llenar de tedio y aburrimiento a las personas que se acerquen a ellos. Mientras los aspirantes a dirigentes juegan a “elevar la conciencia” de sus espectadores con interminables, repetitivos y simplistas discursos, volantes, prensas, etc., estos últimos sólo pueden pensar en lo ajena que les resulta toda esa puesta en escena.
La contestación, por lo tanto, no debe ser sólo contra el sistema y la sociedad que lo sostiene, sino también contra los grupúsculos que pretenden "representar" a la disidencia. No es posible la existencia de un movimiento de resistencia autónomo y de base sino es por fuera de las sectas, negandoles toda posibilidad de intervenir en él y preparándose para una posible confrontación con ellas.

martes, mayo 01, 2007

La Democracia

Acá va un texto cortito, nada más para aclarar algunos conceptos (cambiando un poco el enfoque usado hasta ahora).


¿Democracia o auto-administración?


Democracia, gobierno del pueblo o Estado Popular. Pero ¿qué son el gobierno y el Estado sino la administración de la sociedad separada de ella? ¿decimos acaso que hay gobierno o Estado en todo lugar donde haya administración? No, sólo en aquellos lugares donde la administración es una función especializada, separada. Nadie diría que existe un gobierno o un Estado en un lugar donde las personas se administren a sí mismas. Por lo tanto, hablar de Estado o de gobierno del pueblo es hablar de una administración social separada de la sociedad… desempeñada por esa misma sociedad. El concepto de democracia por lo tanto se auto-contradice y carece de sentido en todos los casos en los que se pueda utilizar, y por más adjetivos que se le agreguen.

Para sus defensores, democracia es el régimen en el que los gobernantes son elegidos por las personas que conforman la sociedad. En algunos casos el concepto se restringe a los regimenes republicanos (constitucionales, con división de poderes), y estos a su vez a aquellos en los que hay “libertad de expresión, de prensa, de asociación, de reunión, etc.”, en los que “fluye la información” y el voto es secreto y universal. Es decir, una sociedad estatal reglamentada, compartimentada, cuyos administradores pueden ser elegidos secreta y universalmente, y que garantiza ciertas libertades.

La dominación es ciertamente democrática según ese concepto (aún con muchas reservas). Esas instituciones existen y funcionan, y las personas votan.

La contradicción reside en que justamente, no administran directamente sus vidas sino que “eligen” entre varios candidatos a dirigentes del Estado. Por la razón de que la sociedad es efectivamente democrática, lleva en sí la misma contradicción que ese concepto acarrea.

Es necesario tener en cuenta que si el sistema existe es también en gran parte porque un enorme sector de la sociedad cree en él o al menos no se manifiesta en su contra, e inclusive contribuye a fortalecerlo cuando critica a los que se oponen a él.

No se trata entonces de pedir “más democracia” o “democratización”, ni tampoco una "democracia verdadera" o “directa”, conceptos totalmente confusos. No se trata de pedir un cambio en las formas de gobierno, ya que todas ellas implican lo mismo: la separación de las personas de la administración de sus vidas, la gestión de su sometimiento.

Se trata de desconocer el actual contrato social como totalmente ajeno a nuestros deseos (donde "nuestros" alude a aquellos que queremos ser dueños plenos de nuestras vidas, y de ninguna manera a "la gente en general", es decir: no hablamos en nombre de nadie ni decimos tener apoyo en ningún lado, sino que expresamos nuestra propia forma de pensar), ya que preferimos otro totalmente diferente: el del socialismo libertario y autogestivo, el que se reconoce ante todo como propio de la especie humana en su totalidad y no de una nación, raza, etc., el que repudia toda forma de opresión y sostiene que la cooperación entre las personas es mucho más preferible que la competencia, el que cree que el impulso absoluto para vivir deberían ser las pasiones y los sentimientos y no la la rutina, la repetición de gestos prefabricados y la necesidad de sobrevivir, el que considera que las personas tienen que armonizar con su entorno y no destruirse mutuamente con él, el que opina que las actividades que no atenten contra los demás no deberían tener ningún tipo de trabas, el que toma partido por el diálogo entre iguales como mejor forma de resolver los conflictos.

Se trata entonces de comenzar a autoadministrar la propia vida, lo cual implica necesariamente salir de la democracia, ya sea completamente (derribándola), parcialmente (viviendo en sus márgenes y huecos), o conflictivamente (levantando movimientos que le impongan al poder la propia voluntad mediante la implementación de medidas de fuerza).

Animémenos entonces a decir lo que el mundo de hoy considera la mayor blasfemia:


¡Abajo la democracia!

jueves, abril 26, 2007

Algunas consideraciones sobre el movimiento estudiantil

El siguiente es un panfleto genérico y adaptable a cualquier movimiento estudiantil, aunque está pensado para la lucha de los colegios pre-universitarios de la UBA.

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A los estudiantes

Es evidente que se avecina un período de gran movilización estudiantil. Si sabemos aprovecharlo, podemos hacer que realmente valga la pena, y no se termine en una mera sucesión de procesiones y discursos más o menos repetitivos y aburridos pronunciados por algunos aspirantes a dirigentes.

Tenemos dos opciones diametralmente opuestas.

Por un lado, podemos seguir los caminos habituales: dejar que nuestros movimientos sean conducidos por pequeños burócratas amantes de sus “cinco minutos de fama” frente a cámaras y grabadores. Ofrecernos generosamente como auditorio para esos “profesionales de la militancia” que quieren educarnos y dirigirnos porque piensan que carecemos de la conciencia necesaria para hacerlo por nosotros mismos. Dispersarnos ante una pelea pública de los distintos grupúsculos que quieren ser nuestra vanguardia. Repetir una serie de rituales simbólicos. Observar pasivamente como vamos perdiendo protagonismo a manos de los autodenominados “nuestros representantes”. Aceptar las condiciones que nos imponen las autoridades, y ver como en ellas somos más débiles. Sentir como cada vez el movimiento se vuelve más estéril y tenemos menos que ver con él, e ir abandonándolo de a poco. Aceptar la derrota cuando ya no quede nada, o peor aún, entregarle pacíficamente nuestra lucha a las autoridades y firmar la capitulación en un momento en el que todavía podemos dar combate. Contentarnos con alguna concesión más o menos importante, y no volver a movernos sino hasta la “próxima oportunidad” que quién sabe cuando vendrá. En definitiva, volver a casa con la amarga sensación de que nada cambió.

O bien, podemos tomar una actitud completamente diferente y jugarnos a ser plenos dueños de nuestro propio movimiento y a no sacrificarlo nunca.
Esto significa, principalmente, mirarlo y entenderlo de otra manera. Pensarlo, esta vez, como algo que realmente nos pertenece. Como el arma que nos permite dejar de ser objetos, espectadores, consumidores, votantes, masas, subdesarrollados, infantes, inconscientes, y que nos convierte en sujetos plenos, con completo protagonismo en nuestras propias vidas. Que nos abre una infinidad de posibilidades, nos da la palabra y se la quita a los que pretenden saturarnos y ahogarnos con ella.
Si elegimos esta segunda opción, elegimos el camino de la independencia, de la autonomía, de la autogestión, de la construcción desde las bases, de la creatividad colectiva, de la lucha radicalizada e ininterrumpida.

Pero ¿qué implica concretamente este segundo camino? Muchísimas cosas, de las cuales varias ya fueron puestas en práctica (dando grandes resultados) en gran cantidad de movimientos, siendo tal vez los más recientes e ilustrativos los protagonizados por lo estudiantes chilenos y franceses. Entre esas cosas, vale la pena nombrar las siguientes.

Por un lado, los recaudos que es necesario tomar para evitar el copamiento del movimiento por parte de una burocracia: auto-convocar desde las bases asambleas generales, y/o exigirle a las organizaciones estudiantiles que lo hagan. Desconocer cualquier autoridad ajena a dichas asambleas. Utilizarlas como el único ámbito de dirección de las luchas y en el cual se decidan las reivindicaciones a exigir, las medidas a tomar, la formación de comisiones y la elección de mandatarios revocables y limitados para cuestiones concretas, bajo seria vigilancia de la asamblea y subordinados completamente al mandato de ella. Revocar inmediatamente y sin contemplaciones a aquellos mandatarios que incumplan o se excedan en sus atribuciones, e inclusive expulsar de la asamblea a los que lo hagan con intereses turbios. Expulsar de la asamblea (o al menos quitarle el derecho a la palabra en ella) a todos los individuos y grupos que la usen como auditorio para sus intenciones de evangelización, educación, dirección, concientización, etc. y/o como tribuna de disputas partidarias, personales, etc., asi como también a todos aquellos que no sepan o puedan expresarse con respeto hacia sus pares y hacia las normas asamblearias. Hacer lo mismo con quienes atenten de cualquier forma contra nuestro protagonismo colectivo, por ejemplo intentando monopolizar la dirección del movimiento en manos de una minoría y/o subordinarlo a tal o cual partido político, organización, etc. Expulsar también a todos los grupos e individuos que suelan realizar habitualmente cualquiera de las cosas anteriormente nombradas, y a aquellos que declaren o hayan declarado por cualquier medio que tienen intenciones de hacerlo (especialmente, a aquellos cuyo accionar entero responde a ideologías que llaman a ello). Expulsar a todas las personas y grupos cuya presencia sea considerada perjudicial para el movimiento. Prohibir todo contacto con los medios de comunicación por fuera de aquel que sea planificado por la asamblea y llevado a cabo por los mandatarios electos a tal efecto. Prohibir el despliegue de cualquier símbolo ajeno al movimiento (por ejemplo banderas partidarias, ideológicas, nacionales o de tal o cual personaje). Establecer en asamblea todo lo que se va a negociar con las autoridades y elegir a los mandatarios que la lleven a cabo, someter a votación todos los posibles acuerdos, desconocer todo acuerdo firmado a espaldas de las asambleas (y expulsar de ellas a los responsables de hacerlo).

Por otro lado, lo que respecta a la luchas concretas en sí: nunca dejar que las autoridades impongan las condiciones de la negociación (lugar, momento, ritmos, etc.), imponerle siempre aquellas que nos sean más convenientes, respaldar todo reclamo con medidas de fuerza, rechazar cualquier acuerdo que no figure en actas, monitorear constantemente que se cumplan todas las cláusulas pactadas. Si se lleva a cabo una medida de fuerza de gran masividad y potencia y existe la posibilidad de sostenerla por más tiempo, no abandonarla hasta tanto las autoridades no acepten la concesión de todo lo exigido. Si además se mantiene esa potencia y masividad en todo el movimiento, aprovechar la oportunidad para ampliar el pliego reivindicativo a todos aquellos puntos deseados. En especial, incluir aquellas exigencias que requieren de mucha fuerza para ser conquistadas. Si ellas además benefician a otros grupos o movimientos, ir a plantearles la unidad y la coordinación para dar la lucha en común. Buscar siempre extenderla y profundizarla. Juntar fuerzas con todos los que luchen en cualquier ámbito para hacer oír sus legítimos reclamos. Experimentar la libertad que nos brinda ocupar y apropiarnos de los establecimientos en los que realizamos nuestra rutina.

Finalmente, no desmovilizarnos por más que hayamos conseguido o no lo que exigíamos: utilizar el impulso logrado para empezar a replantearnos todos los aspectos de la vida, y atacar aquellos que consideremos indeseables.

Todo lo anteriormente nombrado es sólo un marco. El contenido real del movimiento debe ser rellenado con la creatividad colectiva de todos nosotros, que en esas condiciones puede y suele llegar a alcanzar su enorme potencial.
Si estás de acuerdo con estas cosas, copiá, adaptá y difundí libremente este panfleto en cualquier ámbito.

miércoles, marzo 21, 2007

Los síntomas hablando por sí mismos

Si bien la idea era que en esta entrada del blog viniera la continuación del artículo anterior (que sigo preparando, y va a salir en tandas porque trata muchos temas), encontré en internet un texto que me pareció que decía mucho más que cualquier cosa que yo pudiera escribir.

Este texto, con fecha en 18/12/06, fue publicado en http://lahaine.org/index.php?blog=3&p=19253. Aclaro desde ya que no necesariamente comparto las opiniones en él expresadas, pero me parece que refleja muy bien los síntomas de este mundo enfermo.

EDICIÓN DEL 21/3/07: Me acabo de enterar gracias a un comentario que alguien escribió en esta misma entrada, que la entrevista era en realidad ficcional, y que sin embargo fue publicada como si fuera verdadera, tratando de producir un impacto mediático del estilo de la cobertura de Orson Wells sobre una supuesta invasión extraterrestre (que obviamente no existió)... sin embargo, me parece que no deja de ser interesante, asi que sigo recomenando su lectura.

Reproduzco a continuación:

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En mayo de este año el diario O Globo de Brasil en su separata Segundo Caderno, publicó una ’Entrevista a Marcola del PCC’. El es Marcos Camacho, jefe de la banda carcelaria de Sao Paulo denominada “Primer Comando de la Capital” (PCC). La siguiente es la traducción textual del reportaje.

- ¿Usted es del PCC?

- Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnostico era obvio: Migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía... ¿Qué hicieron? Nada.

¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las fabelas de los cerros o en la música romántica sobre ’la belleza de esas montañas al amanecer’, esas cosas... Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social ¿Vio? Yo soy culto. Leo al Dante en la prisión.

- Pero la solución sería...

- ¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de ’solución’ ya es un error. ¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una ’tiranía esclarecida’ que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del legislativo cómplice.

¿O usted cree que los chupasangres no van a actuar? Si se descuida van a robar hasta al PCC. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta conference calls entre presidiarios...) Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.

- ¿Usted no tiene miedo a morir?

- Ustedes son los que tienen miedo a morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva ’especie’, ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja...!

Yo leo mucho; leí 3.000 libros y leo al Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. ¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas ’con autorización’ de la justicia? Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. Eso. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio.

- ¿Qué cambió en las periferias?

- Plata. Nosotros ahora tenemos. ¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio... ¿Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila, es despedido y ’colocado en el microondas’. Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38.

Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. Ustedes nos transformaron en ’super stars’ del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos ’globales’. Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros ’clientes’. Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos.

- ¿Pero, qué debemos hacer?

- Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí. ¡Agarren a ’los barones del polvo’ (cocaína)! Hay diputados, senadores, hay generales, hay hasta ex presidentes del Paraguay en el medio de la cocaína y de las armas. ¿Pero, quién va a hacer eso? ¿El ejército? ¿Con qué plata? No tienen dinero ni para comida de los reclutas. El país está quebrado, sustentando un estado muerto con intereses del 20 % al año, y Lula todavía aumenta los gastos públicos, empleando 40 mil sinvergüenzas.

¿El ejército irá a luchar contra el PCC? Estoy leyendo Klausewitz, ’Sobre la Guerra’. No hay perspectiva de éxito. Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si embroman, van a salir unos Stinger. Para acabar con nosotros... solamente con una bomba atómica en las villas miseria. ¿Ya pensó en eso? ¿Ipanema radiactiva?

- Pero... ¿No habrá una solución?

- Ustedes sólo pueden llegar a algún éxito si desisten de defender la ’normalidad’. No hay más normalidad. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero ser francos, en serio, en la moral. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida.

Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: ’Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno’.

jueves, diciembre 21, 2006

Sobre el 19 y 20 de diciembre de 2001

¿Qué fue lo que pasó el 19 y 20 de diciembre de 2001?

«¡El orden reina en Berlín! », proclama triunfante la prensa burguesa (…) «¡El orden reina en Berlín!», ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya «se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto» y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas:

¡Fui, soy y seré!

Rosa Luxemburgo, El orden reina en Berlin, 1919

Hace cinco años, en nuestro país, una revuelta popular sacudía violentamente la normalidad de la vida enajenada y socavaba algunas de sus más básicas condiciones de reproducción.

Existen muchas visiones y versiones sobre estos sucesos.

Desde el enfoque de varios sectores de la clase dominante, ni siquiera habría existido tal revuelta, y se habría dado simplemente una “represión trágica” a una “manifestación” que, junto a la crisis económica, habrían provocado “el fin de un gobierno”, a juzgar por las pequeñas notas publicadas por el diario Clarín y La Nación en ediciones impresa y digital el día de hoy (que curiosamente, coinciden en ambos diarios en recalcar el hecho de la “recuperación económica” y el “crecimiento industrial”, tal vez para intentar borrar en sus lectores el amargo recuerdo de los días en los que el poder enajenado no pudo ya controlar a las multitudes).

Desde el enfoque del sector “progresista” de la clase dominante, habría sido una “movilización popular espontánea que puso en tela de juicio un modelo económico, un sistema político y los paradigmas que habían primado durante tres décadas”, al menos según el diario Página/12 del día de hoy. Pero se cuida también este diario de dejar muy en claro unas cuantas cosas, que desnudan su ideología tibiamente reformista (es decir, esencialmente conservadora, porque es más lo que pretende conservar que lo que aspira a reformar): “La democracia ya es inconcebible como un mero agregado de instituciones armoniosas; recupera su condición de contrato político y social, su status como ejercicio vivo y dinámico de la soberanía popular. Con las elecciones periódicas como eje del sistema y con el conflicto social pacífico y legalmente regulado como alimento imprescindible de su legitimidad” (en oposición a “las ‘minorías intensas’ que pretenden imponer su verdad y su concepto de justicia por sobre la voluntad mayoritaria de la sociedad”).

Coincide en esto Página/12 con los otros medios: más allá de si los sucesos del 19/20 hayan sido reivindicables o no, está claro que de ninguna manera se debe permitir a las multitudes cuestionar al Estado mismo, a las sagradas elecciones –como supuesta expresión de la “voluntad mayoritaria”-, al pacifismo social, a la legalidad, etc., en definitiva, a las reglas de juego que impone el poder enajenado. Las “minorías intensas” seríamos los desacatados que nos negamos a subordinarnos a un sistema que no surge de nosotros mismos sino de una minoría privilegiada…

También sostiene Página/12 en el mismo artículo: “en rigor, los climas revolucionarios nunca duran mucho: terminan porque hay que ‘volver al trabajo’, a las rutinas, a los días grises de la normalidad. Lo que diferencia a los estallidos populares entre sí es el paisaje social que les sobrevive”.

Pero ¿qué quiere decir Página/12 con todo esto? Para este diario, en el mejor de los casos, los “climas revolucionarios” se distinguirían por sus consecuencias prácticas, con lo cual la praxis revolucionaria concreta no existiría. Para Página/12 probablemente carezcan de valor la formación de soviets en la Rusia de 1905 y 1917, las colectivizaciones de la Guerra Civil española de 1936, la ocupación de fábricas y facultades del mayo francés de 1968 y la negación práctica de la enajenación que conlleva cada una de ellas. Seguramente resaltará de ellas únicamente sus consecuencias: el estalinismo, el triunfo del franquismo y la restauración de la legalidad francesa. De esta manera se ahorra la molestia de tener que reconocer la existencia de toda una historia revolucionaria, paralela y contraria a la historia de la dominación, de sus aparatos y sus caudillos (reconociéndola a lo sumo como puntos de inflexión disconexos y vacíos de su contenido real). Muy felices están los intelectuales reformistas estilo Página/12 de todo el mundo, sabiendo que tarde o temprano la turba iracunda volverá al trabajo y a los días grises de la normalidad, es decir, a la rutina enajenada de la sociedad enajenada, porque saben que de esa manera podrán mantener sus privilegios de eternos profetas de la transformación “gradual y pacífica”, de guionistas del espectáculo social, y mejor aún, de empresarios y políticos que son muchos de ellos. Ni siquiera hace falta mencionar que igualmente feliz está también todo el resto de la clase dominante, a la que le hacen el favor de alejar esas ideas “alegremente subversivas” de millones de cabezas.

Pero estas no son todas las versiones. Podemos encontrar fácilmente en miles de volantes y prensas, la caracterización de los hechos que realiza el ala izquierda de la política enajenada, formada principalmente por partidos pos-bolcheviques. Este enfoque varía según el grupo en cuestión, pero en general, coincide en considerar al “estallido” como una especie de 1905 ruso, es decir, como un movimiento revolucionario o pre-revolucionario más o menos espontáneo, llevado a cabo por una masa de “trabajadores” incapaz de dirigirse a sí misma, que por lo tanto requeriría de un Partido que la guíe a la victoria.

Además de ser esta la única medicación que conoce la izquierda enajenada para todas las enfermedades, resulta visiblemente falaz, y a la vez esconde su concepción completamente alienada de la dinámica social, del movimiento de multitudes y de los procesos revolucionarios.

Ante el indiscutible argumento de que, de hecho, participaron decenas de partidos pos-bolcheviques de todas las tendencias (pos-trotskistas, pos-estalinistas, pos-maoístas, etc.) en el movimiento asambleario de diciembre de 2001, ellos suelen responder que los partidos existentes, o bien no eran “lo suficientemente grandes”, o bien no poseían “la línea acertada”, o bien acusan cada uno a los otros de sabotear su accionar dirigente, o peor aun, responsabilizan por el “fracaso” al “prejuicio antipartidario y macartista” de las “masas” que no se quisieron dejar guiar por la vanguardia…

Los cuatro argumentos son de por sí ridículos. Empezando por el primero de ellos, y aún sin cuestionar la lógica enajenada que le subyace, se lo puede refutar fácilmente: es cierto que los partidos pos-bolcheviques fueron muy minoritarios en las asambleas populares (y en general lo son también en todos los ámbitos, excepto tal vez entre los circulos militantes), pero lo que jamás se detendrán a analizar es que este problema no es gratuito, sino que se debe a una razón muy profunda, que es el total desprecio que sienten las multitudes por esos grupúsculos proféticos alienados, autistas, anacrónicos, dogmáticos, soberbios, sectarios y burocráticos, y que no proviene del "macartismo", de la indiferencia ni de los "prejuicios pequeñoburgueses", sino simplemente de la imposibilidad humana de tolerar la terquedad de sus sermones, la arrogancia de sus intentos de copar todo desde arriba, el infantilismo de sus peleas internas, la turbiedad de sus maniobras, etc. ¿Qué clase de “partido de masas” esperan construir en esas condiciones?. El tercer argumento no necesita ni siquiera una respuesta, por la poca seriedad y la mucha inmadurez de su contenido.

Pero ahora sí, para responder a los cuatro argumentos de conjunto, y analizar en profundidad la lógica enajenada que posee dicha izquierda en todos sus aspectos, es necesario dar una última versión y visión de los sucesos, que es en este caso la del autor de esta nota.

El movimiento popular iniciado en diciembre de 2001, que fue progresivamente entrando en reflujo a lo largo del año siguiente hasta prácticamente desaparecer, fue muy complejo y heterogéneo, y ninguna caracterización de una carilla lo puede explicar en profundidad. A grandes rasgos, se podría decir que tuvo sus antecedentes en las luchas sociales de las dos décadas posteriores la dictadura militar, en especial en las del movimiento piquetero surgido a mediados de los noventa. Sus desencadenantes fueron: el corralito bancario impuesto por el gobierno aliancista y su ministro Cavallo, los saqueos provocados por la desesperación popular –aunque iniciados probablemente por alguna fracción del Partido Justicialista, pese a que después se le fuera de las manos-, y finalmente el Estado de Sitio impuesto por el gobierno en respuesta a todo lo anterior. Los primeros en salir a la calle la noche del 19 fueron los ahorristas perjudicados, pero se le sumaron rápidamente decenas de miles, tal vez inclusive cientos de miles de personas de todas las edades, en especial de clase media, cantando “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!”. Comenzaron los enfrentamientos con las fuerzas represivas, que se prolongaron todo el día siguiente y se repitieron por algunas semanas. Esa misma noche renunció Cavallo, y en la tarde del 20 lo hizo también el presidente De la Rúa. A los combates callejeros se sumó el movimiento piquetero de las barriadas pobres, junto a cientos de jóvenes de todas las clases. Se formaron rápidamente Asambleas Populares en todo el país, especialmente en los barrios de clase media y media alta, mientras que en las barriadas populares crecían vertiginosamente las distintas agrupaciones piqueteras (muchas de ellas también asamblearias). Ambas alas del movimiento se sentían unidas y lo manifestaban con la consigna ¡Piquete y cacerola, la lucha es una sola! Luego de las jornadas del 19 y 20, el movimiento persistió multitudinariamente hasta la designación del presidente Eduardo Duhalde, previa designación y renuncia de los presidentes Puerta, Rodríguez Saa y Camaño. Sus consignas eran principalmente la renuncia de la corte suprema y la devolución de los ahorros, pero subyacían motivaciones mucho más profundas. Luego de la designación de Duhalde, las Asambleas Populares comenzaron a retroceder, mientras que siguieron firmes las agrupaciones piqueteras, teniendo estas su pico de convocatoria el 26 de junio de 2002, en el corte al Puente Pueyrredon que fue reprimido con balas de plomo.

Como se puede observar, la composición del movimiento real y concreto de diciembre 2001-primera mitad de 2002 era muy heterogénea, tanto en clases sociales como en edades, ideologías, experiencias militantes, etc. Era este el sujeto de la revuelta popular, y no la masa amorfa de “trabajadores” que pretende la izquierda enajenada, categoría ideal que le sirve para despojar de subjetividad a las multitudes y ponerse a la cabeza de ellas.

Tanto las Asambleas Populares como las agrupaciones piqueteras asamblearias (como los M.T.D., etc.) significaban en la práctica (y llevaban al mismo tiempo como ideología) una negación de la escisión que realiza el sistema entre intelectuales dirigentes (sujeto) y masa dirigida (objeto), y que la izquierda enajenada reproduce sin el menor cuestionamiento, bajo el esquema “profesionales revolucionarios organizados en Partido – masas subordinadas al Partido directamente o a través de los sindicatos, soviets y demás organizaciones dirigidas por el Partido”. El movimiento asambleario por lo tanto se escapaba completamente a los modelos prefabricados de esa izquierda, y era incompatible desde su esencia con ella.

El movimiento de multitudes como sujeto de su propio pensar-accionar colectivo, con el pleno protagonismo de las bases humanas en las que se sustenta, a través de la organización asamblearia y federalista, sin enajenar el poder de dirección de sí mismo, es en sí (y sin necesidad de ningún ente externo) la realización revolucionaria en la práctica. La autogestión generalizada como horizonte de la revolución social, no es más que la expansión de ese movimiento hasta englobar a toda la sociedad, disolver el aparato de dominación y abolir la estructura social de clases.

Para la izquierda enajenada, lo único revolucionario de las jornadas del 19 y 20 fue la movilización masiva y la ruptura con las expresiones políticas de la burguesía que significó. Para llegar más lejos hubiera sido necesario, según ésta, que el movimiento abandonara esas infantiles-anarquizantes-pequeñoburguesas-macartistas ideas de democracia directa y los prejuicios antipartidarios, para recibir con los brazos abiertos a su vanguardia consciente, que sin ninguna duda lo hubiera llevado por El Correcto Camino (en oposición a todos los demás).

Sin necesidad de aclarar que, de haber existido el tal Partido Revolucionario de masas (imposible por lo descrito anteriormente) y de haber guiado efectivamente al pueblo a la insurrección armada y la toma del poder (también imposible, porque ese “pueblo” estaba muy lejos de querer tomar las armas y de iniciar una guerra prolongada y sin un fin certero, y además carecía de la experiencia, de la organización, de la confianza en sí mismo y de la radicalización práctica e ideológica necesarias para enfrentar tamaña tarea), la consecuencia hubiera sido una dictadura de ese Partido sobre el pueblo, que rápidamente se hubiera vuelto totalitaria, repitiendo la historia de las detenciones y asesinatos de revolucionarios, las represiones a comunas populares, el partido único y sin tendencias, los gulags y finalmente el estalinismo y la contrarrevolución internacional.

Pero a todo esto cabe preguntarse ¿podría realmente el movimiento de diciembre de 2001 haber llegado más lejos de donde llegó, en las condiciones concretas en que se produjo? ¿Podría haberse evitado el reflujo y constituido un factor de contrapoder permanente? ¿Podría haber construido organizaciones estables? ¿Podría haberse radicalizado en la práctica y en la ideología, a tal punto de volverse partidario de su propia expansión a toda la sociedad, unificando a todos los sectores en lucha en un frente compacto, por fuera y en contra de las instituciones del sistema, y movilizando a los que todavía no lo hubieran hecho?

Estas preguntas son muy difíciles de contestar, excepto obviamente para la izquierda enajenada y su elixir partidario, que ya conoce de antemano la respuesta a todos los interrogantes que un ser humano se pueda formular. Se pueden extraer en cambio algunas conclusiones, cuestionables como todo, que puedan contribuir a que los próximos movimientos surjan en mejores condiciones y lleven todavía más lejos su potencial.

Entre ellas está la importancia de formar algunos núcleos permanentes y organizados de militantes (o sea, que sobrevivan a cualquier posible reflujo del movimiento de multitudes y a las circunstancias adversas en general) que, siendo una parte más del movimiento de multitudes (o sea, sin sustituirlo en su centralidad y subjetividad, ni quitarle protagonismo a las bases, ni subordinarlas, ni proclamarse su “vanguardia consciente” ni arrogarse derechos especiales) pueda contribuir con su accionar organizado a superar las falencias del movimiento (aunque obviamente no podría hacer milagros y llevarlo más allá de sus posibilidades reales), bajo la firme creencia de que la emancipación de las multitudes será obra de las multitudes mismas.

Este accionar consistiría en la intervención militante (con respeto, humildad, paciencia, dedicación, diálogo y yendo al ritmo del más lento) en todos los frentes de lucha, contribuyendo (es decir, junto al resto del movimiento, y no por encima suyo) a la creación de contrapoder, a su expansión, consolidación y radicalización (tanto práctica como ideológica), a la unión y coordinación de todos los focos existentes, al estudio y difusión de la experiencia histórica acumulada, al análisis y explicación de los mecanismos de dominación del sistema, entre otras tareas similares, que por supuesto no serían infalibles.

Estos núcleos serían por lo tanto organizaciones específicas, en tanto su objetivo específico sería la proyección (a partir de la contribución a su desarrollo, y a su surgimiento cuando directamente no existiera) del movimiento real de las multitudes hasta alcanzar la autogestión generalizada de la sociedad. Por lo tanto, deberían estar formados exclusivamente por partidarios firmes y convencidos de la auto-emancipación. Sus tareas de contribución se diferenciarían diametralmente de las tareas de dirección que sostiene como necesarias la teoría bolchevique, en que las primeras apuntarían al desarrollo del movimiento como sujeto, mientras que las segundas pretenden su subordinación como objeto.

A diferencia del bolchevismo y su Partido Revolucionario, las organizaciones específicas no necesitan imponerse una sobre las otras para imponer “la línea correcta”, en primer lugar porque no existe tal cosa, y en segundo lugar, porque su objetivo es mucho más humilde, y se puede llegar a él con mucha más facilidad colaborando mutuamente que atacándose entre sí. En este sentido, resulta siempre muy productiva la coordinación de todas las organizaciones específicas, y de ser posible (y conveniente en la coyuntura en particular) su federación y hasta su fusión en una sola gran organización que pueda dar toda su fuerza al movimiento de multitudes.


Alegre Subversión, 20 de diciembre de 2006 (http://alegresubversion.blogspot.com/)