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miércoles, octubre 17, 2007

Desmitificando al Che Guevara (Parte 3)

La revolución en ausencia de proletariado

¿Era posible que la revolución en Cuba siguiese un camino diferente?

Es difícil saberlo. Hay quienes sostienen que inclusive hubiera sido posible una revolución basada en el escaso proletariado urbano existente. Pero suponiendo que esta posibilidad no hubiese existido realmente ¿qué se podía hacer? La pregunta debe ser formulada más generalmente: ¿qué se puede hacer en los países donde no se ha desarrollado un proletariado con suficiente fuerza como para encabezar una revolución?

La expropiación de la burguesía, y en especial de la burguesía imperialista, es de por sí un progreso ya que conduce al debilitamiento de ella en todo el mundo y facilita su derrota, llevándola a la crisis en sus propios países. Si todos los países periféricos pudieran expropiar a la burguesía imperialista, entonces muy probablemente el capitalismo entraría en una crisis terminal en las propias potencias mundiales, incitando a sus propios proletariados a darle el golpe final. Además, la expropiación de la burguesía imperialista en cualquier país siempre tiende a producir una oleada de simpatía mundial en los sectores adelantados del proletariado, de los estudiantes y de las capas oprimidas en general, que los lleva a redoblar sus embates contra el capital. La revolución cubana de 1959 fue un factor de enorme peso para la radicalización de la lucha de clases ocurrida en la década del sesenta y setenta.

Estos argumentos eran parte de los sostenidos por las tendencias tercermundistas de la posguerra, dando lugar a los movimientos “de liberación nacional”. Ellos se dividían en general en dos grandes tendencias: por un lado, la de la “revolución por etapas”, que consideraba que las burguesías nacionales podían encabezar revoluciones que expropiasen a las extranjeras, por otro lado, una mucho más progresiva, que sostenía que ninguna burguesía era capaz de encabezar una lucha hasta el final contra el imperialismo.

El Che Guevara, justo es decirlo, era un exponente de la segunda tendencia, y jamás confió ni un milímetro en la capacidad de las burguesías nativas para enfrentarse al imperialismo, pese a que a muchos de los que hoy lo idolatran forman parte de la primera tendencia.

Pero, si la burguesía nacional no puede expropiar a la imperialista, y en algunos países tampoco existe un proletariado que pueda hacerlo ¿cuáles son las fuerzas capaces de conseguirlo? Evidentemente, sólo un partido-ejército que, apoyándose en los reclamos de las capas oprimidas, las oriente de una u otra forma hacia la toma del poder. Es probable que en estos contextos, la teoría foquista sea la única que pueda dar una respuesta para el problema de cómo movilizarlas en ausencia de un proletariado fuerte.

Es en este marco que la revolución cubana fue un hecho progresivo, en el sentido de que realizó todo lo que podía realizar: expropiar a la burguesía imperialista, para contribuir de esta forma a la crisis mundial del capitalismo y alentar a las masas en todo el mundo a imitar el ejemplo. Sin un proletariado urbano masivo, es muy poco probable que se pudiera conseguir algo más que ello. En este sentido, el Estado burocrático y el modo de producción burocrático pueden inclusive ser perdonables, hasta tanto no se generen las condiciones para una verdadera transición al comunismo, de la mano de los consejos obreros. Sin embargo, no hay que darle a estos casos mayor categoría de la que realmente tienen: las conclusiones que son válidas en ellos no lo son necesariamente para los demás, y esta es una diferencia fundamental que hay que poseer respecto a las tendencias tercermundistas.

Además, las masas deben tener derecho, aún en estos casos, a poseer las libertades democráticas que usualmente los Estados burocráticos reprimen, siempre y cuando estas medidas represivas no sean realmente imprescindibles para la defensa de la propiedad estatal frente a los intentos liberalizadores capitalistas. Aunque la historia demostró que, cuando a la capa burocrática la interesa la restauración de la propiedad privada, las medidas represivas no son usadas para defender las conquistas revolucionarias sino por el contrario, para terminar de aniquilarlas. Por eso, cuando la capa burocrática se vuelve restauracionista, la conquista de libertades democráticas es una necesidad cuyo sentido principal es, paradójicamente, defender la propiedad burocrática de los ataques de la misma burocracia.

Demás está decir que, cuando realmente existe un proletariado fuerte, capaz de asumir en sus manos la dirección de la sociedad, la conquista de libertades democráticas en los Estados burocráticos es una necesidad fundamental en todo momento, y la guerra con la capa burocrática debe ser frontal y absoluta, con el objetivo de derrocarla y abrirle el paso a la transición al comunismo. Sólo deben ser admisibles las medidas represivas completamente imprescindibles, e implementadas por los mismos órganos de autodeterminación del proletariado.

Ya han ocurrido en la historia casos en los que el proletariado entrara en conflicto abierto con la capa burocrática: Alemania Oriental en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968, etc. En el caso de Hungría, llegaron inclusive a formarse consejos obreros y a plantearse la necesidad de la “propiedad auténticamente socialista de la producción”, es decir, de la planificación combinada con la autogestión, en oposición al modo de producción burocrático heredado del estalinismo.

Estas cuestiones son centrales para realizar un balance de las experiencias pasadas, y tienen importancia también para las batallas que se avecinan. Nada nos indica que ciertas circunstancias adversas no vayan a repetirse en las revoluciones del futuro, si bien, afortunadamente, esto es poco probable, ya que el desarrollo de las fuerzas productivas en todo el mundo llevó a la generalización de la relación asalariada, el crecimiento de las ciudades, el incremento de los volúmenes de producción y el desarrollo de las tecnologías de transporte y comunicación, dando menos margen a la formación de una capa burocrática. Lo más probable es que, en las condiciones modernas, en el caso de que triunfe en algún rincón del mundo una revolución proletaria, esta lleve tarde o temprano al derrocamiento del capitalismo y la transición al comunismo, o que sea ahogada en sangre en el intento. En tiempos de globalización, la lucha se juega a todo o nada.

La restauración capitalista

La reconversión en burguesía privada es la única opción que le queda a la capa burocrática cuando el modo burocrático entra en crisis por sus contradicciones internas, que a la vez son producto de las condiciones económicas mundiales y de su intento de competir mercantil y bélicamente con el capitalismo de mercado. Es una “retirada en orden” en la que esta descarga el peso de la crisis sobre la población, salvando sus propios intereses. Las mismas medidas represivas que antes usaba para garantizar su posición de privilegio a través de la propiedad estatal, ahora las utiliza para conseguir la restauración capitalista.

Esto ocurrió en la URSS, aunque caóticamente y con grandes dificultades, por lo cual en su copia china se intentó hacerlo de forma más progresiva y controlada.

Tras la caída de la URSS, Cuba se quedó sin su mayor fuente de subsidios, por lo cual su economía presenta cada vez más atraso respecto al mundo capitalista. A esto se le suma la presión política e ideológica que impuso la propaganda burguesa gracias a la caída del mal llamado “socialismo real”.

Se plantea entonces, inevitablemente, la cuestión de la restauración capitalista en Cuba. A diferencia de los otros casos, a la capa burocrática se le presentan muchas dificultades para reconvertirse en burguesía privada mediante una transición, ya sea al estilo ruso o al estilo chino: la isla posee muy poco territorio, población, recursos e industria. Excepto el negocio del turismo, una de las mayores fuentes de ingreso para la economía cubana, no existen prácticamente negocios rentables para una futura burguesía de ex-burócratas, a diferencia de Rusia, por ejemplo, donde gracias a la industria del petróleo pudieron seguir enriqueciéndose. Además, una restauración capitalista podría llegar a destruir completamente la economía de la isla, trayendo enormes dificultades como tasas elevadas de desempleo, hambrunas, etc. Es muy probable que sea por estas razones que todavía no haya comenzado una restauración masiva de la propiedad privada. Por otro lado, Cuba todavía puede obtener un respiro gracias a los subsidios económicos que le otorga el chavismo venezolano con los hidrocarburos.

Sin embargo, es muy probable que tarde o temprano se termine llevando a cabo la restauración de la propiedad privada en Cuba, por las presiones económicas y políticas que sufre. La vieja guardia de dirigentes de la revolución del ’59 no va a ser eterna, y es muy poco probable que las nuevas camadas vayan a mantener las cosas como están.

Es necesario advertir y preparar a las masas para ello, porque el efecto ideológico que va a tener la caída del modo de producción burocrático va a ser devastador, gracias a la propaganda burguesa, que lo va a hacer pasar nuevamente como “el fracaso del socialismo”, como ya lo hizo con la URSS y China. La generación que vivió en su juventud la emoción de la revolución cubana va a terminar de dar el giro a la derecha que ya emprendió desde el fracaso del ascenso proletario y popular de los setenta. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones, que crecieron bajo la hegemonía neoliberal, van a ser afectadas en dos sentidos opuestos: por un lado, se va a fortalecer la idea que “no existe alternativa al capitalismo”, alentando la despolitización y el desánimo. Por otro lado, van a poder liberarse al fin de los últimos restos de la cosmovisión estalinista, lo cual permite que, de la mano de un balance correcto, se logre avanzar nuevamente hacia posturas clasistas, internacionalistas, dialécticas, revolucionarias y partidarias del protagonismo de masas, siempre y cuando se logre contrarrestar la influencia de las ideologías autonomistas, posmodernas, etc.

Por primera vez en más de ochenta años, se podrá recuperar el verdadero sentido de la palabra “comunismo”, se harán otras lecturas de las obras clásicas (de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Luxemburgo, etc.), etc. En este marco, no sólo no pierde vigencia la necesidad de partidos revolucionarios trotskistas, sino que estos inclusive adquieren una nueva responsabilidad que se agrega a las anteriores: la de orientar esa lucha teórica.

De la misma forma en que sólo estos partidos pudieron sobrevivir a la debacle del campo burocrático, mientras que todas las otras corrientes partidarias se disolvían, quedándole el terreno despejado para su intervención en la lucha de clases, ahora este mismo proceso se agudizará, abriendo perspectivas muy interesantes. El problema que se plantea en esta nueva etapa ya no es tanto de dirección, sino de articulación entre los partidos trotskistas y las masas, los movimientos y sus sectores más avanzados.

El caso de Venezuela

Por último, es necesario hacer un balance sobre la situación actual en Venezuela. Se da allí un caso muy particular: a contramano de lo que ocurre en el resto del mundo, un gobierno surgido del ejército burgués encabeza un proceso que se denomina a sí mismo “revolucionario” y “socialista”. Y no sólo eso, sino que inclusive hace referencias al marxismo y a los dirigentes de la revolución rusa.

Es muy difícil adivinar las intenciones de la dirección de este proceso (es decir, el grupo de oficiales del ejército, los empresarios nacionalistas y la burocracia sindical, una estructura que recuerda mucho al peronismo y a todos los movimiento nacionalistas burgueses). Sin embargo, hay algo que se hace bastante evidente: el deseo de este grupo de avanzar en la nacionalización de algunos sectores de la economía.

Algunas corrientes autodenominadas “marxistas”, ven en estas nacionalizaciones, al igual que en la revolución cubana, el inicio del socialismo, especialmente por su combinación con la retórica antes mencionada.

Sin embargo, y por más progresivas y deseables que sean, las nacionalizaciones no sólo no significan la apertura del camino al socialismo (ni mucho menos su consumación), sino que son parte de los intereses de una capa de empresarios privados y estatales, actuales y futuros, que a través de ellas piensan incrementar sus ganancias gracias a las posibilidades de inversión, de explotación de los hidrocarburos y de expansión de los mercados que esas nacionalizaciones abren.

Pero entonces ¿cuál es el sentido de la retórica revolucionaria? Por un lado, ganarse el apoyo en todo el mundo de las tendencias más centristas de la izquierda, recreando ese espacio político que quedó vacante desde la caída de la URSS. Por otro lado, legitimar ante las mismas masas el proyecto de las nacionalizaciones, que desde la ofensiva neoliberal fueron víctimas de una campaña propagandística demonizadora.

Si bien es cierto que esta retórica, y la dinámica del proceso en general, pueden llevar a una radicalización del proceso, la misma estructura verticalista de los sindicatos chavistas y del nuevo Partido Socialista Unificado se encargarán de contenerlo, de la misma forma en que lo hizo el peronismo en la Argentina en las décadas del ’40, ’50, ’60 y ’70.

Los dirigentes sindicales y partidarios clasistas ya están siendo perseguidos y reprimidos, obviamente bajo la acusación típicamente estalinista de “ser funcionales a la oposición burguesa” o directamente “agentes del imperialismo”.

El porvenir de la Venezuela chavista y de los restos de la Revolución cubana están íntimamente ligados: ambos se necesitan mutuamente, y difícilmente una vaya a soportar la caída de la otra. De ellas depende también la capacidad de los gobiernos “progresistas” como el de Kirchner, Lula, Evo Morales, Tabaré Vázquez, Bachelet, Correa, etc. para mantener su retórica y simbolismo, formando entre todos ellos una simbiosis que les permite a sus respectivas clases y capas dominantes mantener y expandir sus beneficios.

En esos países y en todo el mundo, la única transformación posible vendrá de la mano del proletariado arrastrando tras de sí a las capas oprimidas, y bajo la conducción de los partidos revolucionarios trotskistas.

sábado, julio 28, 2007

Bolivia Roja

En 1952, una insurrección obrera y popular tuvo lugar en Bolivia.

Los mineros, a fuerza de sus cartuchos de dinamita, lograron destruir a las Fuerzas Armadas de la burguesía.

En su lugar, se formaron milicias populares: los mismos mineros asumieron la defensa nacional y formaron la Central Obrera Boliviana, que tomó a su cargo la dirección de los batallones proletarios.

Este tema se tratará más en profundidad en otra ocasión, ahora quería subir unas fotos que encontré en internet, que me parecieron muy reveladoras.










miércoles, julio 25, 2007

Sobre las luchas del siglo XXI

Tras la caída del Muro de Berlín, la burguesía se apresuró a decretar el supuesto fin de la historia. El capitalismo de libre mercado supuestamente había triunfado por sobre todas sus alternativas: el malvado comunismo, los nacionalismos estatistas, las utopías anarquizantes.

De esta forma, también había logrado lo que intentaba desde el siglo XVII: demostrar que el ser humano tiene una "esencia" o forma natural de ser, que esa "esencia" es egoísta, que la propiedad privada y el libre mercado son tendencias naturales en él y que ponerles trabas es ir contra la naturaleza humana, que el Estado es una entidad que encarna el bien común y el interés universal evitando fricciones entre individuos iguales, que la corrupción de los políticos es sólo una circunstancia y que es reflejo de la corrupción de las personas, que los pobres son pobres por no esforzarse lo suficiente, que existen ciertos tipos de personas que son esencialmente delincuentes por elegir voluntariamente el camino del mal, que la democracia representativa es la única forma de no caer en las pérfidas dictaduras y tiranías que acaban con la libertad de las personas.

Se volvía entonces indiscutible aquello que siempre fue clarísimo para la burguesía: que cualquier huelga, movilización popular, y ni hablar de disturbios, no eran más que formas de evadir el esfuerzo que tenían los vagos, producto de la agitación maliciosa de los elementos subversivos y de las minorías violentas, en el mejor de los casos acciones de inadaptados que no entendían el nuevo orden mundial y que seguían presos de ideales anacrónicos. Pero por suerte, con el triunfo de la democracia y de la libertad en todo el mundo, esas acciones iban a disminuir, las minorías violentas iban a quedar aisladas y se llegaría a un momento de armonía mundial basada en la aceptación universal de las reglas del juego y la modernización de los subdesarrollados

De esta forma, la burguesía lograba barrer la lucha de clases abajo de la alfombra. No es que exista una contradicción fundamental en la vida social capitalista que lleve a amplias franjas de multitudes a la lucha autónoma contra la burguesía: existen pequeños grupos anacrónicos que provocan desorden. Nada pondría más feliz a la burguesía que que se volviera realidad aquello que dice en sus "medios de comunicación": los disturbios antidemocráticos son responsabilidad del Partido Obrero y de Quebracho, y a veces hasta de servicios de inteligencia infiltrados en las pacíficas marchas. Sin embargo, y muy lamentablemente para la burguesía, la realidad material, la historia, desmienten completamente todas estas versiones.

Ya se ha mencionado en otros artículos que en la misma década de los noventa, comenzó a articularse la nueva resistencia contra los planes de la burguesía. Los zapatistas, los piqueteros, los Sin Tierra de Brasil, los anti-globalización, entre otros, se volvieron los polos alrededor de los cuales se comenzaron a agrupar los diferentes destacamentos de lucha, entre ellos inclusive los restos combativos de un movimiento obrero diezmado, los partidos y agrupaciones revolucionarias sobrevivientes (bolcheviques, anarquistas, etc.), los nuevos teóricos anti-neoliberales (autonomistas, posmodernos, neokeynesianos, etc.), los llamados "movimientos sociales" (ecologistas, feministas, etc.), entre otros.

Sin embargo, fue el comienzo del siglo XXI el que comenzó a poner más seriamente en tela de juicio las ridículas pretensiones de la burguesía que creía haber liquidado la historia.

El tercer milenio saludó a la humanidad con una serie de acontecimientos bastante reveladores: por un lado, el atentado a las torres gemelas, que sacó a la luz la compleja disputa existente entre la burguesía estadounidense y un sector muy importante del mundo islámico, que agravó la crisis económica yanqui y mundial, y que dio inicio a una nueva ofensiva bélica sobre medio oriente y a un aumento del despliegue militar sobre todo el mundo (bajo el eufemismo de la "guerra contra el terrorismo"); por otro lado, la revuelta popular argentina de diciembre de 2001, que abrió el paso a una serie de levantamientos similares en toda América Latina.

Otros tres rasgos más pueden ser señalados como característicos de este comienzo de siglo: el cambio climático, la crisis energética y el nuevo marco de competencia, colaboración y disputas hegemónicas entre las burguesías de los diferentes países (especialmente de EEUU, Rusia, China, Europa, Japón, Venezuela, Brasil, la India, etc., junto a las ya mencionadas del mundo islámico –de especial importancia por su posesión de grandes reservas de petróleo y gas-).

Todos estos elementos contribuyeron a agravar la crisis económica, política y social que atravesaban los países latinoamericanos, echando por tierra definitivamente las ilusiones neoliberales que pudieran haber existido.

Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela, México y Perú fueron sacudidos por levantamientos de multitudes, que en varios casos derribaron a uno o más gobiernos o al menos pretendieron hacerlo, o en el caso venezolano, defendieron a un gobierno que consideraban progresivo frente a los intentos golpistas de algunas fracciones de la burguesía. En Chile se produjo un movimiento con eje en el estudiantado que movilizó a más de un millón de personas, con huelgas, tomas de colegio y de universidades, etc. En casi todos los países se registraron fuertes huelgas. Tres actores sociales estuvieron fuertemente presentes en muchas de ellas: los docentes, los campesinos (muchos de ellos identificados como originarios) y los mineros y petroleros.

Inclusive los países centrales fueron alcanzados por esta nueva oleada mundial: en Francia, los levantamientos de los suburbios y luego la masiva lucha contra la precarización laboral, en Estados Unidos la huelga general de los trabajadores latinos.

Esta es la forma en que la lucha de clases golpea a las puertas del paraíso burgués para recordarle su inevadible existencia. Pero este recuento genérico y por encima de algunos grandes acontecimientos, no incluyó hasta ahora lo más importante de ellos: sus características cualitativas.

En Argentina, las asambleas populares (barriales y piqueteras) lograron reunir a una amplia gama de sectores populares en una lucha unificada, superando las barreras sectoriales, corporativas, orgánicas, laborales, etc. Lo mismo ocurrió, y tal vez en un nivel superior, en Oaxaca (con la APPO –Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca-), con los cabildos abiertos en Bolivia, etc.

Estas nuevas organizaciones unificadas reunían no ya al activismo de siempre, sino a amplias franjas de la población, que en ellas encontraban por primera vez un espacio de expresión y de lucha autónoma, por fuera de los aparatos políticos y sindicales dominados por la burguesía y sus agentes. En algunas de ellas se ensayó también el asambleismo de base, con un fuerte protagonismo de todos en la toma de decisiones, sin subordinarse a tal o cual dirigente u organización separada, basándose únicamente en la fuerza anónima de la multitud movilizada.

En Oaxaca, la APPO avanzó en la ocupación de algunos de los llamados "medios de comunicación", logrando un doble objetivo: por un lado, sabotear su cotidiana transmisión de cosmovisión burguesa, y por otro lado, convertirlos en una herramienta al servicio de la difusión de la lucha y de la cosmovisión popular autónoma.

En Argentina, en Venezuela y otros países, varias empresas fueron ocupadas y puestas a producir por sus trabajadores, rompiendo de esa manera en los hechos con la lógica de la propiedad privada y desafiando abiertamente a la legalidad burguesa.

En Bolivia, asambleas populares masivas aplaudieron a los oradores que comentaban la necesidad de la toma del poder y de la formación de un gobierno de las organizaciones obreras, campesinas y populares. Pero esto no solo se quedó en palabras: desde la ciudad de El Alto, considerada como el cuartel general de la revolución boliviana, la Federación de Juntas Vecinales organizó movilizaciones para ocupar y clausurar el parlamento, preparando la autodefensa para la posibilidad de un choque con las fuerzas represivas.

En todos lados, el movimiento popular levantó barricadas y se enfrentó con todo lo que tenía a mano contra la policía y el ejército, desafiando de esa manera a la base misma del Estado burgués.

Cada vez más, las multitudes comprenden que no pueden confiar más que en sus propias fuerzas, y que ninguna mejora sustancial puede venir de la mano de la democracia burguesa ni mucho menos de su falsa alternativa, las dictaduras militares. De profundizarse esta tendencia, podrían llegar a comprender que aún la más mínima mejora en sus condiciones de vida requiere la destrucción de aparato estatal de la burguesía y la formación un gobierno de facto de las asambleas populares. Este proceso depende también en gran parte de que los que ya lo comprendieron se organicen en una agrupación capaz de intervenir para la profundización de la lucha hasta el levantamiento insurreccional.

Inclusive en Argentina, las cosas están tomando lentamente un matiz más interesante. Desde 2003 que se viene dando en el sector de los servicios una serie de huelgas antiburocráticas muy duras y dirigidas por asambleas de base, algunas de ellas acompañadas de ocupación de los lugares de trabajo. Últimamente estas huelgas están surgiendo también, aunque de forma aislada, en algunos bastiones industriales, como Fate, Terrabusi, Aluar, Mafissa, el lavadero Virasoro, el polo fabril de Zárate-Campana, etc. El repudio a la burocracia sindical se expresa de diversas maneras: desde la formación de organismos de poder paralelo (como el comité de fondo de huelga de Fate), el agrupamiento alrededor de los delegados combativos de base (como en el subterráneo de Buenos Aires) o de las comisiones internas, con la constante presión desde abajo, y en algunos casos hasta con la violencia física contra los burócratas (también en Fate). Pero no solo el odio es contra la burocracia pro-patronal, sino también contra la patronal misma. El hecho más ilustrativo de esto tal vez sea el incendio de las oficinas de las empresas pesqueras de Santa Cruz por parte de los trabajadores.

En todos estos elementos se encuentra el embrión de lo que puede ser un nuevo despertar de la lucha proletaria por el poder político, la forma más elevada de la lucha popular, ya que la toma del poder es la condición necesaria para la realización de cualquier intento de transformación profunda.

Sea cual sea el resultado de las grandes luchas en curso (como la de Perú, que abre perspectivas muy interesantes), los mitos burgueses ya han sido desmentidos tan abierta y claramente que al menos podemos tener esperanzas de un resurgir en cualquier momento.

jueves, diciembre 21, 2006

Sobre el 19 y 20 de diciembre de 2001

¿Qué fue lo que pasó el 19 y 20 de diciembre de 2001?

«¡El orden reina en Berlín! », proclama triunfante la prensa burguesa (…) «¡El orden reina en Berlín!», ¡esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana ya «se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto» y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas:

¡Fui, soy y seré!

Rosa Luxemburgo, El orden reina en Berlin, 1919

Hace cinco años, en nuestro país, una revuelta popular sacudía violentamente la normalidad de la vida enajenada y socavaba algunas de sus más básicas condiciones de reproducción.

Existen muchas visiones y versiones sobre estos sucesos.

Desde el enfoque de varios sectores de la clase dominante, ni siquiera habría existido tal revuelta, y se habría dado simplemente una “represión trágica” a una “manifestación” que, junto a la crisis económica, habrían provocado “el fin de un gobierno”, a juzgar por las pequeñas notas publicadas por el diario Clarín y La Nación en ediciones impresa y digital el día de hoy (que curiosamente, coinciden en ambos diarios en recalcar el hecho de la “recuperación económica” y el “crecimiento industrial”, tal vez para intentar borrar en sus lectores el amargo recuerdo de los días en los que el poder enajenado no pudo ya controlar a las multitudes).

Desde el enfoque del sector “progresista” de la clase dominante, habría sido una “movilización popular espontánea que puso en tela de juicio un modelo económico, un sistema político y los paradigmas que habían primado durante tres décadas”, al menos según el diario Página/12 del día de hoy. Pero se cuida también este diario de dejar muy en claro unas cuantas cosas, que desnudan su ideología tibiamente reformista (es decir, esencialmente conservadora, porque es más lo que pretende conservar que lo que aspira a reformar): “La democracia ya es inconcebible como un mero agregado de instituciones armoniosas; recupera su condición de contrato político y social, su status como ejercicio vivo y dinámico de la soberanía popular. Con las elecciones periódicas como eje del sistema y con el conflicto social pacífico y legalmente regulado como alimento imprescindible de su legitimidad” (en oposición a “las ‘minorías intensas’ que pretenden imponer su verdad y su concepto de justicia por sobre la voluntad mayoritaria de la sociedad”).

Coincide en esto Página/12 con los otros medios: más allá de si los sucesos del 19/20 hayan sido reivindicables o no, está claro que de ninguna manera se debe permitir a las multitudes cuestionar al Estado mismo, a las sagradas elecciones –como supuesta expresión de la “voluntad mayoritaria”-, al pacifismo social, a la legalidad, etc., en definitiva, a las reglas de juego que impone el poder enajenado. Las “minorías intensas” seríamos los desacatados que nos negamos a subordinarnos a un sistema que no surge de nosotros mismos sino de una minoría privilegiada…

También sostiene Página/12 en el mismo artículo: “en rigor, los climas revolucionarios nunca duran mucho: terminan porque hay que ‘volver al trabajo’, a las rutinas, a los días grises de la normalidad. Lo que diferencia a los estallidos populares entre sí es el paisaje social que les sobrevive”.

Pero ¿qué quiere decir Página/12 con todo esto? Para este diario, en el mejor de los casos, los “climas revolucionarios” se distinguirían por sus consecuencias prácticas, con lo cual la praxis revolucionaria concreta no existiría. Para Página/12 probablemente carezcan de valor la formación de soviets en la Rusia de 1905 y 1917, las colectivizaciones de la Guerra Civil española de 1936, la ocupación de fábricas y facultades del mayo francés de 1968 y la negación práctica de la enajenación que conlleva cada una de ellas. Seguramente resaltará de ellas únicamente sus consecuencias: el estalinismo, el triunfo del franquismo y la restauración de la legalidad francesa. De esta manera se ahorra la molestia de tener que reconocer la existencia de toda una historia revolucionaria, paralela y contraria a la historia de la dominación, de sus aparatos y sus caudillos (reconociéndola a lo sumo como puntos de inflexión disconexos y vacíos de su contenido real). Muy felices están los intelectuales reformistas estilo Página/12 de todo el mundo, sabiendo que tarde o temprano la turba iracunda volverá al trabajo y a los días grises de la normalidad, es decir, a la rutina enajenada de la sociedad enajenada, porque saben que de esa manera podrán mantener sus privilegios de eternos profetas de la transformación “gradual y pacífica”, de guionistas del espectáculo social, y mejor aún, de empresarios y políticos que son muchos de ellos. Ni siquiera hace falta mencionar que igualmente feliz está también todo el resto de la clase dominante, a la que le hacen el favor de alejar esas ideas “alegremente subversivas” de millones de cabezas.

Pero estas no son todas las versiones. Podemos encontrar fácilmente en miles de volantes y prensas, la caracterización de los hechos que realiza el ala izquierda de la política enajenada, formada principalmente por partidos pos-bolcheviques. Este enfoque varía según el grupo en cuestión, pero en general, coincide en considerar al “estallido” como una especie de 1905 ruso, es decir, como un movimiento revolucionario o pre-revolucionario más o menos espontáneo, llevado a cabo por una masa de “trabajadores” incapaz de dirigirse a sí misma, que por lo tanto requeriría de un Partido que la guíe a la victoria.

Además de ser esta la única medicación que conoce la izquierda enajenada para todas las enfermedades, resulta visiblemente falaz, y a la vez esconde su concepción completamente alienada de la dinámica social, del movimiento de multitudes y de los procesos revolucionarios.

Ante el indiscutible argumento de que, de hecho, participaron decenas de partidos pos-bolcheviques de todas las tendencias (pos-trotskistas, pos-estalinistas, pos-maoístas, etc.) en el movimiento asambleario de diciembre de 2001, ellos suelen responder que los partidos existentes, o bien no eran “lo suficientemente grandes”, o bien no poseían “la línea acertada”, o bien acusan cada uno a los otros de sabotear su accionar dirigente, o peor aun, responsabilizan por el “fracaso” al “prejuicio antipartidario y macartista” de las “masas” que no se quisieron dejar guiar por la vanguardia…

Los cuatro argumentos son de por sí ridículos. Empezando por el primero de ellos, y aún sin cuestionar la lógica enajenada que le subyace, se lo puede refutar fácilmente: es cierto que los partidos pos-bolcheviques fueron muy minoritarios en las asambleas populares (y en general lo son también en todos los ámbitos, excepto tal vez entre los circulos militantes), pero lo que jamás se detendrán a analizar es que este problema no es gratuito, sino que se debe a una razón muy profunda, que es el total desprecio que sienten las multitudes por esos grupúsculos proféticos alienados, autistas, anacrónicos, dogmáticos, soberbios, sectarios y burocráticos, y que no proviene del "macartismo", de la indiferencia ni de los "prejuicios pequeñoburgueses", sino simplemente de la imposibilidad humana de tolerar la terquedad de sus sermones, la arrogancia de sus intentos de copar todo desde arriba, el infantilismo de sus peleas internas, la turbiedad de sus maniobras, etc. ¿Qué clase de “partido de masas” esperan construir en esas condiciones?. El tercer argumento no necesita ni siquiera una respuesta, por la poca seriedad y la mucha inmadurez de su contenido.

Pero ahora sí, para responder a los cuatro argumentos de conjunto, y analizar en profundidad la lógica enajenada que posee dicha izquierda en todos sus aspectos, es necesario dar una última versión y visión de los sucesos, que es en este caso la del autor de esta nota.

El movimiento popular iniciado en diciembre de 2001, que fue progresivamente entrando en reflujo a lo largo del año siguiente hasta prácticamente desaparecer, fue muy complejo y heterogéneo, y ninguna caracterización de una carilla lo puede explicar en profundidad. A grandes rasgos, se podría decir que tuvo sus antecedentes en las luchas sociales de las dos décadas posteriores la dictadura militar, en especial en las del movimiento piquetero surgido a mediados de los noventa. Sus desencadenantes fueron: el corralito bancario impuesto por el gobierno aliancista y su ministro Cavallo, los saqueos provocados por la desesperación popular –aunque iniciados probablemente por alguna fracción del Partido Justicialista, pese a que después se le fuera de las manos-, y finalmente el Estado de Sitio impuesto por el gobierno en respuesta a todo lo anterior. Los primeros en salir a la calle la noche del 19 fueron los ahorristas perjudicados, pero se le sumaron rápidamente decenas de miles, tal vez inclusive cientos de miles de personas de todas las edades, en especial de clase media, cantando “¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo!”. Comenzaron los enfrentamientos con las fuerzas represivas, que se prolongaron todo el día siguiente y se repitieron por algunas semanas. Esa misma noche renunció Cavallo, y en la tarde del 20 lo hizo también el presidente De la Rúa. A los combates callejeros se sumó el movimiento piquetero de las barriadas pobres, junto a cientos de jóvenes de todas las clases. Se formaron rápidamente Asambleas Populares en todo el país, especialmente en los barrios de clase media y media alta, mientras que en las barriadas populares crecían vertiginosamente las distintas agrupaciones piqueteras (muchas de ellas también asamblearias). Ambas alas del movimiento se sentían unidas y lo manifestaban con la consigna ¡Piquete y cacerola, la lucha es una sola! Luego de las jornadas del 19 y 20, el movimiento persistió multitudinariamente hasta la designación del presidente Eduardo Duhalde, previa designación y renuncia de los presidentes Puerta, Rodríguez Saa y Camaño. Sus consignas eran principalmente la renuncia de la corte suprema y la devolución de los ahorros, pero subyacían motivaciones mucho más profundas. Luego de la designación de Duhalde, las Asambleas Populares comenzaron a retroceder, mientras que siguieron firmes las agrupaciones piqueteras, teniendo estas su pico de convocatoria el 26 de junio de 2002, en el corte al Puente Pueyrredon que fue reprimido con balas de plomo.

Como se puede observar, la composición del movimiento real y concreto de diciembre 2001-primera mitad de 2002 era muy heterogénea, tanto en clases sociales como en edades, ideologías, experiencias militantes, etc. Era este el sujeto de la revuelta popular, y no la masa amorfa de “trabajadores” que pretende la izquierda enajenada, categoría ideal que le sirve para despojar de subjetividad a las multitudes y ponerse a la cabeza de ellas.

Tanto las Asambleas Populares como las agrupaciones piqueteras asamblearias (como los M.T.D., etc.) significaban en la práctica (y llevaban al mismo tiempo como ideología) una negación de la escisión que realiza el sistema entre intelectuales dirigentes (sujeto) y masa dirigida (objeto), y que la izquierda enajenada reproduce sin el menor cuestionamiento, bajo el esquema “profesionales revolucionarios organizados en Partido – masas subordinadas al Partido directamente o a través de los sindicatos, soviets y demás organizaciones dirigidas por el Partido”. El movimiento asambleario por lo tanto se escapaba completamente a los modelos prefabricados de esa izquierda, y era incompatible desde su esencia con ella.

El movimiento de multitudes como sujeto de su propio pensar-accionar colectivo, con el pleno protagonismo de las bases humanas en las que se sustenta, a través de la organización asamblearia y federalista, sin enajenar el poder de dirección de sí mismo, es en sí (y sin necesidad de ningún ente externo) la realización revolucionaria en la práctica. La autogestión generalizada como horizonte de la revolución social, no es más que la expansión de ese movimiento hasta englobar a toda la sociedad, disolver el aparato de dominación y abolir la estructura social de clases.

Para la izquierda enajenada, lo único revolucionario de las jornadas del 19 y 20 fue la movilización masiva y la ruptura con las expresiones políticas de la burguesía que significó. Para llegar más lejos hubiera sido necesario, según ésta, que el movimiento abandonara esas infantiles-anarquizantes-pequeñoburguesas-macartistas ideas de democracia directa y los prejuicios antipartidarios, para recibir con los brazos abiertos a su vanguardia consciente, que sin ninguna duda lo hubiera llevado por El Correcto Camino (en oposición a todos los demás).

Sin necesidad de aclarar que, de haber existido el tal Partido Revolucionario de masas (imposible por lo descrito anteriormente) y de haber guiado efectivamente al pueblo a la insurrección armada y la toma del poder (también imposible, porque ese “pueblo” estaba muy lejos de querer tomar las armas y de iniciar una guerra prolongada y sin un fin certero, y además carecía de la experiencia, de la organización, de la confianza en sí mismo y de la radicalización práctica e ideológica necesarias para enfrentar tamaña tarea), la consecuencia hubiera sido una dictadura de ese Partido sobre el pueblo, que rápidamente se hubiera vuelto totalitaria, repitiendo la historia de las detenciones y asesinatos de revolucionarios, las represiones a comunas populares, el partido único y sin tendencias, los gulags y finalmente el estalinismo y la contrarrevolución internacional.

Pero a todo esto cabe preguntarse ¿podría realmente el movimiento de diciembre de 2001 haber llegado más lejos de donde llegó, en las condiciones concretas en que se produjo? ¿Podría haberse evitado el reflujo y constituido un factor de contrapoder permanente? ¿Podría haber construido organizaciones estables? ¿Podría haberse radicalizado en la práctica y en la ideología, a tal punto de volverse partidario de su propia expansión a toda la sociedad, unificando a todos los sectores en lucha en un frente compacto, por fuera y en contra de las instituciones del sistema, y movilizando a los que todavía no lo hubieran hecho?

Estas preguntas son muy difíciles de contestar, excepto obviamente para la izquierda enajenada y su elixir partidario, que ya conoce de antemano la respuesta a todos los interrogantes que un ser humano se pueda formular. Se pueden extraer en cambio algunas conclusiones, cuestionables como todo, que puedan contribuir a que los próximos movimientos surjan en mejores condiciones y lleven todavía más lejos su potencial.

Entre ellas está la importancia de formar algunos núcleos permanentes y organizados de militantes (o sea, que sobrevivan a cualquier posible reflujo del movimiento de multitudes y a las circunstancias adversas en general) que, siendo una parte más del movimiento de multitudes (o sea, sin sustituirlo en su centralidad y subjetividad, ni quitarle protagonismo a las bases, ni subordinarlas, ni proclamarse su “vanguardia consciente” ni arrogarse derechos especiales) pueda contribuir con su accionar organizado a superar las falencias del movimiento (aunque obviamente no podría hacer milagros y llevarlo más allá de sus posibilidades reales), bajo la firme creencia de que la emancipación de las multitudes será obra de las multitudes mismas.

Este accionar consistiría en la intervención militante (con respeto, humildad, paciencia, dedicación, diálogo y yendo al ritmo del más lento) en todos los frentes de lucha, contribuyendo (es decir, junto al resto del movimiento, y no por encima suyo) a la creación de contrapoder, a su expansión, consolidación y radicalización (tanto práctica como ideológica), a la unión y coordinación de todos los focos existentes, al estudio y difusión de la experiencia histórica acumulada, al análisis y explicación de los mecanismos de dominación del sistema, entre otras tareas similares, que por supuesto no serían infalibles.

Estos núcleos serían por lo tanto organizaciones específicas, en tanto su objetivo específico sería la proyección (a partir de la contribución a su desarrollo, y a su surgimiento cuando directamente no existiera) del movimiento real de las multitudes hasta alcanzar la autogestión generalizada de la sociedad. Por lo tanto, deberían estar formados exclusivamente por partidarios firmes y convencidos de la auto-emancipación. Sus tareas de contribución se diferenciarían diametralmente de las tareas de dirección que sostiene como necesarias la teoría bolchevique, en que las primeras apuntarían al desarrollo del movimiento como sujeto, mientras que las segundas pretenden su subordinación como objeto.

A diferencia del bolchevismo y su Partido Revolucionario, las organizaciones específicas no necesitan imponerse una sobre las otras para imponer “la línea correcta”, en primer lugar porque no existe tal cosa, y en segundo lugar, porque su objetivo es mucho más humilde, y se puede llegar a él con mucha más facilidad colaborando mutuamente que atacándose entre sí. En este sentido, resulta siempre muy productiva la coordinación de todas las organizaciones específicas, y de ser posible (y conveniente en la coyuntura en particular) su federación y hasta su fusión en una sola gran organización que pueda dar toda su fuerza al movimiento de multitudes.


Alegre Subversión, 20 de diciembre de 2006 (http://alegresubversion.blogspot.com/)

martes, julio 18, 2006

La revolución: ¿utopía o posibilidad real?

El Sistema nos acusa de utópicos. Los diarios, los noticieros, pero no sólo ellos: todos los que construyen día a día nuestra forma de pensar contribuyen, en mayor o menor medida, a crear esa imagen de nosotros.

Estoy hablando tanto de los agentes conscientes y explícitos del Sistema (políticos, empresarios, economistas, periodistas) como de sus sostenedores más sutiles (y por lo tanto más peligrosos): los que, con la mejor de las intenciones, creen oponerse a él siéndole en realidad útiles... (aunque en algunos casos ni siquiera es tan seguro lo de las buenas intenciones)

Estos son, en general, aquellos a quienes tomamos como referentes, y por lo tanto, influyen de manera directa en nuestra forma de ver las cosas: los "intelectuales" (los renombrados científicos, sociólogos, antropólogos, etc.), los "artistas" (músicos, actores, escritores, etc.), y en menor escala, los profesores, maestros...

Todos ellos fortalecen al Sistema, de manera involuntaria (o voluntaria a veces) al tachar de utópico a todo pensamiento realmente revolucionario, a toda idea que considere la alternativa de una sociedad radicalmente distinta (y no, en cambio, ligeramente distinta, como propone el reformismo).

Pero ¿porqué la construcción de una sociedad radicalmente distinta es una posibilidad real, y no una utopía?

Fundamentalmente, porque ya hubo a lo largo de la historia muchas experiencias que lo demuestran.

La Comuna de París se toma generalmente como la primera de estas experiencias a gran escala en el mundo moderno: En 1871, la población de dicha ciudad (y en especial los obreros) se levantó en armas y la ocupó, estableciendo un gobierno formado por representantes directos y revocables de cada barrio popular. Este gobierno atendió inmediatamente las necesidades más urgentes: hambre, pobreza, desocupación, salud y educación. Dos meses después la Comuna fue aplastada por el ejército, pero alcanzó para demostrar que pensar en un gobierno directo del pueblo no era tan descabellado.

En 1905 y luego nuevamente en 1917, los obreros y campesinos de Rusia, en el marco de una huelga general, formaron los comités de fábrica y los soviets. Ambas eran organizaciones basadas en asambleas generales que elegían delegados revocables. Los soviets tomaron y compartieron el poder con el partido bolchevique durante algún tiempo, hasta que éste último logró quitarles toda su autonomía y los integró al sistema verticalista de dominio partidario (llegando inclusive a la represión armada, como ocurrió con el soviet de Kronstadt).

Los soviets llegaron sin embargo a realizar una profunda revolución, participando durante un período en la dirección de las empresas y la sociedad en general, repartiendo las tierras, en definitiva, dando un ejemplo práctico de lo que debía ser la verdadera democracia.

En 1936, durante la guerra civil española, se experimentó en sectores del campo y en importantes ciudades la autogestión de la economía: las fábricas eran dirigidas por sus obreros a través de asambleas, los campos eran convertidos en cooperativas por los campesinos y dirigidos y trabajados en conjunto... en general grandes ramas de la producción y de los servicios fueron socializadas, al mismo tiempo que algunas cuestiones sociales se resolvían de manera asamblearia. Si bien no se llegó a disolver completamente el viejo aparato estatal, éste debía como mínimo reconocer el poder de las organizaciones populares, quienes a su vez mantenían milicias para luchar contra el fascismo.

Finalmente la autogestión fue aplastada por una combinación de factores, entre los cuales se encuentran: el restablecimiento del poder del aparato estatal, la represión llevada a cabo por el Partido “Comunista” estalinista contra las milicias y las colectivizaciones, y más tarde la victoria militar de las tropas de Franco.

Pero esta vez, los profundísimos cambios sociales tuvieron casi un año entero de vida, y le mostraron al mundo que es totalmente posible vivir de una manera radicalmente diferente, siendo la sociedad realmente igualitaria, democrática, libre.

En mayo de 1968, más de 10 millones de trabajadores, estudiantes, etc. franceses se lanzaron a una huelga general con ocupación de lugares de trabajo, estudio, y otros establecimientos. Durante casi un mes se vivió día a día la posibilidad real de revolucionar la sociedad y la vida cotidiana. Lo que hoy nos llega como “un movimiento de jóvenes idealistas” fue en realidad el terror de los defensores del mundo enajenado. Las consignas “la imaginación al poder” “bajo los adoquines, la playa”, etc. no significaban la expresión de un deseo abstracto, de una aspiración utópica, sino que estaban respaldadas por la ocupación concreta de todo lo que hace funcionar a una sociedad: las fábricas, los medios de transporte, la infraestructura, las oficinas, los servicios...

Esto quiere decir que, si bien la revolución no se concretó y el movimiento fue derrotado (una vez más, por la acción saboteadora del Partido Comunista pos-estalinista sumada a la represión estatal, entre otras razones), se estuvo a sólo unos pocos pasos de realizarla.

Con el control popular de los medios de producción, distribución, comunicación, expresión, etc... sumadas a la formación de asambleas multitudinarias que gobernaran el país, esas consignas “idealistas” podrían haber constituido la piedra angular del mundo nuevo. Pero como dije, el movimiento fracasó, y el Sistema se encargó de desfigurar y vaciar su historia hasta que no conservase nada de su contenido realmente subversivo...

Hubo muchísimas otras experiencias de este tipo, más o menos conocidas, más o menos tergiversadas, a mayor o menor escala, pero que demuestran que la transformación profundamente radical de la sociedad es posible, y por lo tanto, para nada una utopía.

Queda pendiente pensar y crear las nuevas experiencias autogestivas, basadas en las condiciones concretas del mundo actual, para lograr de una vez por todas la revolución social, el auto-gobierno colectivo, la autogestión generalizada, la emancipación de la humanidad, el fin de la explotación del hombre por el hombre...

(Para consultar sobre cualquiera de estos procesos históricos u otros similares, entrar al ateneo virtual de la página alasbarricadas.org, en:
http://www.alasbarricadas.org/ateneo/modules/wikimod/index.php?page=Las%20Revoluciones%20populares)

miércoles, julio 05, 2006

Sobre el acuerdo en el Nacional Buenos Aires

Finalmente, se llegó a un acuerdo con las autoridades. Este puede ser consultado, junto a las crónicas de la toma, en la página del centro de estudiantes .

Se levantaron las medidas de fuerza y el colegio volvió a la Normalidad.

Resulta difícil hacer una valoración completa y justa de los hechos. Ya todos los que habíamos participado en la toma nos habíamos encariñado con ella. Sin embargo, la enorme mayoría del estudiantado buscaba solamente la posibilidad de dialogar con la autoridad, en vez de cuestionarse su fundamento y su rol en la educación y en la sociedad en general.

Por esta razón, cuando los parlantes anunciaron que las autoridades habían accedido a varios de nuestros reclamos, los estudiantes lo entendieron como una victoria rotunda. No cabe duda de que fue un paso gigantesco en la historia de la lucha estudiantil en el Buenos Aires. Jamás habíamos logrado que se nos escuche y se nos haga un lugar. Los festejos posteriores, la emoción, los abrazos, reflejaron la alegría de haber conseguido lo que días atrás parecía inconseguible.

Pero sin embargo, el triunfo tiene una enorme desventaja, y es justamente la vuelta a la Normalidad. Como se dijo en otro texto, el colegio volvió a ser el de las autoridades.

Esto no significa solamente el fin de las bolsas de dormir, sino también la liquidación de la Asamblea estudiantil permanente, el restablecimiento del imperio de los preceptores, del regente y subrregentes, del rector y vicerrectores. La restauración de los profesores en su trono indiscutible, en la tarima de cada aula. La vuelta al invierno, del cual parecíamos habernos escapado. Pero peor aún: el retorno absoluto y sin trabas del sistema a nuestras vidas.

Esta es por mucho la más grave de las pérdidas. Durante los seis días de toma, el colegio parecía una isla festiva en medio de un mar de desolación. Dentro de él, los estudiantes eran seres humanos, protagonistas de sus propias vidas. Decidían las cosas colectivamente, dialogaban de igual a igual para resolver los problemas, nadie estaba por encima de nadie. Afuera del colegio, mientras tanto, seguía vigente la enajenación, el automatismo, la apatía.

Se podría decir que fue, aunque de manera temporal y contradictoria, un territorio liberado, autogestivo, en el cual no regía la totalidad del sistema. Sería muy exagerado decir que fue la utopía hecha realidad, pero contuvo en sí el embrión de lo que debería ser el mundo. Al igual que en miles de otras ocasiones, quedó demostrado que la negación de la Normalidad y la afirmación de la autogestión van de la mano, y se manifiestan en cada lucha, en cada apropiación.

Se pueden citar algunos casos donde éstas adquirieron escala social: la comuna de París, los primeros tiempos de la revolución rusa, la guerra civil española y el mayo francés son tal vez los más conocidos. Pero hubo cientos de otros, efímeros, contradictorios, olvidados y ocultados, tergiversados hasta la parodia por parte del sistema. En todos ellos, las personas rompieron con la pasividad y la obediencia, tomando en sus manos sus destinos.

El caso más reciente que podemos recordar es probablemente el movimiento asambleario de diciembre de 2001. Más allá de sus defectos y limitaciones, fue una demostración práctica de que la autogestión está siempre ahí, debajo de la corteza del sistema, detrás de los muros de la enajenación estructural, esperando para hacer saltar por los aires todo lo petrificado, todo lo establecido.

La paz de cementerio podrá ser restablecida una y otra vez, pero nunca de manera definitiva. La tensión se sigue acumulando, y volverá a estallar, hasta que no haya retorno posible, hasta que la Normalidad sea finalmente desterrada y sobre sus ruinas florezca un mundo nuevo.

lunes, julio 03, 2006

El Buenos Aires de los estudiantes

Desde el miercoles a la noche, hace ya casi seis días, que en el Colegio Nacional de Buenos Aires se respira un aire de absoluta libertad.

Por primera vez en muchísimo tiempo, el colegio es nuestro, de los estudiantes. Nunca antes habíamos podido decir que fuera nuestro hogar. Estos días no sólo lo ocupamos, sino que además, le dimos la función que siempre debió tener: educar. Porque si hubo algo que hicimos durante la toma fue aprender, pero no lo que nos enseñaron siempre, sino algo mucho más importante: a ser protagonistas de nuestras propias vidas.

El colegio enseña, cuando es manejado por las autoridades, a aceptar, a obedecer, a delegar, a someterse, a repetir. El colegio enseña, cuando es manejado por los estudiantes, a cuestionar, a rebelarse, a tomar nuestros asuntos en nuestras manos, a liberarse, a crear.

El colegio impone, cuando es dirigido por las autoridades, que estemos divididos, dispersos, que nos ignoremos. El colegio propone, cuando es autogestionado por los estudiantes, que nos unamos, que nos apoyemos mutuamente, que nos reconzcamos.

El colegio de las autoridades es opresivo, gris, aburrido, formal. El colegio de los estudiantes es liberador, colorido, festivo, informal. En el colegio de las autoridades somos números en una lista, en el de los estudiantes, seres humanos.

No hace falta dar más razones: el colegio está claramente mejor bajo nuestro control que bajo el de las autoridades. Por supuesto que nosotros no podemos manejar las cuestiones pedagógicas y administrativas, pero sin embargo, podemos orientarlo hacia donde querramos, y exigir que las autoridades acaten el modelo que decidamos. Su función debe ser estrictamente la de realizar las tareas para los cuales no tengamos formación o experiencia suficiente.

Es posible que se negocie una resolución para el conflicto que dé por terminada la toma, restaurando la normalidad. Esto es en realidad lo peor que nos podría pasar, porque significaría volver al colegio de las autoridades, el colegio que tan odioso nos resulta, por más que haya una o dos reformas que lo hagan menos intolerable.

La toma no debería terminar nunca, porque el colegio nunca debería dejar de ser nuestro. Sabemos que es muy improbable mantenerla, pero no podemos dejar de proponerlo sin condenar a muerte a nuestros sueños. Y aún si se levantara, siempre está la posibilidad de seguir subvirtiendo el orden cotidianamente, mediante la agitación, el debate, la creación.

Depende exclusivamente de nosotros si nos limitamos a estudiar la historia o nos arrojamos a la aventura de escribirla.

¡Por la autogestión del colegio!
¡Por la apropiación de nuestras vidas!

jueves, junio 29, 2006

Sobre la toma del Nacional Buenos Aires

La grisitud en el Colegio Nacional de Buenos Aires no es sólo un aspecto arquitectónico. Todo en él parece respirar tedio, aburrimiento.

El autoritarismo no es una circunstancia, es el Colegio en sí mismo. La rigidez de las paredes, del modo de enseñanza, de las jerarquías... crean el ambiente normal en el que se desarrolla la vida estudiantil. Hay algo en él, o más bien su totalidad, que absorbe la energía, las ganas de vivir. La iniciativa, la alegría y los colores son condenados simultáneamente a muerte, y enterrados es una fosa común, la de la apatía y el automatismo.

Pero aún así, no ha logrado todavía aniquilar el espíritu del estudiante. La bronca se acumula, y en algunas ocasiones estalla. A veces en pequeños actos de rebeldía individual, a veces de manera generalizada y multitudinaria.

El día 28 de junio de 2006 se dio una de estas revueltas. El detonante fue la desmesurada sanción de un compañero. La reacción estudiantil escaló hasta derivar en la ocupación del establecimiento.

Las tomas de colegio estaban prohibidas por la autoridad. Esto es totalmente coherente, ya que no entra en la lógica del represor permitir que se lo desafíe.

Nada más gratificante, por lo tanto, que hacer pedazos la prohibición, gritándole bien fuerte que no acatamos su legalidad, que nos negamos a ser máquinas de obedecer.

Lamentablemente, los ocupantes del colegio no se plantearon llevar hasta el final su acción insurreccional, lo que hubiera implicado expandir y profundizar la revuelta, declarándole la guerra a la autoridad. Sin embargo, fueron más allá en otros aspectos: convirtieron lo que era una simple toma reivindicativa en una apropiación del espacio que siempre les fue negado, usándolo libremente para divertirse.

Se realizaron partidos de fútbol, de truco, se tocó música, se dibujó y se pintó, se transformó el claustro central (horas antes estandarte del aburrimiento crónico) en una verdadera fiesta.

Estos actos, aparentemente pequeños, son en realidad importantísimos. Tal vez nadie se percate de lo que significa hacer lo que uno quiere, en el mismo lugar donde siempre se hace lo que la autoridad quiere. Pero es en sí mucho más valioso que cualquier tediosa actividad de reclamación.

El sistema nos niega la posibilidad de ser y hacer lo que nos gusta. La recreación es una mercancía más, accesible sólo para el que la puede pagar, además de ser, como toda mercancía, vacía, superficial, engañosa, incapaz de satisfacer nuestros deseos.

La más auténtica fiesta es entonces la fiesta insurreccional, la que se hace a pesar y en contra del estado de las cosas, la que se hace apropiándose de lo que nos prohiben los que mandan.

La toma del Nacional Buenos Aires nos da un buen ejemplo de esto. La ocupación de los espacios en los que transcurre nuestra vida cotidiana y su uso libre, aniquilando la rutina y el aburrimiento estructural, es una de las mejores formas de combatir la enajenación que produce y sostiene al sistema.

¡Por la apropiación de nuestras vidas!
¡Por la fiesta insurreccional y la insurrección festiva!
¡Por la autogestión generalizada!